domingo, mayo 5

Yukshee, la vampiresa más hermosa de Oriente.



Yukshee, la vampiresa más hermosa de Oriente.
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En la India se habla de una raza de vampiros de cualidades eróticas sobrenaturales llamada Yukshee.

A tal punto es extraordinaria esta abnegación por el amor físico que la mayoría de los que comentan sus leyendas rara vez se detienen sobre sus cualidades vampíricas.

Yukshee es una especie de reina de los súcubos de Oriente, por llamarla de alguna forma, así como Abrahel o Meridiana lo fueron en algún tiempo. Su belleza es tan singular que no se registran derrotas en su amplia historia como seductora de hombres.

Según anuncian sus mitógrafos, Yukshee es la vampiresa más hermosa que haya recorrido la noche; superior a Lilith, Aisha, Lamia y y Noctícula, entre otras damas revinientes. Más aún, las leyendas de Yukshee sugieren que su belleza se acentúa con cada gota de sangre que bebe, de modo que no es poco común que busque alimentarse varias veces por jornada, ya que en este sentido su atractivo y su vanidad corren paralelamente.

A pesar de estos rasgos banales de Yukshee, esta vampiresa no exige nada que no pueda devolver con creces. Sus leyendas hablan de ella como una amante eximia, de cualidades que no sólo mencionan una capacidad abrumadora para brindar placer, sino que puede además influir directamente en la potencia de sus cónyuges ocasionales, otorgándoles la posibilidad de amarla en la misma proporción sobrenatural de la que ella es capaz.

Yukshee es literalmente insaciable. Su sed de pasión y sangre no conocen límites. No obstante, no todos sus amantes terminan siendo víctimas fatales. Si un hombre se muestra especialmente solícito con sus deseos, Yukshee suele perdonarle la vida, aunque la exigencia de su deseo los vuelve estériles por el resto de su vida.

No se conoce ningún reproche en los testimonios de los pocos que han sobrevivido a sus abrazos.

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viernes, marzo 15

La nave abandonada.

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La nave abandonada.
The Derelict; William Hope Hodgson (1877-1918)

-Es el material. -dijo el viejo médico de a bordo-. Más las condiciones y, quizás un tercer factor. Sí, un tercer factor, aunque habría que ver, habría que ver. Interrumpió su frase y empezó a cargar la pipa.
-Siga, doctor. -dijimos, alentándolo.

Estábamos en el salón de fumar del San-a-lea, viajando por el Atlántico Norte; el doctor era todo un personaje. Encendió la pipa; se acomodó y empezó a explicarse:

-El material es el medio de expresión de la fuerza de la vida, el punto de apoyo, en cuya ausencia es incapaz de expresarse o, en realidad, de expresarse en cualquier forma inteligible para nosotros. El papel del material en la producción de eso que llamamos Vida es tan poderoso y la fuerza de la vida está tan ansiosa de expresarse que estoy convencido de que, dadas las condiciones correctas, ésta se manifiesta incluso a través de un medio tan poco prometedor como es un pedazo de madera. Afirmo, caballeros, que la fuerza de la vida es a un tiempo tan ferozmente apremiante y tan indiscriminada como el fuego. Sin embargo, hay quienes consideran la esencia de la vida como exuberante. Hay aquí una paradoja.

-Sí, doctor. -dije- En resumen, usted argumenta que la vida es una cosa, un estado, un hecho o como quiera, que demanda un material a través del cual manifestarse, y que dado el material, más las condiciones, el resultado es la vida. En otras palabras, que la vida es un producto de la evolución... ¿No es cierto?
-Tal como entendemos la palabra. -dijo el doctor-. Aunque podría haber un tercer factor. Pero estoy convencido de que es una cuestión de química; y una vez dadas las condiciones, el animal es tan omnipotente que se aferrará a cualquier cosa en la que pueda manifestarse. Es una fuerza engendrada por las condiciones, pero, con todo, esto no nos acerca ni un milímetro a su explicación, no más que a las explicaciones de la electricidad o del fuego. Pertenecen, los tres, a las fuerzas externas: monstruos del vacío. Nada que esté a nuestro alcance puede crear alguna de ellas; nuestro poder se limita a hacer, suministrando las condiciones, para que cada una de ellas se manifieste a nuestros sentidos físicos. ¿Me explico?

-En cierto sentido. -dije- Pero no estoy de acuerdo. Tanto la electricidad como el fuego son cosas naturales, pero la vida es algo abstracto, una especie de vigilia que todo lo penetra. Oh, no puedo explicarlo, ¡quien podría! Pero es espiritual; no sólo surgido de una condición, como el fuego, o la electricidad. El suyo es un pensamiento horrible. La vida es una especie de misterio espiritual.

-Tranquilo, muchacho. -dijo el doctor, sonriendo- O de lo contrario podría pedirte que demostraras el misterio de la vida de la lapa o del cangrejo, digamos. -Me dirigió una sonrisa de inefable perversidad- De todos modos, -continuó-, supongo que como todos habrán adivinado, tengo una historia increíble que apoya teoría de que la vida no constituye un misterio o un milagro mayor que el fuego o la electricidad. Pero recuerden, caballeros, que aunque hayamos logrado darles nombre y aprovecharlas, estas dos fuerzas, siguen siendo, en lo fundamental, tan misteriosas como antes. Y, de cualquier manera, lo que voy a contarles no explicará el misterio de la vida; sólo les brindará uno de los pretextos sobre los que descansa mi sensación de que la vida es, como he dicho, una fuerza que se manifiesta a través de condiciones y que puede tomar para sus propósitos y necesidad la materia más increíble e improbable porque sin materia, no puede existir, no puede manifestarse.

-No estoy de acuerdo, doctor. -interrumpí- Su teoría destruiría toda creencia en una vida posterior a la muerte. Haría que...
-Silencio, hijo -dijo el anciano-. Primero escucha.

Ocurrió cuando era joven. Había rendido mis exámenes, pero estaba tan agotado que se decidió que me vendría bien un viaje por mar. No estaba en buena posición económica y al fin y al cabo me alegró procurarme un módico puesto de médico en un clíper de vela para pasajeros, que se dirigía a China. La embarcación se llamaba Bheotpte y poco después de cargar todo mi equipo a bordo desamarró, y nos dejamos caer por el Támesis. El capitán se llamaba Gannington, un hombre honesto aunque iletrado. El primer piloto, el señor Berlies, era un hombre sereno, austero, reservado, muy educado. El segundo piloto, el señor Selvern, era, tal vez por cuna y crianza, el más cultivado de los tres, pero carecía del vigor y la resolución de los otros.

Hicimos escala en Madagascar, después seguimos hacia el este, con la intención de hacer otra escala en el Cabo Noroeste, pero a unos cien grados este topamos con un tiempo espantoso, que nos llevó todas las velas y abatió el botalón de bauprés y el mástil de proa. La tormenta nos llevó varios cientos de millas al norte. La embarcación, puesta a prueba había dejado entrar casi un metro de agua a través de las costuras de los tablones; la mastelera se había quebrado, habían desaparecido dos botes, como una de las jaulas para cerdos (con tres espléndidos ejemplares), que fue arrastrada por el agua apenas media hora antes de que el viento amainara, lo que ocurrió con rapidez; el mar siguió muy picado durante varias horas. Se calmó justo al anochecer y el amanecer trajo un tiempo espléndido: mar calmo, ondulado y un sol brillante, sin viento. Nos mostró además que no estábamos solos porque a unas dos millas al oeste había otra embarcación que el señor Selvern me señaló.

-Es un paquebote bastante singular, doctor -dijo y me tendió el catalejo. Miré por él y vi lo que quería decir; al menos, creí verlo.
-Sí, señor Selvern -dije-. Tiene un aspecto bastante anticuado.
Se rió de mí, con su agradable modo de ser.
-Es fácil advertir que usted no es marino, doctor -observó-. Hay una docena de cosas singulares en él. Es una nave abandonada y ha estado flotando, por lo que se ve, durante unos cuantos años. Mire la forma de la bovedilla, y la proa, y el tajamar. Es tan vieja como las colinas, y tendría que haberse ido a reunir con Davy Jones (especie de demonio marino) hace tiempo. Mire las excrecencias y el espesor de los aparejos; calculo que todo eso son incrustaciones de sal, ¿nota el color blanco? Ha sido una barca pequeña: fíjese que apenas si le queda un metro de arboladura superior. No queda nada en las eslingas; todo está podrido. Me gustaría que el viejo nos permitiera ir en bote a darle un vistazo; podría valer la pena. Sin embargo, parecía poco probable que esto ocurriera porque se necesitaban todos los tripulantes y éstos estuvieron ocupados todo el día reparando los daños. Durante un rato les di una mano, haciendo girar un cabestrante de cubierta; el ejercicio me hacía bien para el hígado. El viejo capitán Gannington dio su consentimiento y lo convencí de que se uniera a mí y probara la misma medicina, cosa que hizo; mientras trabajábamos fuimos intimando.

Hablamos de la nave abandonada y señaló lo afortunados que habíamos sido al no dar de lleno con él en la oscuridad ya que estaba en línea recta a sotavento de nosotros, tomando como base la dirección en que nos había hecho derivar la tormenta. Además, opinaba que tenía un aspecto extraño y que era bastante viejo, pero era evidente que en este último punto conocía mucho menos que el segundo piloto porque, como he dicho, era un hombre iletrado y no sabía nada sobre barcos de mar, aparte de lo que la experiencia le había enseñado. Carecía del conocimiento libresco que tenía el segundo piloto sobre embarcaciones anteriores a su época, a las que pertenecía evidentemente la nave abandonada.

-Es una de las viejas, doctor. -fueron todas sus observaciones al respecto.
Sin embargo, cuando le mencioné que sería interesante abordarla, asintió, como si la idea ya hubiese estado en su mente y se ajustara a sus propias inclinaciones.
-Cuando terminemos el trabajo, doctor. -dijo- No puedo desperdiciar hombres ahora. Debemos, tener todo listo tan pronto como podamos. Pero tomaremos mi falúa y saldremos en la segunda guardia. El barómetro está firme y será como un paseo para nosotros.
Esa tarde, después del té, el capitán ordenó que prepararan la falúa y la pasaran por encima de la borda. El segundo piloto iba a venir con nosotros y el patrón de a bordo le indicó que pusiera dos o tres lámparas en el bote porque pronto caería la noche. Poco después remábamos a través del mar en calma, con una tripulación de seis remos y a muy buena velocidad.

Bien, caballeros, les he detallado con gran exactitud todos los hechos, tanto los mayores como los menores, de modo que puedan seguir cada incidente de este asunto extraordinario; quiero que ahora presten cuidadosa atención. Yo iba sentado a popa con el segundo piloto y el capitán, que se encargaba del timón; cuando nos acercamos a la nave extraña, la estudié con atención, cosa que también hacían el capitán Gannington y el segundo. Estaba, como saben, en dirección oeste con respecto a nosotros y el crepúsculo desplegaba tras ella una gran llama de luz roja, de modo que el contorno era borroso, a causa del halo de la luz, que casi derrotaba cualquier intento de la mirada por ver los mástiles y los aparejos fijos, sumergidos como estaban en la ígnea gloria del ocaso.

Fue por este efecto del crepúsculo que nos habíamos acercado bastante, en comparación, a la nave abandonada, antes de que viéramos que estaba rodeada por una especie de curiosa película de materia, sobre cuyo color era difícil decidirse debido a la luz roja de la atmósfera, aunque más tarde descubrimos que era marrón. Esta película rodeaba la nave en una extensión de varios centenares de metros, formando un parche enorme, irregular, del que se desprendía hacia el este, por sobre nuestro costado de estribor, a unas veinte brazas de distancia, un poderoso hedor.

-Materia extraña. -dijo el capitán Gannington, observándola- Debe haber algo podrido en el cargamento.
-Observen las amuras y la popa. -dijo el segundo- Fíjense en lo que crece sobre ella.
Tal como decía había grandes aglutinaciones de una fungosidad de extraño aspecto. Del muñón del botalón de bauprés y el tajamar colgaban grandes barbas de escarcha y excrecencias marinas hacia la película marrón que circundaba el navío. El liso costado de estribor daba a nosotros, toda una superficie muerta, de un color blancuzco sucio, rayada y manchada vagamente con masas opacas de color más denso.

-Está brotando vapor o niebla de ella. -dijo el segundo- Se lo puede ver contra la luz. Se mantiene fluctuando. ¡Miren!
Vi lo que quería decir: una tenue bruma estaba suspendida sobre el antiguo navío o se alzaba de él, y el capitán Gannington también lo vio:
-¡Combustión espontánea! -exclamó- Tendremos que tener cuidado cuando alcemos las escotillas; a menos que haya algún pobre diablo a bordo, pero no me parece.

Ahora estábamos a unos doscientos metros y habíamos penetrado en la sustancia marrón. Cuando goteó de los remos alzados, oí que uno de los hombres murmuraba para sí: ¡maldita melaza! y, en realidad, era algo por el estilo. A medida que el bote se acercaba al barco, la sustancia se hacía más y más densa, tanto que al fin disminuyó notablemente nuestro avance.

-¡Remen, muchachos! -voceó el capitán Gannington, y de allí en adelante sólo se oyó el sonido de los hombres jadeando y el succionar repetido, leve, de la tétrica sustancia marrón sobre los remos, a medida que el bote se esforzaba por avanzar.

Tomé conciencia de un olor especial en el aire y, aun cuando no tenía dudas de que lo alzaban los remos al agitar la película marrón, sentí que en cierto modo era vagamente familiar; sin embargo no pude darle nombre. Ahora estábamos muy cerca del navío y pronto se alzó sobre nosotros contra la luz moribunda. El capitán gritó entonces:

-¡Fuerte con los remos de proa, y estén listos con el bichero! -orden que fue cumplida. -¡Eh! ¿hay alguien a bordo? ¡Eh! ¡Eh! ¿hay alguien a bordo? -gritó el capitán Gannington; pero sólo le respondió el desafinado sonido de la voz perdiéndose en mar abierto, cada vez que llamaba.
-¡Eh! ¿Hay alguien a bordo? ¡Eh! -gritó, una y otra vez, pero sólo nos contestaba el cansado silencio del casco. En el momento que miré hacia arriba con cierta expectativa, me invadió un extraño sentimiento de opresión. Luego se disipó, pero recuerdo cómo advertí de pronto que estaba oscureciendo. La oscuridad cae con bastante rapidez en los trópicos aunque no tanto como parecen creer muchos narradores; pero no se trataba de la oscuridad, que en esos pocos momentos se había profundizado de modo perceptible, sino de que los nervios me habían vuelto de pronto algo hipersensible. Menciono en especial mi estado porque por lo común no soy un hombre excitable y mi súbita punzada de nervios fue significativa, si se tiene en cuenta lo que ocurrió.

-¡No hay nadie a bordo! -dijo el capitán- ¡A los remos, hombres! -porque la tripulación del bote había descansado instintivamente sobre los remos, cuando el capitán gritó hacia la vieja embarcación. Los hombres volvieron a remar y entonces el
segundo piloto gritó excitado:
-¡Caramba, miren, allí está nuestra jaula decerdos! Miren, tiene la palabra Bheotpte pintada en un extremo. Ha derivado hasta aquí y la película marrón la atrapó. ¡Qué bendita maravilla!
Tal como había dicho, era la pocilga que había sido llevada por las aguas durante la tormenta y era extraordinario que hubiera llegado allí.
-La remolcaremos al volver -observó el capitán y le gritó a la tripulación que se esforzaran con los remos porque éstos apenas movían el bote, debido a que la sustancia marrón era tan densa cerca de la nave que literalmente obstruía el avance del bote. Recuerdo que me impresionó como algo curioso, de un modo a medias consciente, que la pocilga con nuestros tres cerdos muertos hubiese podido adentrarse tanto sin ayuda, mientras que nosotros apenas podíamos forzar el bote para que penetrara dentro de aquella materia. Pero el pensamiento se me fue de la mente porque ocurrieron muchas cosas en los minutos siguientes.

Los hombres consiguieron poner el bote al costado, a unos sesenta centímetros del navío abandonado y el hombre del bichero lo enganchó.
-¿Pudiste engancharlo, allá adelante? -preguntó el capitán Gannigton.
-¡Sí, señor! -dijo el hombre de proa y cuando habló se oyó un extraño ruido a desgarramiento.
-¿Qué fue eso? -preguntó el capitán.
-Se rajó, señor. ¡Se rajó limpiamente! -dijo el hombre y el tono indicaba que había recibido una especie de conmoción.
-¡Vuelve a engancharlo entonces! -dijo el capitán Gannington, irritado- ¡No esperarás que este cascarón haya sido construido ayer! Empuja el bichero dentro de las cadenas principales. -el hombre lo hizo, podría decirse que con cautela; en la oscuridad creciente me pareció que no se esforzaba con el gancho, aunque, desde luego, no era necesario; como comprenderán, el bote no podía ir muy lejos por sus propios medios dentro de la materia en la que estaba empotrado. Recuerdo haber pensado esto mientras alzaba la cabeza hacia el costado sobresaliente del antiguo navío. Entonces oí la voz del capitán:
-¡Señor! ¡Sí que es viejo! ¡Y qué color, doctor! ¡No necesita pintura, ya lo creo! Bien, que alguien me alcance uno de los remos.

Le pasaron un remo, lo alzó, y lo apoyó contra el antiguo flanco saliente; hizo una pausa y le ordenó al segundo piloto que encendiera un par de lámparas y estuviera listo para alcanzárselas cuando subiera; la oscuridad se había posado sobre el mar. El segundo piloto encendió dos de las lámparas, y le dijo a uno de los hombres que encendiera una tercera y la mantuviera a mano en el bote; después cruzó, con una lámpara en cada mano, hasta donde el capitán Gannington estaba de pie junto al remo que se apoyaba en el costado de la nave.

-Ahora, compañero, -le dijo el capitán al hombre que había remado- sube y te alcanzaremos las lámparas.
El hombre saltó para obedecer, se agarró del remo, cargó su peso sobre él y, al hacerlo, algo pareció ceder un poco.
-¡Miren! -gritó el segundo piloto y señaló con la lámpara en la mano-. ¡Se hundió!
Era cierto. El remo había hecho un agujero considerable en el costado sobresaliente, un poco resbaloso, del antiguo navío.
-Moho, supongo. -dijo el capitán Gannington inclinándose hacia el barco abandonado para observar. Después, dirigiéndose al hombre- Arriba, compañero, y muévete ¡No te quedes esperando!

Ante estas palabras, el hombre, que haba hecho una pausa momentánea cuando sintió que el remo cedía, empezó a trepar y en pocos segundos estuvo a bordo y se asomó por encima de la barandilla en busca de las lámparas. Se las alcanzaron y el capitán le ordenó que afirmara el remo. Entonces le tocó al capitán Gannington, que me ordenó que lo siguiera, y después de mí al segundo piloto. Cuando el capitán se asomó por sobre la barandilla emitió un grito de asombro:
-¡Moho, por Dios! ¡Moho en toneladas! ¡Dios mío!

Cuando lo oí gritar, trepé con ansiedad detrás de él y uno o dos segundos después pude ver lo que quería decir. En todos los lugares bañados por la luz no había más que suaves y grandes masas y superficies de un moho de color blancuzco. Pasé por encima de la barandilla, con el segundo piloto siguiéndome de cerca, y nos detuvimos sobre las cubiertas forradas de moho. A juzgar por lo que sentíamos con los pies bien podría no haber tablones bajo el moho. Cedía bajo nuestros pasos, con una sensación esponjosa, blanduzca. Cubría los avíos de cubierta de la vieja nave, de modo tal que la forma de cada implemento o accesorio con frecuencia apenas si se sugería bajo él. El capitán Gannington le arrebató una lámpara al tripulante y el segundo piloto tomó la otra. Sostuvieron las lámparas en alto y todos miramos. Era algo extraordinario y, en cierto sentido, sumamente abominable. No puedo pensar en otra palabra, caballeros, que describa mejor el sentimiento predominante que me afectó en ese momento.

-¡Por el Señor! -dijo el capitán Gannington- ¡Por el Señor! -pero ni el segundo piloto ni el tripulante decían nada y, por mi parte, me limité a mirar y al mismo tiempo empecé a olfatear un poco el aire; había un olor incierto, algo familiar, que por algún motivo me provocó un sentimiento de temor conocido a medias. Me volví a uno y otro lado mirando. En algunos puntos el moho era tan denso como para disimular por completo lo que había abajo, convirtiendo los implementos de cubierta en montículos indeterminables de moho, todos color blanco sucio, manchados y veteados con señales irregulares de púrpura opaca. Había algo extraño en el moho que el capitán Gannington nos hizo notar: era que nuestros pies no lo trituraban ni traspasaban la superficie, como era de esperar, sino que se limitaban a causar depresiones.

-¡Nunca he visto algo así! ¡Nunca! -dijo el capitán, después de examinar el moho bajo nuestros pies. Lo golpeó con el talón y la materia emitió un sonido apagado, blanduzco. Se agachó, y observó con atención, manteniendo la lámpara cerca de la cubierta- ¡Bendito sea, es como una piel uniforme!
El segundo piloto, el tripulante y yo nos agachamos y lo miramos. El segundo lo empujó con el índice y recuerdo haberlo golpeado varias veces con los nudillos para oír el sonido muerto que emitía mientras notaba la textura cerrada, firme del moho.
-¡Una masa! -dijo el segundo piloto- ¡Es como una bendita masa! ¡Puf! -se irguió con un movimiento rápido- Me pareció que hedía un poco. -dijo.

Cuando dijo esto, supe qué era lo qué había de familiar en el olor que se cernía sobre nosotros: que el olor tenía algo de animal, algo semejante al olor que puede olfatearse en cualquier sitio infestado de ratones, sólo que más denso. Empecé a mirar a nuestro alrededor con una inquietud repentina. Podía haber vastas cantidades de ratas hambrientas a bordo. Podían resultar muy peligrosas si estaban muertas de hambre; sin embargo, como comprenderán, en cierto sentido vacilaba en exponer mi idea como razón para la cautela; era demasiado fantasiosa.

El capitán había empezado a dirigirse a la popa, por el puente cubierto de moho, con el segundo piloto; cada uno sostenía la lámpara en alto. Me volví con rapidez y los seguí, con el tripulante pisándome los talones. Mientras avanzábamos, tomé conciencia de una sensación de humedad en el aire y recordé la tenue niebla, o humo sobre el viejo barco, que había llevado al capitán Gannington a sugerir la combustión espontánea como explicación. Mientras avanzábamos nos seguía aquel olor incierto, animal, y, de pronto, me encontré deseando que estuviéramos bien lejos del antiguo navío. Súbitamente, unos pasos después, el capitán se agachó y señaló una hilera de formas ocultas por el moho a cada lado de la cubierta.

-Cañones. -dijo- Supongo que ha sido de un corsario, en los viejos tiempos. Echaremos un vistazo abajo, doctor; podría haber algo que valiera la pena. Es más viejo de lo que pensaba. El señor Selvern piensa que tiene unos trescientos años; pero no creo que sea tan viejo.

Seguimos nuestro camino hacia la popa y recuerdo que me descubrí caminando con la mayor suavidad posible; como si tuviera el temor de hundirme a través de la cubierta podrida. Creo que los demás tenían la misma impresión a juzgar por el modo como caminaban. En ocasiones, el moho blando se adhería a los talones, soltándolos con un tenue, tétrico, ruido a succión. El capitán se adelantó al segundo piloto y sé que la sugestión que se había hecho a sí mismo, de que tal vez hubiese algo abajo que valiera la pena, le había estimulado la imaginación. Sin embargo, el segundo piloto estaba empezando a sentir lo mismo que yo; al menos, tuve esa impresión. Creo que de no mediar lo que podría describir con justicia como el coraje tenaz del capitán Gannington, muy pronto hubiéramos pasado todos sobre la borda para irnos; porque ciertamente había una sensación malsana a bordo, que hacía que uno perdiera el valor; pronto advertirán que tal sensación estaba justificada.

En el momento en que el capitán llegaba a los escasos escalones cubiertos de moho que llevaban a la cubierta de popa, noté que la sensación de humedad en el aire había aumentado hasta hacerse definida. Ahora era perceptible, como una especie de tenue vapor neblinoso, que iba y venía de modo irregular y parecía, de vez en cuando, borronear un poco la cubierta. En una ocasión, una ráfaga accidental surgió de algún lugar y me dio en la cara, llevando consigo un olor enfermizo, denso, que por algún motivo me asustó, con una sugerencia de un peligro acechante y a medias comprendido. Habíamos subido tras el capitán los tres escalones y ahora avanzábamos lentamente a lo largo de la elevada cubierta de popa. Junto al palo de mesana el capitán Gannington hizo una pausa y le acercó la linterna.

-Le doy mi palabra, señor, -le dijo al segundo piloto- de que está bastante engrosado por el moho; caramba, debe tener un metro veinte de grueso. -bajó la linterna hasta donde el mástil se unía a la cubierta- ¡Por el Señor! ¡Miren qué piojos de mar!

Di un paso y los vi, había una densa capa de piojos de mar sobre él, algunos de ellos enormes, casi del tamaño de un escarabajo grande y todos diáfanos, incoloros, como agua, salvo donde se veían pequeñas manchitas grises, evidentemente los órganos internos.

-¡Nunca había visto iguales, salvo en un bacalao vivo! -dijo el capitán Gannington en tono muy turbado- ¡Caramba! ¡Pero son anormales! -después siguió, pero unos pasos más allá se volvió a detener y acercó. la lámpara a la cubierta oculta por el moho-¡Dios me bendiga, doctor! -me llamó, en voz baja- ¿Vio alguna vez cosa igual? ¡Caramba, debe tener treinta centímetros de largo!

Miré por encima de su hombro; era una criatura diáfana, incolora, de unos treinta centímetros de largo y diez de alto, con un lomo curvo extraordinariamente estrecho. Mientras mirábamos, amontonados, ejecutó un extraño movimiento y desapareció.

-¡Saltó! -dijo el capitán- ¡Bueno, que me maten si no es el piojo de mar más grande que he visto en mi vida! Calculo que saltó limpiamente seis metros. -enderezó la espalda y se rascó la cabeza por un momento, hamacando de un lado a otro la linterna con la otra mano y mirándonos- ¡Qué están haciendo ellos a bordo! -dijo- Uno puede verlos, más chicos, sobre un bacalao gordo y cosas por el estilo. Que me maten si entiendo, doctor.

Dirigió la lámpara a un gran montículo de moho que ocupaba parte de la zona posterior de la cubierta de popa baja, poco más allá de la cual aparecía una caída de sesenta centímetros hacia una especie de toldilla secundaria y más alta, que corría en dirección a la popa hasta el remate de la misma. El montículo era bastante grande, de unos dos metros de ancho y más de uno de alto. El capitán Gannington subió hasta él:

-Supongo que es el barril de agua. -observó y le propinó un puntapié. El único resultado fue una profunda depresión en la enorme, blancuzca joroba de moho, como si hubiese metido el pie en una masa de sustancia pastosa. Sin embargo, no es del todo exacto decir que fue el único resultado porque ocurrió otra cosa. En el lugar hundido por el pie apareció un pequeño chorro de fluido púrpura, acompañado por un olor particular que era, y no era, familiar hasta cierto punto. Un poco de la sustancia mohosa se había adherido a la punta de la bota del capitán y de allí también brotaba un sudor, por decirlo así, del mismo color.

-¡Bien! -dijo el capitán Gannington sorprendido y echó atrás el pie para darle otro puntapié a la joroba de moho; pero hizo una pausa, ante una exclamación del segundo piloto:
-¡No lo haga, señor! -dijo éste.
Lo miré de soslayo y la luz de la lámpara del capitán Gannington me mostró su rostro confundido, asustado, repentino e inesperado, y como si su lengua hubiese puesto al descubierto su súbito temor, sin que él tuviera la menor intención de hablar. El capitán también se volvió y lo miró:
-¿Por qué, señor? -preguntó, con voz turbada, a través de la cual sonaba un vaguísimo matiz de molestia- Tenemos que mover este armatoste si queremos llegar abajo.
Miré al segundo piloto y me pareció que, curiosamente, estaba escuchando menos al capitán que a cualquier otra cosa. De pronto dijo con una voz peculiar:
-¡Escuchen, todos!
Sin embargo, no oímos nada, aparte del murmullo de los hombres que conversaban abajo, en el bote.
-No oigo nada. -dijo el capitán Gannington- ¿Usted, doctor?
-No. -dije.
-¿Qué creíste haber oído? -preguntó el capitán, volviéndose hacia el segundo. Pero este sacudió la cabeza, casi irritado, como si la pregunta le impidiera seguir oyendo. El capitán lo miró fijamente. Sé que sentí una extraña sensación de tensión. Pero la luz no mostraba nada, aparte del grisáceo color blanco, sucio, del moho.
-Señor Selvern, -dijo por fin el capitán, mirándolo- no se ponga a imaginar cosas. Haga el favor de controlarse. ¿No sabe acaso que no oyó nada?
-¡Estoy seguro de haber oído algo! -dijo el segundo- Me pareció oír... -se interrumpió en seco y pareció escuchar con una intensidad casi dolorosa.
-¿Cómo sonaba? -pregunté.
-Todo marcha bien, doctor. -dijo el capitán Gannington soltando una risita-Puede darle un tónico cuando regresemos. Voy a mover este armatoste.

Retrocedió y pateó por segunda vez la horrible masa, que según suponía ocultaba la escalera de la bodega. El resultado del puntapié fue alarmante porque todo el objeto se bamboleó blandamente, como un montón de gelatina malsana. Apartó el pie con rapidez y dio un paso atrás, mirándolo fijamente y dirigiendo la lámpara hacia él:

-¡Por Dios! -dijo, y era evidente que sentía un auténtico terror- ¡La maldita cosa se ha ablandado!

El hombre había retrocedido corriendo varios pasos, apartándose del montículo repentinamente fláccido, y parecía muy asustado. Aunque estoy seguro de que no tenía la menor idea de qué es lo que lo atemorizaba. El segundo piloto se quedó de pie donde estaba y miraba. Por mi parte, sé que me había invadido una horrible intranquilidad. El capitán seguía dirigiendo la luz hacia el montón bamboleante y lo miraba fijamente:

-¡Se ha vuelto blando por completo! -dijo- Ahí no hay ningún barril. ¡No hay ni una maldita pieza de madera adentro de eso! ¡Qué olor raro!
Rodeó el extraño montículo hasta la parte posterior, para ver si podía haber alguna señal de una abertura que diera al interior del casco tras el gran montón de materia mohosa. Y entonces:
—¡Escuchen! -repitió el segundo piloto, con el más extraño tono de voz.

El capitán se enderezó y sobrevino una pausa de la más completa quietud, en la que no se advertía ni siquiera el murmullo de los hombres del bote. Todos lo oímos: una especie de ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! sordo, suave, en algún punto del casco debajo de nosotros; sin embargo era tan incierto que yo podría haber dudado de que lo oía, si no hubiera sido porque, también los demás lo hacían. El capitán Gannington se volvió de pronto hacia donde estaba el tripulante:

-Dígales... -empezó. El sujeto gritó algo e hizo un gesto. En su rostro, por lo común poco emotivo, había aparecido una tensión. Como podrán imaginarse, yo también miré. Lo que el hombre señalaba era el gran montón. Vi lo que indicaba. De los dos huecos producidos en la sustancia mohosa por la bota del capitán Gannington, el fluido púrpura surgía de modo singularmente regular, como si fuera expulsado por una bomba. ¡Mi Dios! ¡Ya lo creo que miré! Y mientras miraba, un chorro mayor brotó y llegó hasta donde estaba el tripulante, salpicándole las botas y las perneras del pantalón. El sujeto había estado bastante nervioso antes, de un modo estólido, ignorante y su acobardamiento había ido creciendo sin cesar; pero, ante esto, sencillamente emitió un aullido y giró para correr. Se detuvo un instante, como si lo hubiera invadido un súbito temor ante la oscuridad que inundaba la cubierta entre él y el bote. Le arrebató la linterna al segundo piloto; se la arrancó de la mano y se lanzó torpemente por sobre el maligno hedor del moho.

El señor Selvern, el segundo piloto, no dijo una palabra; se quedó mirando con fijeza las corrientes gemelas de extraño olor, color púrpura opaco, que surgían del montón bamboleante. El capitán Gannington, en cambio, rugió ordenando al hombre que volviera; pero éste siguió corriendo a través del moho, al parecer con los pies obstruidos por aquella materia, como si de pronto se hubiese puesto blanda. Corría con la linterna oscilando en círculos demenciales, cuando liberaba los pies en medio de un continuo plop, plop; incluso desde donde estaba pude oír sus jadeos atemorizados.

-¡Regresa con esa lámpara! -rugió el capitán, pero el hombre siguió sin hacerle caso y el capitán Gannington se quedó un instante en silencio, con los labios moviéndose de un modo particular, desarticulado, como si estuviera momentáneamente aturdido por la propia intensidad de su ira ante la insubordinación del hombre. Y en el silencio oí otra vez los sonidos:

-¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! -ahora muy nítidos me pareció que latiendo, exactamente bajo mis pies, pero en lo profundo.

Bajé la cabeza hacia el moho sobre el que estaba de pie, con una impresión rápida, desagradable ante lo terrible que me rodeaba; después miré al capitán e intenté decir algo, tratando de no parecer asustado. Vi que se había vuelto una vez más hacia el montículo y que estaba escuchando. Hubo un momento más de silencio absoluto; al menos sé que yo no era consciente de ningún sonido que no fuese ese extraordinario ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! en algún lugar del casco enorme, debajo de nosotros. El capitán movió los pies con un movimiento súbito, nervioso; cuando los levantó, el moho hizo iplop! iplop! Me dirigió entonces una mirada rápida, tratando de sonreír, como si no le diera mucha importancia al asunto:

-¿Qué piensa de esto, doctor? -dijo.
-Creo... -empecé. Pero el segundo piloto interrumpió con una sola palabra; la voz sonó un poco aguda, en un tono que nos hizo mirarlo al instante:
-¡Miren! -dijo y señaló el montículo. Todo el objeto era recorrido por un lento estremecimiento. Una extraña onda salió de él, corrió a lo largo de la cubierta, como una ola que se aleja hacia la costa. Llegó a un montículo un poco hacia la proa en relación a nosotros, que yo había confundido con el tragaluz de la cabina y en un momento el segundo montículo se hundió casi a nivel de la cubierta circundante, estremeciéndose blandamente del modo extraordinario. Un temblor súbito y rápido se apoderó del moho, exactamente debajo del segundo piloto y éste emitió un grito corto, ronco y estiró los brazos hacia los costados para mantener el equilibrio. El temblor del moho se extendió y el capitán Gannington se bamboleó separando los pies mientras profería una súbita maldición de temor. El segundo piloto saltó hasta él y lo aferró por la muñeca:

-¡El bote, señor! -dijo, expresando lo que a mí me había faltado el valor de decir- Por el amor de Dios...
Pero no llegó a terminar porque un tremendo grito ronco cortó sus palabras. Ambos se volvieron para mirar. Yo pude ver todo desde mi posición. El hombre que se había alejado corriendo estaba parado más allá de la mitad del navío, a casi dos metros de las amuradas. Se balanceaba de un lado a otro, gritando de un modo horrible. Parecía estar tratando de levantar los pies y la luz de la linterna oscilante mostraba un espectáculo casi increíble. A su alrededor, el moho se movía activamente. Los pies se habían perdido de vista. Aquella materia parecía estar lamiéndole las piernas y bruscamente se vio su carne desnuda. La horrible materia le había desgarrado por completo las perneras de los pantalones, como si fueran de papel. El hombre emitió un aullido horrible y, con un enorme esfuerzo, pudo arrancar una pierna. Estaba parcialmente destruida. Al instante siguiente se derrumbó, y la materia avanzó sobre él como si estuviera realmente viva, con una horrenda vida salvaje. Era sencillamente infernal. El hombre había desaparecido. Donde había caído se veía ahora un montículo alargado, retorciéndose, en continuo y horrible aumento, a medida que el moho parecía moverse hacia él en extrañas ondas desde todos lados.

El capitán Gannington y el segundo piloto guardaban un silencio pétreo, hundidos en un terror atónito e incrédulo; pero yo comenzaba a concebir una explicación grotesca y terrible, al mismo tiempo auxiliado y estorbado por mi formación profesional. Hubo un fuerte grito en el bote, de pronto vi aparecer el rostro de los hombres sobre la barandilla. Durante un momento se vieron con nitidez, a la luz de la lámpara que el hombre le había arrebatado al señor Selvern porque, extrañamente, la lámpara estaba erguida e intacta sobre cubierta, un poco más allá de aquel montículo horrible, alargado, creciente, que seguía temblando y retorciéndose con un horror increíble. La lámpara se alzaba y caía sobre las ondas de moho que pasaban, exactamente como lo haría un bote sobre un suave oleaje. Resulta de cierto interés para mí, en el plano psicológico, recordar ahora cómo ese alzarse y caer de la linterna me hizo percibir, más que cualquier otra cosa, el carácter incomprensible y la espantosa extrañeza de todo aquello.

Los rostros de los hombres desaparecieron con súbitos alaridos, como si se hubieran resbalado o los hubieran herido de pronto y hubo un renovado resonar de gritos en el bote. Los hombres gritaban que nos fuéramos, que nos fuéramos. En el mismo instante, sentí mi bota izquierda absorbida hacia abajo, con un vigor doloroso, horrible. La liberé de un tirón, con un furioso alarido de miedo. Más allá de nosotros vi que toda la superficie maligna se movía y bruscamente me descubrí gritando con una curiosa voz asustada:

-¡El bote, capitán! ¡El bote!
El capitán para mirarme, sobre el hombro derecho, de un modo especial, opaco, que me indicaba su total aturdimiento ante el carácter perturbador e incomprensible de lo que ocurría. Di un paso rápido, torpe, nervioso, hacia él, lo aferré del brazo y lo sacudí con violencia.
-¡El bote! -le grité- ¡El bote! ¡Por el amor de Dios, ordene a los hombres que traigan el bote a popa!

Entonces el moho debió haberle absorbido los pies hacia abajo porque vociferó con ferocidad, transformando su apatía pasajera en furiosa energía. El cuerpo compacto, musculoso, se dobló, se retorció con el esfuerzo enorme, y empezó a golpear como un loco, dejando caer la linterna. Con un sonido a desgarramiento pudo arrancar y liberar los pies. La realidad y la necesidad de la situación habían llegado por fin a él, con toda brutalidad y les estaba vociferando a los hombres del bote:

-¡Traigan el bote a popa! ¡Traigan el bote a popa!
El segundo piloto y yo gritábamos lo mismo, como locos.
-¡Por amor de Dios, apuren, muchachos! -rugió el capitán y se agachó con rapidez a recoger la lámpara, que aún ardía. Los pies fueron atrapados una vez más y el capitán los alzó, blasfemando sin aliento y dando un salto de casi un metro. Después emprendió carrera hacia el borde de la nave, liberando a cada paso los pies de un tirón. En el mismo instante, el segundo piloto gritó algo, y se aferró al capitán:
-¡Me atrapó los pies! ¡Me atrapó los pies! -gritaba. Los pies le habían desaparecido hasta la parte superior de las botas; el capitán Gannington le rodeó el pecho con su poderoso brazo izquierdo, dio un tirón vigoroso y al instante lo liberó; pero las dos suelas de las botas casi habían desaparecido.

Por mi parte, saltaba de un pie al otro locamente, para evitar la succión del moho y de pronto emprendí carrera hacia el costado del navío. Pero antes de poder llegar, un extraño hueco apareció en el moho, entre nosotros y el borde, al menos de sesenta centímetros de ancho y no sé de qué profundidad. Se cerró en un instante y todo el moho, donde había estado la depresión, entró en una especie de temblor de horribles ondulaciones, de modo que retrocedí corriendo porque no me atrevía a poner el pie sobre él. Entonces el capitán me gritó:

-¡A popa, doctor! ¡A popa, doctor! ¡Por aquí, doctor! ¡Corra! -vi entonces que me había pasado y que subía a la zona posterior, más elevada de la popa. Llevaba al segundo piloto sobre el hombro izquierdo, como una bolsa, completamente fláccido e inmóvil porque el señor Selvern se había desmayado y sus largas piernas flojas e inútiles, golpeaban las macizas rodillas del capitán, mientras éste corría. Vi, con una atención peculiar y sin reparar en los detalles menores, cómo las suelas rotas de las botas del segundo piloto colgaban sueltas, agitándose, mientras el capitán se tambaleaba hacia la popa.

-¡Eh, el bote! ¡Eh, el bote! ¡Eh, el bote! -gritaba el capitán; un momento después estuve junto a él, también gritando. Los hombres contestaron con fuertes alaridos de aliento y era evidente que estaban desesperados esforzándose por hacer avanzar el bote a popa, a través de la densa materia que rodeaba al navío. Llegamos al antiguo remate de la proa, cubierto de moho, y giramos sin aliento en la semioscuridad para ver qué estaba pasando. El capitán había dejado la linterna junto al gran montículo, donde había levantado al segundo piloto y mientras estábamos allí, jadeantes, descubrimos de pronto que el montículo ubicado entre nosotros y la luz estaba lleno de movimiento. Sin embargo, la zona donde nos encontrábamos, hasta un metro cincuenta o dos hacia adelante, aún estaba firme. Cada dos segundos les gritábamos a los tripulantes que se apuraran y ellos seguían voceando que estarían con nosotros en un instante. Durante todo el tiempo observábamos la cubierta de aquel navío espantoso, sintiéndome, por mi parte, literalmente enfermo de suspenso demencial y listo a saltar por sobre la borda hacia aquella película repugnante que nos rodeaba por completo. Abajo, en algún lugar del enorme casco de la nave, seguía siempre aquel extraordinario, sordo, pesado ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud!, cada vez más alto. Me pareció sentir que todo el casco de la nave abandonada empezaba a temblar y estremecerse con cada sordo latido. Y para mí, que sospechaba la causa del ruido, aquello constituía el sonido más horrendo e increíble que había oído en mi vida.

Mientras esperábamos con desesperación la llegada del bote, escrutaba sin cesar el espacio del barco que mostraba la lámpara. La cubierta parecía estar moviéndose de modo extraño. Delante de la lámpara podía ver los montones de moho temblando y cabeceando espantosamente bajo los rayos más brillantes. Más cerca, dentro del círculo de la lámpara, el montículo que al parecer indicaba la claraboya ondulaba con firmeza. Había venas púrpuras, repugnantes sobre él y al moverse me pareció que las venas y las manchas se hacían más evidentes, se destacaban como en relieve sobre el montón, como las venas que uno ve sobresalir sobre el cuerpo vigoroso de un caballo de pura sangre. Era algo extraordinario. El montículo que habíamos supuesto que ocultaba la escalera de entrada se había hundido a nivel del moho circundante y no pude ver que brotara más fluido púrpura.

En el moho empezó un movimiento graznante, a cierta distancia de la lámpara, y se acercó a nosotros agitándose; ante aquella visión trepé sobre el remate, esponjoso al tacto, de la popa y volví a vociferar hacia el bote. Los hombres contestaron con un grito que me indicó que estaban más cerca; pero la detestable película era tan densa que evidentemente constituía una lucha mover el bote en algún sentido. Junto a mí, el capitán estaba sacudiendo con furor al segundo piloto y el hombre se movió y empezó a gemir. El capitán lo sacudió otra vez.

-¡Despierte! ¡Despierte, señor! -gritaba.
El segundo se apartó tambaleándose del brazo del capitán, y de pronto se derrumbó chillando:
-¡Mis pies! ¡Oh, Dios! ¡Mis pies! -el capitán y yo lo alzamos del moho y logramos sentarlo sobre el remate de la popa, donde siguió gimiendo sin cesar.
-Sosténgalo, doctor. -dijo el capitán y mientras yo lo hacía corrió unos pocos metros hacia adelante, y se asomó por sobre la banda de estribor- ¡Por el amor de Dios, apuren, muchachos! -les gritó a los hombres; ellos le contestaron, sin aliento, desde muy cerca, pero aún demasiado lejos como para que el bote pudiera sernos útil de inmediato. Yo sostenía al oficial gimiente, seminconsciente, y miraba hacia adelante las cubiertas de popa. La agitación del moho se acercaba a la popa, lenta y silenciosa. Y entonces, súbitamente, vi algo más cercano:

-¡Cuidado, capitán! -grité y mientras lo hacía el moho emitió cerca de él un súbito baboseo. Yo había visto una onda que se movía subrepticia hacia él a través de la horrible materia. El capitán dio un salto enorme, torpe, y aterrizó cerca de nosotros sobre la zona sólida del moho; pero el movimiento lo siguió. Se dio vuelta y lo enfrentó, jurando ferozmente. De pronto pequeñas bocas se abrieron alrededor de sus pies, haciendo horribles ruidos absorbentes.

-¡Vuelva, capitán! -vociferé- ¡Vuelva, rápido!
Mientras gritaba, una onda llegó a sus pies, lamiéndolos; el capitán la pisoteó y saltó hacia atrás, con la bota desgarrada colgándole del pie. Juró demencialmente de furia y dolor y saltó con rapidez hacia el remate de proa.
-¡Vamos, doctor! ¡Saltaremos! -gritó. Entonces recordó la repugnante película marrón y vaciló; les rugió desesperado a los hombres que se apuraran. Yo también miré hacia abajo.
-¿El segundo piloto? -dije.
-Yo me encargo, doctor. -dijo el capitán Gannington y agarró al señor Selvern.

Mientras él hablaba, creí ver algo debajo de nosotros, recortándose contra la materia flotante. Me incliné hacia afuera por sobre la popa y atisbé. Había algo bajo el costado izquierdo de la nave.
-¡Abajo hay algo, capitán! -grité y señalé en la oscuridad.
El capitán se inclinó bien hacia afuera y miró.
-¡Un bote, por Dios! ¡Un bote! -vociferó y empezó a moverse con rapidez a lo largo del remate de popa, arrastrando al segundo piloto tras de sí. Lo seguí.
-¡Es un bote, desde luego! -exclamó momentos después. Levantando limpiamente al segundo piloto por encima de la barandilla lo lanzó hacia el bote, en cuyo fondo cayó con estrépito.
-¡Le toca a usted, doctor! -me gritó y me levantó en peso por sobre la baranda haciéndome caer tras el oficial. Al hacerlo sentí que toda la baranda antigua y esponjosa entraba en un temblor peculiar, enfermizo, y empezaba a bambolearse. Caí sobre el segundo piloto y a continuación vino el capitán, casi en el mismo instante; pero afortunadamente, aterrizó lejos de nosotros, sobre el banco de proa, que se partió bajo el peso, con un fuerte crujido y astillamiento de madera.

-¡Gracias a Dios! -lo oí murmurar- ¡Gracias a Dios! ¡Creo que estuvimos bien cerca de irnos al infierno!
En el momento en que me ponía en pie encendió un fósforo, y entre los dos enderezamos al segundo piloto sobre uno de los bancos de popa. Les gritamos a los hombres del bote, diciéndoles donde estábamos, y vimos la luz de su linterna brillando al otro lado de la curva de la popa del barco abandonado. Nos gritaron a su vez, para decirnos que estaban haciendo todo lo que podían. Mientras esperábamos el capitán Gannington encendió otro fósforo y empezó a examinar el bote en el que habíamos caído. Era un bote moderno de doble curva y sobre la popa estaban pintadas las palabras Cyclone Glasgow. Estaba en bastante buena condición y era evidente que había derivado hasta entrar en la película viscosa y quedar atrapado en ella. El capitán Gannington encendió varios fósforos y se dirigió adelante, hacia la nave abandonada. De pronto me llamó y salté por sobre los bancos de remeros hacia él.

-Mire, doctor. -dijo y vi lo que señalaba: una masa de huesos, sobre la proa del bote. Me agaché sobre ellos y miré. Eran los huesos de al menos tres personas, todos entremezclados, de manera extraordinaria y completamente limpios y secos. Tuve una idea repentina con respecto a los huesos, pero no dije nada porque mi idea era vaga, en algunos aspectos, y tenía que ver con la grotesca e increíble sugerencia en la que había pensado, en cuanto a la causa de aquel pesado ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! que latía tan infernalmente dentro del casco y que se oía con claridad incluso ahora que nos habíamos retirado del navío propiamente dicho. Y deben saber que durante todo el tiempo tenía aquella imagen mental horrible, enfermiza del espantoso montículo retorciéndose a bordo.

Cuando el capitán Gannington encendió el último fósforo, vi algo que me descompuso y el capitán lo vio en el mismo instante. El fósforo se apagó y el capitán buscó con torpeza otro y lo encendió. Volvimos a ver aquello. No nos habíamos equivocado. Un gran labio blanco y grisáceo se asomaba sobre el borde del bote: un enorme pliegue de moho avanzaba subrepticio hacia nosotros; una masa viva del casco mismo. De pronto el capitánGannington expresó con un alarido, en palabras, aquello increíble y grotesco en lo que yo estaba pensando:

-¡La nave está Viva!

Nunca oí semejante sonido de comprensión y de terror en la voz de un hombre. La propia seguridad horrorizada de la voz hizo real para mí lo que antes sólo había estado escondido en mi subconsciente. Supe que el capitán estaba en lo cierto, supe que la explicación que mi raciocinio y mi formación habían rechazado y tratado de captar al mismo tiempo, era la verdadera. Me pregunto si es posible que alguien pueda comprender nuestras sensaciones de aquel momento. Cuando la luz del fósforo terminaba de arder, vi que la masa de materia viviente, que avanzaba hacia nosotros, estaba listada y veteada de púrpura, con las venas sobresaliendo, muy distendidas. Todo aquello temblaba continuamente a cada pesado ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! del órgano gargantuesco que latía dentro del enorme casco blanco grisáceo. La llama del fósforo alcanzó los dedos del capitán, y me llegó una corta ráfaga del olor nauseabundo de la carne quemada, pero el capitán parecía insensible al dolor. Después la llama se apagó con un corto siseo; sin embargo en el último momento, yo había visto algo extraordinario y brutal en el extremo de aquel repliegue monstruoso, sobresaliente. Se había humedecido con un sudor espantoso, purpúreo. Y con la oscuridad, llegó un súbito hedor a osario.

Oí que la caja de fósforos se rompía en las manos del capitán Gannington, cuando la abrió de un tirón. Después maldijo, con una extraña voz atemorizada porque se le habían terminado los fósforos. Se volvió con torpeza en la oscuridad y en la ansiedad por llegar a la popa del bote tropezó con el banco para remeros más cercano. Yo iba detrás de él porque sabíamos que aquello se nos acercaba en la oscuridad pasando por encima del lastimoso montón de huesos humanos entremezclados, amontonados a proa. Les gritamos desesperadamente a los hombres y como respuesta vimos aparecer confusamente la proa del bote, rodeando la curva de estribor del navío abandonado.

-¡Gracias a Dios! -dije con un jadeo, pero el capitán Gannington les gritó pidiéndoles que mostraran una luz. Sin embargo no pudieron hacerlo porque en los desesperados esfuerzos por hacer girar el bote hacia nosotros acababan de pisar la lámpara.
-¡Rápido! ¡Rápido! -grité.
-¡Por el amor de Dios, apuren, hombres! -rugió el capitán y los dos enfrentamos la oscuridad asentada bajo la curva de babor, donde sabíamos (pero no podíamos ver) que aquello se iba acercando a nosotros.
-¡Un remo! ¡Rápido, pásenme un remo! -gritó el capitán y tendió las manos en la penumbra hacia el bote que se acercaba. Vi que una figura se paraba en la proa, y nos tendía algo a través de los metros de materia viscosa que nos separaban. El capitán Gannington barrió la oscuridad con las manos y lo encontró.

-Lo tengo. ¡Suéltenlo! -dijo con voz irritada, tensa.
En el mismo instante, el bote en el que estábamos fue presionado a estribor por un peso tremendo. Entonces oí que el capitán gritaba:

-Baje la cabeza, doctor. -y un segundo después el capitán blandió el pesado remo de fresno de cuatro metros alrededor de la cabeza y golpeó hacia la oscuridad. Se oyó un súbito chapoteo y volvió a golpear, mientras soltaba un gruñido salvaje de energía feroz. Ante el segundo golpe, el bote se enderezó con un lento movimiento y de inmediato el otro bote chocó suavemente con el nuestro. El capitán Gannington dejó caer el remo y saltando hasta donde estaba el segundo piloto lo levantó por encima del banco de remero, y lo lanzó limpiamente entre los lombres, por encima de la proa. Después me gritó que lo siguiera, cosa que hice, y vino detrás de mí gritándoles a los hombres que hicieran retroceder un poco el bote. Ellos apartaron la proa del bote que acabábamos de abandonar y de ese modo se dirigieron a través de la película marrón hacia el mar abierto.

-¿Donde está Tom Arrison? -jadeó uno de los hombres, en medio de sus esfuerzos.
Ocurría que era el compinche favorito de Tom Harrison. El capitán Gannington le contestó brevemente:
-¡Muerto! ¡Rema! ¡No hables!

Ahora bien, si había sido difícil hacer avanzar el bote a través de la película viscosa para venir en nuestro rescate, la dificultad para librarlo de la misma era diez veces mayor. Después de unos cinco minutos de remar, el bote parecía haberse movido menos de dos metros, cuanto mucho. Un temor espantoso volvió a invadirme, el mismo que uno de los hombres jadeantes expresó de pronto en palabras:

-¡Nos atrapó! ¡Lo mismo que al pobre Tom! -dijo el hombre que había preguntado dónde estaba Harrison.
-¡Cierra la boca y rema! -ordenó el capitán.
Y así pasaron unos minutos más. De pronto me pareció que el pesado y sordo ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! llegaba con mayor nitidez en la oscuridad y miré con atención por encima de la popa. Flaqueé un poco porque casi podía jurar que la oscura masa del monstruo estaba en realidad más cerca, que estaba aproximándose a nosotros en la oscuridad. El capitán Gannington debió haber tenido la misma impresión porque después de echar un breve vistazo a la oscuridad saltó hasta el primer remero y empezó a ayudarlo con el remo.

-¡Vaya adelante por debajo de los bancos, doctor! -me dijo, casi sin aliento-Ubíquese en la proa y vea si puede apartar un poco la materia.

Hice lo que me indicaba y un minuto después estaba en la proa del bote; removiendo la materia flotante con el bichero de un lado a otro y tratando de desgarrar aquella porquería viscosa, adhesiva. Un olor espeso, casi animal se desprendía de ella, y todo el aire parecía saturado del mortífero olor. Nunca encontraré palabras para contarle a alguien todo el horror de aquello: la amenaza parecía cernirse en el aire mismo alrededor de nosotros; y un poco a popa, aquella cosa increíble, acercándose, según creo firmemente, cada vez más, y la película marrón reteniéndonos como pegamento a medio derretir. Los minutos pasaron mortales, eternos, y yo seguía mirando a popa en la oscuridad, pero sin dejar de remover aquella materia repugnante, golpeándola y fustigándola a un lado y otro, hasta que me cubrió el sudor. Bruscamente el capitán Gannington voceó:

-Estamos adelantando, muchachos. ¡Remen! -y advertí que el bote avanzaba notablemente mientras los hombres remaban con renovada esperanza y energía. Pronto no hubo dudas; poco después aquel horrendo ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! ¡Tud! se había vuelto bastante confuso e incierto en algún lugar a popa y ya no pude ver la nave abandonada; la noche se había vuelto tremendamente oscura y el cielo estaba cubierto por densas nubes. Cuanto más nos acercábamos al borde de la película viscosa, más libremente se movía el bote, hasta que de pronto salimos, con un sonido limpio, dulce, fresco, a mar abierto.

William Hope Hodgson (1877-1918)

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Vampirismo psíquico.



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Vampirismo psíquico.
Autodefensa psíquica (Psychic Self-Defense), Dion Fortune (1890-1946)

El supuesto vampiro ha sido siempre un carácter popular en cuentos de misterio e imaginación. Hay una literatura considerable concerniente a sus actuaciones, desde la famosa novela Drácula (Dracula) hasta los estudios serios de los juicios de brujas medievales, para lo que se refiere al lector a la bibliografía al final del libro. En estas páginas, sin embargo, no deseo procurarme evidencia de segunda mano, ni incidentes que tuvieron lugar en otros siglos y bajo condiciones primitivas, pues podría argüirse que con el paso de tales condiciones fuera de nuestro medio, el problema del vampirismo, como el problema del tifus, se ha ido también, y no necesita preocuparnos. Por mi propia experiencia soy de la opinión, sin embargo, de que esto no es así, y que la condición peculiar que los antiguos llamaban vampirismo puede dar cuenta de ciertas formas de trastorno mental y de la mala salud física asociada con ellas.

Cuando el psicoanálisis fue introducido por vez primera en Inglaterra yo acometí el tema, y me convertí en estudiante, y finalmente en instructora en una clínica que se fundó en Londres. Nosotros los estudiantes fuimos pronto sorprendidos por el hecho de que algunos casos eran extremadamente exhaustivos de tratar. No es que fueran problemáticos, sino que simplemente "nos vaciaban", y nos dejaban sintiéndonos como guiñapos fofos al final de un tratamiento. Algo sucedió para mencionar este hecho a una de las enfermeras ocupada del departamento eléctrico, y ella nos contó que los mismos pacientes igualmente "vaciaban" las máquinas eléctricas y que podían absorber los más sorprendentes voltajes sin mover un cabello.

En el mismo sitio, en el curso de mi trabajo psicoanalítico, me crucé con un número de casos en que existía un apego mórbido entre dos personas, lo más común madre e hija, o dos mujeres amigas; a veces también entre madre e hija y en un caso que encontré socialmente, entre un hombre y una mujer. Era siempre el negativo de la pareja el que venía a por tratamiento, y éramos capaces de beneficiarles considerablemente por medios psicoterapéuticos. Ellos siempre me mostraban el mismo complejo de síntomas, un temperamento sensitivo, una complexión pálida forma gastada y debilidad general, sensación de debilidad, y se fatigaban fácilmente. Eran también invariablemente altamente sugestionables, y eran por lo tanto fáciles de manejar. Consiguientemente, éramos usualmente capaces de conseguir buenos resultados bastante rápidamente en tales casos.

El punto curioso, sin embargo, era que la ruptura de la relación mórbida causaba una señalada perturbación e incluso un semicolapso dei asociado dominante en la alianza. Encontramos que era necesario insistir en una separación si es que había de efectuarse una cura, y la separación invariablemente era desagradada muy activamente por el asociado dominante.

Por aquel tiempo yo lo explicaba todo en términos de la psicología freudiana, pero incluso así, no podía evitar el estar impresionada por el curioso efecto que tenía una separación sobre la persona que no se suponía que estaba enferma, y que conforme una iba para arriba, la otra iba para abajo.

Soy de la opinión de que lo que Freud llama complejo de Edipo no es del todo un asunto unilateral, y que el "alma" del padre está extrayendo la vitalidad psíquica del niño. Es curioso el aspecto que presentan los casos de Edipo de edad, y hasta qué punto son pequeños hombres y mujeres viejos cuando niños. Nunca tienen una infancia normal, sino que siempre son mentalmente maduros para sus años. Persuadí a varios pacientes para que me mostraran fotografías de ellos mismos cuando eran niños, y fui impresionada por la expresión envejecida, preocupada, de las caras infantiles, como si hubieran sabido de todos los problemas y cargas de la vida.

Sabiendo lo que sabemos de la telepatía y el aura magnética, no me resulta sin razón el suponer que, en algún modo que aún no comprendemos enteramente, el asociado negativo de tal relación está "cortándose" sobre el asociado positivo. Hay un derramamiento de vitalidad en marcha, y el asociado dominante está lamiéndola más o menos conscientemente, si es que no realmente chupándola. Tales casos no son en modo alguno inusuales, y se aclaran rápidamente cuando la víctima es separada del vampiro. Cuando quiera que hay un registro de un lazo estrecho y dominante entre dos personas con la desvitalización de una de ellas, es un buen plan el recomendar una separación temporal y observar los resultados.

Tales casos como éstos, sin embargo, pueden ser descritos más justamente como parasitismo que como vampirismo. Tal parasitismo psíquico es extremadamente común, y explica muchos problemas psicológicos. No perseguiremos el tema en estas páginas, sin embargo, pues está fuera del alcance de nuestra investigación presente, y se menciona meramente con fines ilustrativos. El vampirismo, tal como se entiende generalmente, es una cuestión muy diferente, y haremos bien en reservar el término para aquellos casos en los que el ataque es deliberado, aplicando el término parasitismo a los casos en los que es inconsciente e involuntario.

En mi opinión, el verdadero vampirismo no puede tener lugar a no ser que haya poder para proyectar el doble etérico. Todos los registros de vampirismo que tenemos dan un relato de algo mucho más tangible, que una querencia. En Europa Occidental la concurrencia parece ser relativamente rara en tiempos modernos, pero en la Europa del Este y en países primitivos parece no ser en modo alguno inusual, y en libros de viajes aparecen innumerables casos bien autentificados. El Comandante Gould, en su extremadamente interesante libro, rarezas, da un relato de vampirismo entre los Berberlangs de las Islas Filipinas. Su relato está basado en un ensayo impreso en la Revista de la Sociedad Asiática, Vol. LXV, 1896. Estas desagradables gentes, de acuerdo con Mr. Skertchley, el autor del articulo que acota el Comandante Gould, "son caníbales, y deben comer ocasionalmente carne humana o morirán... Cuando sienten la apetencia de una comida de carne humana se van a la hierba y, habiendo escondido cuidadosamente sus cuerpos, sostienen su aliento y caen en trance. Sus cuerpos astrales son liberados entonces.

Ellos vuelan lejos y, entrando en una casa, entran en el cuerpo de uno de sus ocupantes y se alimentan de sus entrañas.

"Puede oírse a los Berberlangs cuando vienen, pues hacen un ruido quejumbroso, que es elevado en la distancia y muere en un débil gemido conforme se aproximan. Cuando están cerca de ti, puede oírse el sonido de sus alas, y pueden verse las centelleantes luces de sus ojos danzando como moscas de fuego en la oscuridad"

Mr. Skertchley declara que él mismo vio y escuchó pasar un vuelo de Berberlangs, y al visitar al día siguiente la casa en la que les vio entrar halló al ocupante muerto sin ningún signo externo de violencia.

Comparad el relato de Mr. Skertchley de los Berberlangs tumbados en la larga hierba arrojándose en trance con el relato de Mr. Muldoon de "La Proyección del Cuerpo Astral", con el que todo estudiante de ocultismo debería estar familiarizado, pues es indudablemente un clásico de la literatura oculta, siendo un relato práctico de experiencias ocultas e instrucciones detalladas de cómo ir y hacer lo mismo. Pero para volver más cerca de casa. En el curso de mi experiencia de los desviaderos de la mente humana, que, por la naturaleza de mi trabajo ha sido, como el conocimiento de Sam Weller de Londres, extensa y peculiar, sólo he conocido de un caso de vampirismo genuino, de acuerdo con el sentido en el que utilizo el término, y éste no fue uno de mis propios casos, aunque conocía a las personas implicadas, sino que me fue transmitido por mi instructor original, al que ya me he referido en conexión con el caso de la buena señora que me perseguía con un cuchillo de trinchar. He usado los hechos de este caso como terreno de trabajo para una de las historias en Los Secretos del Dr. Taverner, pero los hechos reales son tales que serían inadecuados para una obra que se supone destinada a entretener.

Por aquel tiempo estaba haciendo yo las tutorías en psicología anormal en la clínica de la que he hablado, y supervisando el trabajo de los otros estudiantes; una de ellas me pidió consejo concerniente a un caso que le había venido en la práctica privada, el caso de un joven cerca de los veinte, uno de esos tipos degenerados pero intelectual y socialmente presentables que frecuentemente se cosechan en viejas familias cuya sangre es demasiado azul para ser saludable. Este muchacho fue llevado como huésped a un piso que la estudiante compartía con otra mujer, y pronto empezaron a ser preocupados con curiosos fenómenos. Aproximadamente a la misma hora cada noche los perros de las vecindades empezaban un furioso alboroto de ladrar y aullar, y unos pocos momentos después la ventana francesa que conducía al mirador se abría. No importaba cuan a menudo llamaron al cerrajero, ni cómo la empalizaban, se abría en el momento señalado, y una corriente fría barría el piso.

Este fenómeno tuvo lugar una noche en que el adepto, Z., estaba presente, y él declaró que había entrado una entidad invisible desagradable. Apagaron las luces, y fueron capaces de ver un mortecino refulgir en el rincón que él había indicado, y cuando pusieron sus manos sobre este refulgir, sintieron una sensación de hormigueo tal como la que se experimenta cuando se ponen las manos en agua cargada eléctricamente.

Entonces comenzó una poderosa persecución del fantasma arriba y abajo del piso, y la presencia fue finalmente arrinconada y despachada en el cuarto de baño. He representado el incidente algo más pintorescamente en mi cuento, pero los hechos esenciales son los mismos. El resultado de despachar esta entidad fue una señalada mejora en la condición del paciente, y la elucidación de la siguiente historia.

El muchacho, al que llamaremos D., tenía el hábito de ir a sentarse junto a un primo que había sido devuelto inválido a casa desde Francia sufriendo de un supuesto golpe de granada. Este joven era otro vástago de una cepa gastada, y se divulgó que había sido cogido con las manos en la masa en esa desagradable perversión conocida como necrofilia. De acuerdo con la historia sonsacada a los padres de D., este vicio no era infrecuente en ciertos sectores del Frente, como tampoco lo eran los ataques sobre hombres heridos. Las autoridades estaban tomando drásticos pasos para acabar con ello. Debido a la influencia familiar el primo de D. fue capaz de escapar al encarcelamiento en una prisión militar, y fue puesto al cuidado de su familia como un caso mental, y le pusieron al cargo de un enfermero. Era mientras el enfermero tenía el tiempo libre que al desgraciado joven D. se le empleaba desencaminadamente para sentarse junto a él. También resultó que las relaciones entre D. y su primo eran de una naturaleza viciosa, y en una ocasión él mordió al muchacho en la nuca, justo por debajo de la oreja, extrayendo realmente sangre.

D. había estado siempre bajo la impresión de que algún "fantasma" le atacaba durante sus crisis, pero no se había atrevido a decirlo por temor a ser considerado loco. Cuál podía haber sido el porcentaje exacto de suciedad neurótica, vicio, y ataque psíquico, es difícil de decir, ni es sencillo decidir cuál era la causa predisponerte que abrió la puerta a todo el problema, pero una cosa se hallaba clara para todos los observadores: que con el despachado del visitante psíquico, no sólo se aclaró inmediatamente la condición de D., sino que después de una breve y aguda crisis el primo también se recobró. El método de despachado usado por el adepto Z., era prender a la entidad dentro de un círculo mágico, de modo que no pudiera salir, y entonces absorberla dentro de sí por la compasión. Conforme completaba la operación, caía hacia atrás inconsciente. Era, de hecho, el mismo método sobre el que se me había instruido para usar al tratar con mi hombre-lobo, pero es una tarea mucho más formidable el absorber y transmutar la proyección de otra persona que absorber la propia de uno, y sólo podría haber sido realizado por un iniciado de un grado muy alto, lo que Z. era indudablemente.

Su opinión concerniente al caso, aunque no había manera de obtener confirmación independiente de esto, era que algunas tropas de la Europa del Este habían sido llevadas al Frente Occidental, y entre éstas habían individuos con el conocimiento tradicional de la Magia Negra por el que la Europa del Sudeste ha gozado siempre de una siniestra reputación entre los ocultistas. Esta gente, al ser muerta, sabía cómo evitar ir a la Segunda Muerte, es decir, la desintegración del Cuerpo Astral, y se mantenía a sí misma en el doble etérico vampirizando a los heridos. Ahora bien el vampirismo es contagioso; la persona que es vampirizada, siendo vaciada de vitalidad, es un vacío psíquico, absorbiendo ella misma de cualquiera con quien se cruce a fin de rellenar sus recursos vacíos de vitalidad. Ella pronto aprende por experiencia los trucos de un vampiro sin realizar su significado, y antes de que sepa dónde está, es todo un vampiro por sí misma, vampirizando a otros.

El alma ligada a la tierra de un vampiro se adhiere a veces permanentemente a un individuo si tiene éxito en hacer de él un vampiro que funciona, extrayendo sistemáticamente su nutrición etérica de él, pues, ya que él está a su vez resupliéndose a sí mismo a partir de otros, no morirá de exhaustión como lo hacen ordinariamente las víctimas de los vampiros.

Z. era de la opinión de que el primo de D. no era el vampiro primario en el caso, sino que él mismo era una víctima. Siendo un joven de moral inestable, pronto adquirió los trucos del vampiro, y el alma apegada a la tierra de algún mago Magiar le explotaba. A través de su acto de morder y extraer sangre del cuello de su primo, esta entidad se transfirió al joven D., prefiriendo nuevos pastos para los recursos vacíos de su víctima anterior. Probablemente alternaba entre los dos, pues no estaba constantemente con D.

Que hizo exactamente Z., no lo sabemos, pues él era extremadamente reservado concerniente a sus métodos, pero a la luz del conocimiento posterior imagino que absorbió la energía etérica del alma ligada a la tierra, y la privó por tanto de sus medios de resistirse a la Segunda Muerte. El conducir meramente al alma que se resiste hasta el Salón del Juicio de Osiris habría implicado dejar detrás un cuerpo astral, el cual por algún tiempo habría continuado dando problemas.

Puede ser interesante notar en conexión con este caso que durante el tiempo en que Miss L. estuvo en el colegio oculto en Hampshire tuvimos algunos sucesos bien curiosos. Hubo un estallido entre nosotros de unas "picaduras de mosquito" extremadamente malas. Las mordeduras en si no eran venenosas, pero las punzadas eran de tal naturaleza que sangraban libremente. Recuerdo levantarme una mañana para encontrar una mancha de sangre del tamaño de la palma de mi mano sobre la almohada; había salido aparentemente de una pequeña puntada justo por debajo del ángulo de la quijada. Varios otros tuvieron experiencias similares. Nunca he visto nada igual, ni antes ni después de eso, ni ocurrió de nuevo después de que Miss L. se marchó.

No se lo conté al adepto Z. en aquel momento, y posteriormente, cuando me acordé del incidente y lo mencioné, la oportunidad de investigar se había escapado. El expresó la opinión de que era el trabajo de un vampiro, y citó casos similares con los que se había encontrado en el curso de su experiencia. Dijo que había visto casos en África en los que la víctima se había quedado tan sin sangre que sólo con dificultad podía obtenerse un espécimen de sangre para hacer un examen, pues apenas podía inducírsela a fluir del debilitado tejido.

Nada podía hacerse por tales casos por la ciencia médica. Van muriéndose por pulgadas, y sin embargo no puede ser demostrada ninguna enfermedad orgánica. No obstante, su apariencia es la de una persona que sucumbe por hemorragias repetidas. Cuando se sospecha del vampirismo, la cosa a hacer es ir sobre el cuerpo de esa persona pulgada a pulgada con una lupa poderosa, y la búsqueda será probablemente recompensada por el descubrimiento de numerosas punzadas diminutas, tan diminutas que no son descubiertas por un examen con el ojo desnudo a no ser que se revelen infectándose y supurando, cuando son usualmente confundidas con mordeduras de mosquitos. Son mordeduras con todas las de la ley, pero no las de un insecto. Los lugares en donde buscarlas son alrededor del cuello, especialmente bajo las orejas; en la superficie interna de los antebrazos; en los lóbulos de las orejas; en los dedos de los pies y, en una mujer, sobre los pechos.

Se dice que una persona con tendencias de vampiro desarrolla unos dientes caninos anormalmente largos y agudos, y yo misma he visto un caso así, y era una vista curiosa. Los dos dientes caninos, la pareja que viene entre los incisivos y los premolares, eran por los menos más largos que la mitad de los otros, y terminaban en puntas de la agudeza de una aguja.

El verdadero vampirismo en la Europa Occidental parece ser raro, pero Z. era de la opinión de que muchos casos obscuros de debilidad tropical en los que la anemia jugaba una parte prominente, podrían ser atribuidos a esta causa.

Dion Fortune (1890-1946)

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miércoles, diciembre 12




El Huésped de Drácula.
Dracula's Guest, Bram Stoker (1847-1912)

Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d'hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:

-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.

Johann le contestó con un enfático:

-Ja, mein Herr.

Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.

Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:

-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?

Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:

-Walpurgis Nacht.

Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:

-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.

Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:

-Walpurgis Nacht!

Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal.... y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:

-Enterrados..., estar enterrados los que matarse ellos mismos.

Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.

Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

-Suena como lobo..., pero no hay lobos aquí, ahora.

-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.

Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:

-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.

Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.

Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.

Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

-Es maldito.

-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.

-El pueblo.

-Entonces, ¿hay un pueblo?

-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.

Me devoraba la curiosidad:

-Pero dijo que había un pueblo.

-Había.

-¿Y qué pasa ahora?

Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!.... y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no.... no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:

-Tiene usted miedo, Johann... tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann... La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.

Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.

Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.

Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.

El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.

Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.

Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.

En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.

Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801

En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:

Los muertos viajan de prisa

Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!

La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo..., sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.

Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos... Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.

Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.

Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla..., una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.

Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.

Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.

Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.

-¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late!

Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:

-¿Lo hallaron?

La respuesta fue apresurada:

-¡No! ¡No! ¡Vámonos.... pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!

-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.

La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.

-¡Era... era... una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.

-¡Era un lobo..., sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.

-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.

-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.

-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él... ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.

El oficial miró mi garganta y replicó:

-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.

-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.

-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.

El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.

Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.

-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.

El joven oficial le respondió con calma:

-Dije un perro.

-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:

-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.

Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.

Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d'hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.

-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?

Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:

-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.

-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.

-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.

-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?

-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:

BISTRITZ

«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. - Drácula.

Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d'hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas..., y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

Bram Stoker (1847-1912)

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