miércoles, junio 20
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Eco y Narciso: una historia de... ¿amor?
Eco era una oréade, es decir, una ninfa de las montañas, más precisamente del monte Helicón. Fue educada nada menos que por las Musas, diosas encargadas de distribuir inspiración y talento; y como tal recibió el don de tener la voz mas bella y encantadora del mundo; incluso las palabras ordinarias sonaban en sus labios como el tañido de campanas distantes sobre la espuma del mar.
Narciso, hijo de la ninfa Liríope y Céfiso, el dios-río; era el joven más apuesto que haya vivido fuera del Olimpo. Su amor propio era tan desmedido que sólo tenía ojos para sí mismo, un error que los griegos no perdonaban ni siquiera en la mitología.
De nuevo en el Monte Helicón, Hera, esposa de Zeus, sospechaba que su adúltero marido estaba secretamente entusiasmado por Eco. Tras algunas pesquisas subrepticias, Hera descubre los amores ilícitos de Zeus, y también que la ninfa se ha mantenido al margen de los lances del dios. Incapaz de castigar al Señor de los Dioses, Hera tomó el camino más simple: maldijo a Eco a utilizar su voz, la más bella que haya brotado de boca alguna, a repetir cacofónicamente las últimas palabras de su interlocutor.
Eco huyó del monte sagrado, incapaz de pronunciar una palabra voluntaria. Solo podía repetir quedamente el canto de los pájaros, el murmullo del agua, el atronar de una roca desprendiéndose de los acantilados; hasta que lo vió a él: Narciso, un joven de prodigiosa hermosura que miraba absorto su reflejo en el agua.
Narciso no advirtió inmediatamente su presencia, estaba demasiado ocupado contemplando la perfección de su rostro en las aguas tranquilas del estanque. Eco, temerosa y frágil, se escondió detrás de un árbol, y desde allí se enamoró del joven.
Arrebatado de pasión por su propio reflejo, Narciso dijo en voz alta.
-¿Eres tú o yo?
-...yo... -dijo una voz espectral.
-¿Estás aquí?
-...aquí...
-Te amo.
-...amo...
Eco salió de su escondite decidida a confesar su amor, pero en su boca no había palabras, salvo las últimas que oía. Narciso la rechazó violentamente. Podemos pensar que se burló de ella con excesiva ironía. La ninfa huyó al páramo, sola y desdichada, y vagó por valles y cañadas solitarias que solo los dioses conocen, hasta que finalmente se recluyó en una oscura cueva donde su cuerpo poco a poco se consumió de tristeza.
De ella solo quedó su voz, un reflejo acústico incapaz de pronunciar nada que no sean palabras ajenas.
De las lóbregas mansiones de Némesis, la diosa de la venganza, surgió un pensamiento de ira que se proyectó hacia la cueva de Eco. La voz de la ninfa voló hacia el estanque en alas del despecho, y encontró a Narciso, como de costumbre, obnubilado por su reflejo. Inmensamente desdichada por aquel amor no correspondido, aguardó.
Cierto día, presa de una desesperación y una angustia incontenibles, Narciso exclamó ante su reflejo.
-No lo soporto más. Te necesito. ¡Ven!
-...¡ven!
Al oir el llamado el joven se arrojó a las aguas y se ahogó. Su padre, el dios-río, hizo que en el lugar de la tragedia crezca una flor distinta a las demas, que crece alejada de otros capullos; y que desde entonces se llamó Narciso, que en griego significa "narcótico", en alusión al perfume intenso de sus pétalos.
Algunos dicen que Eco nunca abandonó el mundo, y que todavía repite lo que oye en lugares abandonados, acaso esperando que alguien intuya su presencia en los ecos. Otros, menos proclives a las metáforas esperanzadoras, señalan que la condena de Narciso no concluyó con su muerte; y que su espíritu llora de tristeza en el inframundo, amando y contemplando un reflejo que lo ignora prolijamente.
Lord Aelfwine.
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El vampiro.
Vampyr, Jan Neruda (1834-1891)
Aquel vapor de excursión nos llevó desde Constantinopla hasta las costas de la isla de Prinkipo, en la cual desembarcamos. El número de pasajeros no era muy grande. Había presente una familia polaca, el padre, la madre, la hija y su novio, y luego nosotros dos.
Ah, sí, no debo olvidar que cuando ya casi nos hallábamos sobre el puente de madera que cruza desde el Cuerno de Oro hasta Constantinopla un griego, un hombre muy joven, se unió a nosotros. Probablemente era un artista, a juzgar por el portafolio que llevaba bajo su brazo. Una larga y renegrida cabellera flotaba sobre sus hombros, su rostro era pálido, y sus ojos negros se hallaban profundamente hundidos dentro de sus cuencas. Desde el primer instante llamó mi atención por su amabilidad y conocimiento de las condiciones locales. Sin embargo, hablaba demasiado, y entonces me alejé de él.
Aquella familia polaca era de lo más agradable. El padre y la madre eran bondadosos por naturaleza, buena gente, el novio un muchacho joven y apuesto, de modales directos y refinados. Habían llegado a Prinkipo para pasar los meses de verano allí debido a su hija, quien se hallaba ligeramente enferma. Aquella hermosa y pálida muchacha estaba justamente recobrándose de una severa enfermedad; o lo que es más, de una muy seria dolencia que había dejado caer sus garras sobre ella. Buscaba el apoyo de su amante cuando caminaba y muy a menudo se sentaba a descansar, en tanto y de manera frecuente una tos seca y ligera interrumpía sus susurros. Siempre que ella tosiese, su acompañante debía hacer una prolongada pausa en el paseo de ambos.
El muchacho siempre le dirigía una mirada de sufrida comprensión y la joven le respondía con otra como si dijese: "¡No es nada! ¡Soy Feliz!"Ambos creían en la recuperación y la felicidad. Siguiendo las recomendaciones del griego, quien se separó de nosotros inmediatamente después de alcanzar el amarradero, la familia reservó habitaciones en un hotel ubicado sobre la colina.
El hotelero era un francés y todo el edificio se hallaba confortable y artísticamente equipado, de acuerdo al estilo tradicional de su dueño. Desayunamos juntos, y cuando el sol de mediodía se dejó caer con cierta dureza, nos dirigimos hacia lugares más elevados donde en medio de un bosquecillo de pinos reales siberianos podríamos refrescarnos disfrutando del paisaje. Difícilmente hubiésemos hallado un punto más favorable y nos quedamos allí cuando aquel griego apareció nuevamente. Nos saludó de manera informal, miro en derredor y se sentó a tan solo unos pocos pasos de nosotros. Abrió entonces su portafolio y comenzó a esbozar un dibujo.
-Creo que se ha sentado a propósito con su espalda dando hacia las rocas de modo que no podamos ver sus dibujos,- dije.
–No tenemos porque hacerlo, -señaló el joven polaco.- Tenemos más que suficiente ante nosotros mismos para mirar. -Luego de unos momentos, agregó.- Me parece que nos está dibujando a nosotros en una suerte de escenario.
Ciertamente teníamos algo más importante que observar. ¡No existía un rincón más hermoso y más feliz en el mundo que la misma Prinkipo! La mártir política Irene, contemporánea de Carlos El Grande, vivió allí durante un mes cuando fue exiliada. ¡Si hubiese vivido un mes de mi vida allí sería feliz por el recuerdo del mismo, por el resto de mis días! Nunca olvidaría ese único día que pasé en Prinkipo. El aire era tan puro como el diamante, tan suave, tan acariciante que toda el alma de uno parecía nadar en él perdiéndose en la distancia. Hacia la derecha, más allá del mar se proyectaban las cumbres asiáticas; a la izquierda, sumergidas en la lejanía, se proyectaban con tonos de púrpura las llanas costas de Europa. La vecina Chalki, una de las nueve islas del Archipiélago del Príncipe, se elevaba con sus bosques de cipreses dentro de aquellas elevaciones llenas de paz semejantes a un pesaroso sueño, coronada por una inmensa estructura, un asilo para mentes enfermas.
El Mar de Mármora se encontraba apenas ligeramente agitado y jugaba mostrando una amplia gama de colores tal como un ópalo iridiscente. A la distancia el mar era blanco como la leche, luego se volvía rosado, entre las dos islas aparecía un burbujeante naranja, y junto a nosotros era de un hermoso azul-verdoso, semejante a un transparente zafiro. Resplandecía, envuelto en su propia belleza. No se veían en ninguna parte barcos grandes, tan solo dos pequeñas embarcaciones con la bandera inglesa flameando sobre cubierta. Una era tan grande como la caseta de un vigilante, la otra tenía alrededor de doce remeros, y cuando sus remos se levantaban simultáneamente, gotas de plata derretida semejaban caer sobre ellos. Confiados delfines saltaban dentro y fuera del agua entre ellas dando grandes brincos, arqueándose elegantemente por sobre la superficie del mar. A través de los cielos azules una y otra vez águilas serenas volaban siguiendo sus rutas, mensurando el espacio entre ambos continentes. Toda la ladera que se hallaba debajo de nosotros estaba cubierta de rosas florecientes cuya fragancia llenaba el aire.
Desde el café cercano la música marina llegaba hasta nosotros a través de aquél, acallada en alguna medida debido a la distancia. El efecto era encantador. Todos nos encontrábamos sentados en silencio y nuestras almas quedaron como suspendidas por completo ante aquel cuadro paradisíaco. La joven muchacha polaca yacía sobre la hierba con su cabeza apoyada en el pecho de su amante. El pálido óvalo de su rostro delicado se hallaba teñido ligeramente con algo de color, y de sus ojos azules repentinamente brotaron algunas lágrimas. Su amante comprendió, inclinó su cuerpo y beso una lágrima tras otra. Su madre también se sintió conmovida hasta soltar también algunas lágrimas, y yo -incluso yo- sentí una extraña punzada.
-Aquí ambos, cuerpo y mente, logran sentirse bien,- susurró la muchacha. -¡Cuán feliz es esta tierra!
-¡Dios sabe que no tengo enemigos, pero si los hubiese tenido los habría perdonado estando aquí!,- exclamó el padre con voz temblorosa.
Entonces nuevamente volvimos a quedarnos en silencio. ¡Todos nos sentíamos envueltos por un estado de ánimo maravilloso, tan inefablemente dulce era todo aquello! Cada uno sentía en sí mismo todo un mundo de felicidad, y cada uno habría querido compartir su felicidad con todo el mundo. Todos sentíamos lo mismo y nadie por entonces perturbó al otro. Apenas si tuvimos en cuenta al griego, quien después de una hora más o menos habíase levantado, tomado su portafolio, y con un ligero asentimiento de cabeza nos hizo partícipes de su partida.
Nosotros permanecimos allí. Finalmente, después de varias horas, cuando a la distancia podía observarse como todo habíase tornado de un más que oscuro violeta, con una hermosura tan mágica en dirección sur, la madre nos recordó que ya era hora de partir. Nos levantamos y comenzamos a caminar descendiendo en dirección al hotel con ese paso libre, elástico, que caracteriza esa despreocupación propia de los niños. Nos sentamos en el hotel bajo una bella galería. Apenas si habíamos tomado asiento cuando escuchamos por debajo nuestro sonidos de juramentos y pelea. Nuestro griego estaba riñendo con el hotelero. Buscando en que entretenernos, nos dedicamos a escuchar. Aquel divertimento no duró mucho tiempo.
-Si no hubiese otros huéspedes aquí… -rugió el hotelero, y subió por las escaleras en dirección a nosotros.
-Le ruego que me diga, señor, -preguntó el joven polaco al hotelero que se aproximaba,-¿Quién es ese caballero? ¿Cuál es su nombre?
-Eh ¿Quién sabe cuál es el nombre de ese sujeto?,- gruñó en voz baja el francés, mientras miraba venenosamente hacia abajo.
-Nosotros lo llamamos el Vampiro.
-¿Es un artista?
-¡Linda ocupación! El dibuja tan solo cadáveres. Tan pronto como alguien muere en Constantinopla o en las vecindades de por aquí, ese mismo día él ya tiene un dibujo completo de quien ha muerto. ¡Ese sujeto los pinta de antemano, y nunca se equivoca, tal como si fuese un buitre!
La vieja mujer polaca lanzó un grito de terror.
En sus brazos yacía su hija, pálida como la tiza.
Había muerto. Dando un salto, el novio de la muchacha se lanzó escaleras abajo. Con una mano aferró al griego y con la otra tomó el portafolio.
Corrimos detrás de él. Ambos hombres se encontraban rodando sobre la arena. El contenido de los portafolios habíase desparramado por todas partes. Y sobre una hoja dibujada a crayón, se hallaba la cabeza de la joven muchacha polaca, con sus ojos cerrados y una corona de mirto sobre su frente.
Jan Neruda (1834-1891)
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viernes, mayo 25
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Significado del nombre "Drácula".
Quizás el nombre de las cosas condicionan su naturaleza, y no al revés, como sugiere la liturgia académica.
¿Pero qué sucede con el nombre de las personas?
Significado y significante a menudo se confunden, en especial cuando investigamos el nombre de alguna personalidad particularmente abominable.
Drácula -el Drácula real- no se daba por aludido bajo este epíteto ofídico, aunque sería difícil determinar algún nombre con certeza más allá del "Vlad" inicial.
La palabra "Drácula" deriva del rumano Dracul, y éste a su vez del latín Draco, "dragón". El nombre oficial de aquel audaz y sangriento príncipe de Valaquia era Vlad Draculea, es decir, Vlad "hijo del Dragón".
Su padre, Vlad II, fue admitido en la Orden del Dragón, creada en 1428 por Segismundo de Luxemburgo, rey de Hungría. Esta admisión le ganó el sobrenombre de Vlad Dracul. En consecuencia, el viejo Vlad comenzó a usar la imagen del dragón en sus banderas, escudos y en cuanto sitio le era permitido.
Su pasado, lleno de hazañas contra los otomanos, le habían ganado fama de héroe, pero también de asesino feroz e implacable. La gente del pueblo, atenta a las imágenes e iconografías de la iglesia, identificó rápidamente al dragón heráldico de Vlad con el demonio; razón por la cual se lo comenzó a ver como un ente indefinido en términos de moral.
Cuando el joven Vlad III -nuestro Drácula- llegó al principado de Valaquia, el nombre Dracul ya estaba impregnado de horror y espanto.
Ya de pequeño mostró una inclinación por lo macabro, torturando animales y aves con los que practicaba experimentos abominables. En 1444, cuando Drácula contaba con apenas 13 años, fue entregado por su padre al Sultán en muestra de sumisión. Tanto él como su hermano, Radu, fueron criados por Mehmet II, es decir, en la corte del enemigo.
Fue recién al retornar del exilio cuando comprendió el verdadero doble sentido de su nombre: dragón por un lado, esto es, una criatura sobrenatural que corresponde a la tierra y las profundidades, y el demonio, ente que no necesita mayores precisiones.
Su padre había muerto en 1447, y su segundo hermano, Mircea, había sido enterrado vivo con los ojos perforados por dos hierros al rojo.
Casi todos los historiadores coinciden en afirmar que Drácula significa "Dragón", acaso sin entender que el pueblo, ignorante de los academicismos etimológicos, dotó a ese nombre con una cualidad profética, demoníaca, más acorde a las desmesuras de la venganza que el joven Vlad ya tenía en mente.
Lord Aelfwine.
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Significado del nombre "Drácula".
Quizás el nombre de las cosas condicionan su naturaleza, y no al revés, como sugiere la liturgia académica.
¿Pero qué sucede con el nombre de las personas?
Significado y significante a menudo se confunden, en especial cuando investigamos el nombre de alguna personalidad particularmente abominable.
Drácula -el Drácula real- no se daba por aludido bajo este epíteto ofídico, aunque sería difícil determinar algún nombre con certeza más allá del "Vlad" inicial.
La palabra "Drácula" deriva del rumano Dracul, y éste a su vez del latín Draco, "dragón". El nombre oficial de aquel audaz y sangriento príncipe de Valaquia era Vlad Draculea, es decir, Vlad "hijo del Dragón".
Su padre, Vlad II, fue admitido en la Orden del Dragón, creada en 1428 por Segismundo de Luxemburgo, rey de Hungría. Esta admisión le ganó el sobrenombre de Vlad Dracul. En consecuencia, el viejo Vlad comenzó a usar la imagen del dragón en sus banderas, escudos y en cuanto sitio le era permitido.
Su pasado, lleno de hazañas contra los otomanos, le habían ganado fama de héroe, pero también de asesino feroz e implacable. La gente del pueblo, atenta a las imágenes e iconografías de la iglesia, identificó rápidamente al dragón heráldico de Vlad con el demonio; razón por la cual se lo comenzó a ver como un ente indefinido en términos de moral.
Cuando el joven Vlad III -nuestro Drácula- llegó al principado de Valaquia, el nombre Dracul ya estaba impregnado de horror y espanto.
Ya de pequeño mostró una inclinación por lo macabro, torturando animales y aves con los que practicaba experimentos abominables. En 1444, cuando Drácula contaba con apenas 13 años, fue entregado por su padre al Sultán en muestra de sumisión. Tanto él como su hermano, Radu, fueron criados por Mehmet II, es decir, en la corte del enemigo.
Fue recién al retornar del exilio cuando comprendió el verdadero doble sentido de su nombre: dragón por un lado, esto es, una criatura sobrenatural que corresponde a la tierra y las profundidades, y el demonio, ente que no necesita mayores precisiones.
Su padre había muerto en 1447, y su segundo hermano, Mircea, había sido enterrado vivo con los ojos perforados por dos hierros al rojo.
Casi todos los historiadores coinciden en afirmar que Drácula significa "Dragón", acaso sin entender que el pueblo, ignorante de los academicismos etimológicos, dotó a ese nombre con una cualidad profética, demoníaca, más acorde a las desmesuras de la venganza que el joven Vlad ya tenía en mente.
Lord Aelfwine.
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El vampiro del castillo de Elizabeth Bathory.
Existe una leyenda macabra alrededor del castillo de Elizabeth Bathory en Eslovaquia.
Csejte vára, el castillo donde Elizabeth Bathory realizó sus torturas más conocidas, se ubica sobre una colina que domina la aldea de Cachtice. Hoy en día el lugar se encuentra preservado por las autoridades a causa de una prolífica cantidad de plantas exóticas. Algunos conjeturan que Elizabeth Bathory, siempre atenta a las propiedades narcóticas de hierbas y plantas, hizo que la colina donde descansa su castillo fuese sembrada con incontables plantas y raíces traídas del extranjero.
El palacio no sólo fue la residencia oficial de Elizabeth Bathory, sino también su prisión.
El castillo fue construido a mediados del siglo XIII por Kazimir, convirtiéndose rápidamente en un punto estratégico para acceder a Moravia. Su propiedad pasó luego a Matúš Csák, de la familia Stibor, y recién entonces a Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta, como regalo de bodas en 1575.
En 1708 el castillo fue capturado por un grupo de insurgentes que pedían la cabeza de Ferenc II Rákoci. Desde entonces ha permanecido deshabitado.
La leyenda que mencionamos anteriormente nos ubica en 1922.
El director de cine alemán W.F. Murnau consiguió una autorización del gobierno para filmar su película más famosa: Noseferatu, una sinfonía de horror (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens). La viuda de Bram Stoker se negó a permitir que el alemán utilice el nombre "Drácula" como título del abominable vampiro del film. Como respuesta, W.F. Murnau se despegó de la novela casi por completo, despreciando Transilvania como locación principal, y eligió nada menos que el castillo de Elizabeth Bathory como palacio de su Nosferatu.
La producción comenzó con éxito, pero tanto el equipo de filmación como los actores pronto comenzaron a notar ciertas "discrepancias" en la arquitectura del castillo. Paredes inquietas, ventanas obturadas como por arte de magia, pasos en sitios donde no había nadie, y toda una serie de escalofriantes rumores se apoderaron del set.
Hasta aquí no nay nada que no pueda hallarse en un castillo abandonado, es decir, cuestiones ligadas a la sujestión lógica de un lugar en donde se produjeron hechos siniestros. Pero estos testimonios luego serían avalados por una serie de estudios en los que se probó que el castillo de Elizabeth Bathory, acaso luego de su reclusión, fue modificado en algunos sectores con muros deslizantes y ventanas que cambiaban su morfología, permitiéndole a la condesa sangrienta salir de los aposentos que le servían de prisión.
Los rumores crecieron cuando un grupo de actores y extras, gitanos y zíngaros en su mayoría, declaró haber visto la silueta fantasmagórica de una mujer flotando sobre las frías losas de los pasillos, con el rostro lívido y una boca descoyuntada que parecía anunciar los horrores más negros del infierno.
No existen documentos fotográficos ni fílmicos de aquel suceso paranormal. Sólo nos queda el rostro tétrico de Max Schreck, actor que interpretó al conde Orlock en la película, quien, según se cree, basó su gestualidad de ultratumba en la visión de aquel innombrable espectro.
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Existe una leyenda macabra alrededor del castillo de Elizabeth Bathory en Eslovaquia.
Csejte vára, el castillo donde Elizabeth Bathory realizó sus torturas más conocidas, se ubica sobre una colina que domina la aldea de Cachtice. Hoy en día el lugar se encuentra preservado por las autoridades a causa de una prolífica cantidad de plantas exóticas. Algunos conjeturan que Elizabeth Bathory, siempre atenta a las propiedades narcóticas de hierbas y plantas, hizo que la colina donde descansa su castillo fuese sembrada con incontables plantas y raíces traídas del extranjero.
El palacio no sólo fue la residencia oficial de Elizabeth Bathory, sino también su prisión.
El castillo fue construido a mediados del siglo XIII por Kazimir, convirtiéndose rápidamente en un punto estratégico para acceder a Moravia. Su propiedad pasó luego a Matúš Csák, de la familia Stibor, y recién entonces a Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta, como regalo de bodas en 1575.
En 1708 el castillo fue capturado por un grupo de insurgentes que pedían la cabeza de Ferenc II Rákoci. Desde entonces ha permanecido deshabitado.
La leyenda que mencionamos anteriormente nos ubica en 1922.
El director de cine alemán W.F. Murnau consiguió una autorización del gobierno para filmar su película más famosa: Noseferatu, una sinfonía de horror (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens). La viuda de Bram Stoker se negó a permitir que el alemán utilice el nombre "Drácula" como título del abominable vampiro del film. Como respuesta, W.F. Murnau se despegó de la novela casi por completo, despreciando Transilvania como locación principal, y eligió nada menos que el castillo de Elizabeth Bathory como palacio de su Nosferatu.
La producción comenzó con éxito, pero tanto el equipo de filmación como los actores pronto comenzaron a notar ciertas "discrepancias" en la arquitectura del castillo. Paredes inquietas, ventanas obturadas como por arte de magia, pasos en sitios donde no había nadie, y toda una serie de escalofriantes rumores se apoderaron del set.
Hasta aquí no nay nada que no pueda hallarse en un castillo abandonado, es decir, cuestiones ligadas a la sujestión lógica de un lugar en donde se produjeron hechos siniestros. Pero estos testimonios luego serían avalados por una serie de estudios en los que se probó que el castillo de Elizabeth Bathory, acaso luego de su reclusión, fue modificado en algunos sectores con muros deslizantes y ventanas que cambiaban su morfología, permitiéndole a la condesa sangrienta salir de los aposentos que le servían de prisión.
Los rumores crecieron cuando un grupo de actores y extras, gitanos y zíngaros en su mayoría, declaró haber visto la silueta fantasmagórica de una mujer flotando sobre las frías losas de los pasillos, con el rostro lívido y una boca descoyuntada que parecía anunciar los horrores más negros del infierno.
No existen documentos fotográficos ni fílmicos de aquel suceso paranormal. Sólo nos queda el rostro tétrico de Max Schreck, actor que interpretó al conde Orlock en la película, quien, según se cree, basó su gestualidad de ultratumba en la visión de aquel innombrable espectro.
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lunes, mayo 7
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Azael y la caída de los ángeles.
Artículo escrito por Milos de Azaola.
Según el Libro de Enoch, Azael es un demonio atractivo y seductor, que en tiempos remotos "convivía con las hijas del hombre". En sus orígenes, fue uno de los líderes de los ángeles que se rebelaron contra Dios. Según cuenta el mito, al principio había diez órdenes de ángeles, pero la mayoría de los del décimo orden se convirtieron en ángeles caídos, y sólo quedaron nueve órdenes de ángeles leales a Dios. Los ángeles del décimo orden, bajo el mando de Azael y Shemyaza, eran llamados Grigori (los Vigilantes o los que no duermen), y eran los más próximos a los humanos… hasta tal punto que se mezclaron con ellos, enseñándoles las artes de la civilización y enamorándose de las hijas de Adán. Los Vigilantes se unieron a las mujeres mortales, "llevando el pecado a la tierra" y engendrando una raza bastarda de gigantes conocida como los Nefilim.
Azael enseñó a los hombres los fundamentos de la alquimia y la metalurgia, y a las mujeres las artes mágicas y cómo emplear cosméticos y perfumes para seducir a los hombres. A causa de esta sublevación angélica y "perversión de los hombres", Dios desencadenó el famoso Diluvio y arrojó a los ángeles rebeldes a las tinieblas eternas. Se dice que ahora Azael está encadenado en las Montañas de la Oscuridad, esperando el Juicio Final. Aunque otras versiones del mito nos aseguran que continúa libre, fuerte y muy activo, haciendo de las suyas… Esta es una historia que me recuerda poderosamente al mito de Prometeo. Los paralelismos son evidentes: Prometeo es encadenado por Zeus, y Azael es encadenado por Yahvé, en ambos casos por rebelarse contra el supuesto Dios Supremo e instruir a la humanidad, regalándoles el fuego o la metalurgia.
Cuando pasó a ser un ángel caído, a Azael empezó a conocérsele con el nombre más popular de Azazel, y se le consideró el jefe de los Se’irim, demonios con forma de cabra que habitaban en el desierto y a los que las tribus primitivas semitas ofrecían sacrificios. El Antiguo Testamento señala que el rey Jeroboam designó sacerdotes para estos sátiros, si bien el rey Josías destruyó posteriormente todos sus lugares de culto y prohibió sus prácticas de adoración que incluían copulación de mujeres con cabras. Pero estas prácticas debieron de continuar en la clandestinidad, pues siglos después volvemos a encontrarnos con ellas en los aquelarres brujeriles, presididos siempre por un demonio con patas de cabra, cuernos y demás… que es como se suele representar a Azazel. De hecho, algunos estudiosos sostienen falsamente que el nombre de Azazel significa chivo expiatorio, por los rasgos zoomorfos que se le atribuyen. Pero en realidad el nombre de este ángel significa en hebreo al que Dios fortalece, o también la fuerza de Dios. Y ustedes tal vez se pregunten: ¿qué hace un ángel caído con semejante nombre?
Para responder bien a esta cuestión tenemos que remontarnos al principio y hacernos otra pregunta: ¿por qué se rebelaron Aza(z)el y sus ángeles contra Dios? Esta es la pregunta del millón, pero la explicación que suelen dar los cristianos no suele ser demasiado convincente; de hecho, suena a información dudosa de segunda o tercera mano. En cambio, los herejes por excelencia, los gnósticos, nos dan la clave de este enigma antediluviano en algunos de sus textos. En mi opinión, su versión es mucho más convincente:
Según los gnósticos, al principio de los tiempos Dios se fecundó a sí mismo, dividiéndose y dando a luz a su parte femenina, la diosa Sofía. Sofía creó el Mundo Celestial y tuvo numerosos hijos: los ángeles. Se convirtió en la amante de sus hijos, y tuvo más hijos con ellos, que a su vez también se convirtieron en sus amantes… ¡y así hasta el infinito! (Sí, el incesto era corriente en los cielos; todo eso de que los ángeles no tienen sexo es un invento de la Iglesia bastante reciente). Los ángeles, a su vez, crearon el Mundo Material, siguiendo las instrucciones de Sofía. Los más amados por ella llegaron a ser seducidos hasta la obsesión por los secretos de la unión sexual, pero la Diosa se cansó pronto de esta búsqueda sensual y volvió a su fascinación original por el Padre, olvidándose de su función original, que era crear más ángeles. Rechazados sexualmente, despechados y celosos de Dios, muchos ángeles se rebelaron, convirtiéndose en demonios. Esos ángeles rebeldes estaban liderados por Satanael, en su día el ángel más amado por Sofía, que usurpó su poder. Hubo una guerra en el cielo entre los ángeles leales a Sofía y los ángeles rebeldes que apoyaban a Satanael. Ganaron los rebeldes, que convirtieron a Satanael en el nuevo Dios. Satanael hizo prisionera a Sofía en el mundo inferior y la forzó, convirtiéndose con este acto abominable en Satán...
A continuación Satán, en su ridícula pretensión de ser más grande que la diosa, intentó crear vida sin su ayuda, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles, pues la vida sólo puede surgir de la unión de fuerzas femeninas y fuerzas masculinas. Satán, así, sólo consiguió modelar cuerpos sin vida, y se vio obligado a esclavizar las almas de otros seres ya existentes para aprisionarlas en esos cuerpos imperfectos. Esos seres fueron los dos ángeles más hermosos de los cielos: Adán y Eva, los padres de la humanidad... Por tanto nosotros, sus descendientes, somos todos ángeles caídos, de ahí que añoremos el mundo celestial, soñando con una vaga Edad de Oro. En efecto, según los gnósticos, Satán sería el Yahvé del Antiguo Testamento, idea que horroriza a la Iglesia porque pone patas arriba los orígenes del cristianismo (a uno le da por pensar que esta historia podría explicar a la perfección la esquizofrenia espiritual que padece el hombre moderno...).
¿Qué tiene que ver Azael con todo esto?, se preguntarán. Muy fácil: Azael no fue un testigo pasivo de todos estos hechos, sino que se rebeló contra el despotismo del falso Dios, desencadenando una segunda fase de la Guerra Celestial tan importante como la primera, al oponerse al aprisionamiento de Adán y Eva en cuerpos imperfectos (esto también lo recogen varios textos cabalísticos, no sólo los gnósticos). Por atreverse a protestar, Azael y los suyos fueron desterrados por Satán al mundo inferior, donde no tardaron en mezclarse con los hijos de Caín...
Pero el verdadero crimen de Azael, aquel que le condujo a la ruina, se dio una vez en tierra, al revelarle a los primeros hombres los secretos del cielo, es decir, al instruirles sobre la inmortalidad del alma, recordándoles su origen celestial con el fin de liberarles del yugo de Satán. Fue por esta condición de maestro de la humanidad que ilumina a sus pupilos, por lo que Azael se ganó su popular apelativo de Lucifer, que en latín significa el portador de luz. Si Lucifer se llama así es porque lucha contra las tinieblas, representadas por Satán, no porque sea el dichoso Príncipe de las Tinieblas. Sólo los cristianos, en su ignorancia, se atreven a confundir a Lucifer con Satán, cuando en realidad son figuras antagónicas.
Por supuesto, fueron estas actividades subversivas las que no sentaron nada bien al falso Dios, que quería que la humanidad siguiera sumida en la ignorancia para hacer con ella lo que se le antojase. Si Yahvé/Satán mandó castigar a Azael y sus ángeles, fue porque vio amenazado su poder en la Tierra; el conocimiento siempre ha sido considerado muy peligroso. Ya ven, este fue el imperdonable crimen de Lucifer... ya se sabe que la historia la (re)escriben los vencedores.
¿Pero hasta qué punto fue vencido Azael…? ¿Sigue encadenado en las Montañas de La Oscuridad o campa a sus anchas por el mundo? ¿Y su prole, los Nefilim, realmente murió ahogada en el Diluvio? ¿No hubo ningún superviviente?
Pues sí, al parecer los hubo. Según la leyenda, cuando Azael enseñó a los hijos de Caín los secretos del cielo, su compañera más querida fue la hermosa Noema (o Naamah), con la que tuvo un hijo, Aza (el Fuerte), el jefe de los Nefilim. Por cierto que Noema era la hermana del famoso Noé, y desde luego, no hubo sitio para ella en el Arca… pero curiosamente sobrevivió al Diluvio, convirtiéndose en “el ángel de la prostitución” (apelativo cariñoso que le dieron los inquisidores de épocas posteriores). Aza, por su parte, también tuvo sus encontronazos con Yahvé, pues también sobrevivió al Diluvio. Conoció al rey Salomón y le reveló los arcanos celestiales, convirtiéndole en el hombre más sabio de la tierra y ayudándole a levantar su famoso templo con la ayuda de sus demonios... Curiosamente, ciertos textos cabalistas también relacionan a Salomón con Noema y Lilith, a las que habría recibido en su corte disfrazadas de rameras.
Por supuesto, Aza no fue menos que su padre y también tuvo descendencia. En su novela Angelology, Danielle Trussoni fantasea sobre su progenie, hábilmente camuflada entre los humanos modernos. Lástima que lo que diga la escritora en sus páginas se halle sesgado por su educación católica. El cuadro que nos pinta de los Nefilim nos recuerda al de los vampiros clásicos, al describirnos a los hijos de Azazel como seres profundamente malvados que no entienden de moral.
Otro escritor, el ruso Boris Akunin, nos habla en su novela Azazel de una sociedad secreta que venera al ángel caído e intenta derribar el orden mundial para instaurar en su lugar una especie de anarquía. En sus páginas, la líder de la sociedad, una venerable anciana que acoge a niños huérfanos para instruirles, se defiende de sus crímenes con este discurso:
“-Azazel no es Satanás, sino el símbolo del gran salvador y civilizador de la humanidad. Dios creó el mundo y a los hombres, y luego los abandonó a su suerte. Pero los hombres eran tan ciegos y débiles que convirtieron este mundo divino en un infierno. (…) Azazel enseñó al hombre el sentimiento de la propia estima. Está escrito en el Libro de Enoch: Y con amor penetró en el alma de los hombres y les descubrió los secretos que sólo conocían en los Cielos. Fue él quien regaló el espejo a los hombres, o sea, la posibilidad de la memoria y de la comprensión del pasado. Gracias a Azazel, el hombre aprendió todos los oficios y a defender su hogar. Gracias a Azazel, la mujer, que hasta entonces sólo había sido una hembra, sumisa y fértil, se convirtió en una criatura con idénticos derechos y con la capacidad de elegir libremente ser hermosa o fea, madre o amazona, dedicar su vida a su familia o a toda la humanidad. Dios se había limitado a repartir las cartas a los hombres. Azazel nos enseñó a jugarlas para conseguir la victoria.”
Milos de Azaola
milosdeazaola@gmail.com
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Azael y la caída de los ángeles.
Artículo escrito por Milos de Azaola.
Según el Libro de Enoch, Azael es un demonio atractivo y seductor, que en tiempos remotos "convivía con las hijas del hombre". En sus orígenes, fue uno de los líderes de los ángeles que se rebelaron contra Dios. Según cuenta el mito, al principio había diez órdenes de ángeles, pero la mayoría de los del décimo orden se convirtieron en ángeles caídos, y sólo quedaron nueve órdenes de ángeles leales a Dios. Los ángeles del décimo orden, bajo el mando de Azael y Shemyaza, eran llamados Grigori (los Vigilantes o los que no duermen), y eran los más próximos a los humanos… hasta tal punto que se mezclaron con ellos, enseñándoles las artes de la civilización y enamorándose de las hijas de Adán. Los Vigilantes se unieron a las mujeres mortales, "llevando el pecado a la tierra" y engendrando una raza bastarda de gigantes conocida como los Nefilim.
Azael enseñó a los hombres los fundamentos de la alquimia y la metalurgia, y a las mujeres las artes mágicas y cómo emplear cosméticos y perfumes para seducir a los hombres. A causa de esta sublevación angélica y "perversión de los hombres", Dios desencadenó el famoso Diluvio y arrojó a los ángeles rebeldes a las tinieblas eternas. Se dice que ahora Azael está encadenado en las Montañas de la Oscuridad, esperando el Juicio Final. Aunque otras versiones del mito nos aseguran que continúa libre, fuerte y muy activo, haciendo de las suyas… Esta es una historia que me recuerda poderosamente al mito de Prometeo. Los paralelismos son evidentes: Prometeo es encadenado por Zeus, y Azael es encadenado por Yahvé, en ambos casos por rebelarse contra el supuesto Dios Supremo e instruir a la humanidad, regalándoles el fuego o la metalurgia.
Cuando pasó a ser un ángel caído, a Azael empezó a conocérsele con el nombre más popular de Azazel, y se le consideró el jefe de los Se’irim, demonios con forma de cabra que habitaban en el desierto y a los que las tribus primitivas semitas ofrecían sacrificios. El Antiguo Testamento señala que el rey Jeroboam designó sacerdotes para estos sátiros, si bien el rey Josías destruyó posteriormente todos sus lugares de culto y prohibió sus prácticas de adoración que incluían copulación de mujeres con cabras. Pero estas prácticas debieron de continuar en la clandestinidad, pues siglos después volvemos a encontrarnos con ellas en los aquelarres brujeriles, presididos siempre por un demonio con patas de cabra, cuernos y demás… que es como se suele representar a Azazel. De hecho, algunos estudiosos sostienen falsamente que el nombre de Azazel significa chivo expiatorio, por los rasgos zoomorfos que se le atribuyen. Pero en realidad el nombre de este ángel significa en hebreo al que Dios fortalece, o también la fuerza de Dios. Y ustedes tal vez se pregunten: ¿qué hace un ángel caído con semejante nombre?
Para responder bien a esta cuestión tenemos que remontarnos al principio y hacernos otra pregunta: ¿por qué se rebelaron Aza(z)el y sus ángeles contra Dios? Esta es la pregunta del millón, pero la explicación que suelen dar los cristianos no suele ser demasiado convincente; de hecho, suena a información dudosa de segunda o tercera mano. En cambio, los herejes por excelencia, los gnósticos, nos dan la clave de este enigma antediluviano en algunos de sus textos. En mi opinión, su versión es mucho más convincente:
Según los gnósticos, al principio de los tiempos Dios se fecundó a sí mismo, dividiéndose y dando a luz a su parte femenina, la diosa Sofía. Sofía creó el Mundo Celestial y tuvo numerosos hijos: los ángeles. Se convirtió en la amante de sus hijos, y tuvo más hijos con ellos, que a su vez también se convirtieron en sus amantes… ¡y así hasta el infinito! (Sí, el incesto era corriente en los cielos; todo eso de que los ángeles no tienen sexo es un invento de la Iglesia bastante reciente). Los ángeles, a su vez, crearon el Mundo Material, siguiendo las instrucciones de Sofía. Los más amados por ella llegaron a ser seducidos hasta la obsesión por los secretos de la unión sexual, pero la Diosa se cansó pronto de esta búsqueda sensual y volvió a su fascinación original por el Padre, olvidándose de su función original, que era crear más ángeles. Rechazados sexualmente, despechados y celosos de Dios, muchos ángeles se rebelaron, convirtiéndose en demonios. Esos ángeles rebeldes estaban liderados por Satanael, en su día el ángel más amado por Sofía, que usurpó su poder. Hubo una guerra en el cielo entre los ángeles leales a Sofía y los ángeles rebeldes que apoyaban a Satanael. Ganaron los rebeldes, que convirtieron a Satanael en el nuevo Dios. Satanael hizo prisionera a Sofía en el mundo inferior y la forzó, convirtiéndose con este acto abominable en Satán...
A continuación Satán, en su ridícula pretensión de ser más grande que la diosa, intentó crear vida sin su ayuda, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles, pues la vida sólo puede surgir de la unión de fuerzas femeninas y fuerzas masculinas. Satán, así, sólo consiguió modelar cuerpos sin vida, y se vio obligado a esclavizar las almas de otros seres ya existentes para aprisionarlas en esos cuerpos imperfectos. Esos seres fueron los dos ángeles más hermosos de los cielos: Adán y Eva, los padres de la humanidad... Por tanto nosotros, sus descendientes, somos todos ángeles caídos, de ahí que añoremos el mundo celestial, soñando con una vaga Edad de Oro. En efecto, según los gnósticos, Satán sería el Yahvé del Antiguo Testamento, idea que horroriza a la Iglesia porque pone patas arriba los orígenes del cristianismo (a uno le da por pensar que esta historia podría explicar a la perfección la esquizofrenia espiritual que padece el hombre moderno...).
¿Qué tiene que ver Azael con todo esto?, se preguntarán. Muy fácil: Azael no fue un testigo pasivo de todos estos hechos, sino que se rebeló contra el despotismo del falso Dios, desencadenando una segunda fase de la Guerra Celestial tan importante como la primera, al oponerse al aprisionamiento de Adán y Eva en cuerpos imperfectos (esto también lo recogen varios textos cabalísticos, no sólo los gnósticos). Por atreverse a protestar, Azael y los suyos fueron desterrados por Satán al mundo inferior, donde no tardaron en mezclarse con los hijos de Caín...
Pero el verdadero crimen de Azael, aquel que le condujo a la ruina, se dio una vez en tierra, al revelarle a los primeros hombres los secretos del cielo, es decir, al instruirles sobre la inmortalidad del alma, recordándoles su origen celestial con el fin de liberarles del yugo de Satán. Fue por esta condición de maestro de la humanidad que ilumina a sus pupilos, por lo que Azael se ganó su popular apelativo de Lucifer, que en latín significa el portador de luz. Si Lucifer se llama así es porque lucha contra las tinieblas, representadas por Satán, no porque sea el dichoso Príncipe de las Tinieblas. Sólo los cristianos, en su ignorancia, se atreven a confundir a Lucifer con Satán, cuando en realidad son figuras antagónicas.
Por supuesto, fueron estas actividades subversivas las que no sentaron nada bien al falso Dios, que quería que la humanidad siguiera sumida en la ignorancia para hacer con ella lo que se le antojase. Si Yahvé/Satán mandó castigar a Azael y sus ángeles, fue porque vio amenazado su poder en la Tierra; el conocimiento siempre ha sido considerado muy peligroso. Ya ven, este fue el imperdonable crimen de Lucifer... ya se sabe que la historia la (re)escriben los vencedores.
¿Pero hasta qué punto fue vencido Azael…? ¿Sigue encadenado en las Montañas de La Oscuridad o campa a sus anchas por el mundo? ¿Y su prole, los Nefilim, realmente murió ahogada en el Diluvio? ¿No hubo ningún superviviente?
Pues sí, al parecer los hubo. Según la leyenda, cuando Azael enseñó a los hijos de Caín los secretos del cielo, su compañera más querida fue la hermosa Noema (o Naamah), con la que tuvo un hijo, Aza (el Fuerte), el jefe de los Nefilim. Por cierto que Noema era la hermana del famoso Noé, y desde luego, no hubo sitio para ella en el Arca… pero curiosamente sobrevivió al Diluvio, convirtiéndose en “el ángel de la prostitución” (apelativo cariñoso que le dieron los inquisidores de épocas posteriores). Aza, por su parte, también tuvo sus encontronazos con Yahvé, pues también sobrevivió al Diluvio. Conoció al rey Salomón y le reveló los arcanos celestiales, convirtiéndole en el hombre más sabio de la tierra y ayudándole a levantar su famoso templo con la ayuda de sus demonios... Curiosamente, ciertos textos cabalistas también relacionan a Salomón con Noema y Lilith, a las que habría recibido en su corte disfrazadas de rameras.
Por supuesto, Aza no fue menos que su padre y también tuvo descendencia. En su novela Angelology, Danielle Trussoni fantasea sobre su progenie, hábilmente camuflada entre los humanos modernos. Lástima que lo que diga la escritora en sus páginas se halle sesgado por su educación católica. El cuadro que nos pinta de los Nefilim nos recuerda al de los vampiros clásicos, al describirnos a los hijos de Azazel como seres profundamente malvados que no entienden de moral.
Otro escritor, el ruso Boris Akunin, nos habla en su novela Azazel de una sociedad secreta que venera al ángel caído e intenta derribar el orden mundial para instaurar en su lugar una especie de anarquía. En sus páginas, la líder de la sociedad, una venerable anciana que acoge a niños huérfanos para instruirles, se defiende de sus crímenes con este discurso:
“-Azazel no es Satanás, sino el símbolo del gran salvador y civilizador de la humanidad. Dios creó el mundo y a los hombres, y luego los abandonó a su suerte. Pero los hombres eran tan ciegos y débiles que convirtieron este mundo divino en un infierno. (…) Azazel enseñó al hombre el sentimiento de la propia estima. Está escrito en el Libro de Enoch: Y con amor penetró en el alma de los hombres y les descubrió los secretos que sólo conocían en los Cielos. Fue él quien regaló el espejo a los hombres, o sea, la posibilidad de la memoria y de la comprensión del pasado. Gracias a Azazel, el hombre aprendió todos los oficios y a defender su hogar. Gracias a Azazel, la mujer, que hasta entonces sólo había sido una hembra, sumisa y fértil, se convirtió en una criatura con idénticos derechos y con la capacidad de elegir libremente ser hermosa o fea, madre o amazona, dedicar su vida a su familia o a toda la humanidad. Dios se había limitado a repartir las cartas a los hombres. Azazel nos enseñó a jugarlas para conseguir la victoria.”
Milos de Azaola
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La amante del demonio.
The Demon Lover, Elizabeth Bowen (1899-1973)
Hacia el ocaso del día que había pasado en Londres, la señora Drover se dirigió hacia su casa, que tenía cerrada, para recoger algunas cosas quedeseaba llevarse. Unas eran de su propiedad, otras de su familia, que ahora vivía en el campo. Era un día de finales de agosto, pesado y nuboso; en aquel momento, los árboles del paseo relucían iluminados por un amarillento sol de atardecer húmedo. Por entre las nubes bajas, cargadas de tormenta, asomaban retazos de chimeneas y parapetos. En su calle familiar reinaba una atmósfera irreal. Un gato jugueteaba por aquellos lugares, pero ninguna mirada humana observaba el regreso dela señora Drover. Colocándose algunos paquetes bajo el brazo, introdujo con lentitud la llave en una cerradura poco dispuesta a recibirla y, tras darle una vuelta, empujó la puerta con un golpe de rodilla. Un hálito muerto salió a su encuentro, mientras la mujer penetraba en el interior.La ventana de la escalera estaba cerrada, por lo que el vestíbulo se hallaba a oscuras. Pero una puerta permanecía entreabierta.
La señora Drover la cruzó y penetró en ella, abriendo la ventana. Era una mujer prosaica, pero entonces, al mirar a su alrededor, quedó más perpleja delo que estimaba ser capaz tras las huellas de su larga experiencia de la vida, viendo la mancha amarillenta sobre la repisa de mármol de la chimenea, el anillo olvidado dentro de un vaso encima del escritorio, la rasgadura en el papel que cubría la pared donde siempre golpeaba el pomo cada vez que la puerta se abría bruscamente. El piano, trasladado a un almacén, dejó unas señales parecidas a arañazos sobre el parquet. Aunque no había mucho polvo, cada objeto estaba cubierto por una ligera película. Y como que la única ventilación procedía de la chimenea, el salón entero había adquirido un olor peculiar. La señora Drover dejó sus paquetes encima del escritorio y salió de la habitación para dirigirse al piso alto. Los objetos que había ido a buscar se guardaban en un arcón del dormitorio. Estaba ansiosa por ver en qué estado se encontraba la casa, pues el portero que se cuidaba de ella, junto con otras de la vecindad, estaba de vacaciones, y sabía que ella no iba a volver. Aun en el mejor de los casos no vigilaría mucho, y la mujer no estaba muy segura de fiarse de él. Había algunas resquebrajaduras en las paredes, producidas por el último bombardeo, y deseaba echarles un vistazo, aunque no pudiera hacer nada.
Un rayo de luz se filtraba por una rendija y cruzaba el vestíbulo. Se detuvo sorprendida ante la mesa del vestíbulo: había una carta paraella. Pensó primero que el vigilante habría regresado. Pero aun así, ¿a quiénse le ocurriría echar una carta en el buzón, viendo que la casa estaba cerrada? No era un circular, ni una factura. Y en la oficina de Correos no enviaban al campo las cartas que se recibían destinadas a ella. El vigilante (aun cuando estuviera de regreso), no podía saber que ella pasaría en Londres aquel día —su visita tenía el propósito de la sorpresa—, por lo que su negligencia en lo referente a aquella carta, abandonada nada allí, en medio del polvo, la anonadaba. Sorprendida, tomó la carta, que no tenía sello. Tal vez no era importante, o si no... Tomó la carta y subió rápidamente escaleras arriba sin echarle siquiera una mirada, hasta que llegó a la que había sido su habitación, donde encendió la luz. Daba a los jardines, donde el sol se había ocultado. Las nubes se arremolinaban alrededor de los árboles y el césped, sumidos casi en la oscuridad. Su aversión a mirar otra vez la carta, nacía del hecho de quela atemorizaba el que alguien desdeñara sus costumbres. No obstante, en la tensión que precede a la lluvia, la leyó; contenía unas pocas líneas:
«Querida Kathleen:»No habrás olvidado que hoy es nuestro aniversario, y el día que acordamos. Los años han pasado lenta y rápidamente. En vista de que nada ha cambiado, tengo confianza en que habrás mantenido tu promesa. Me apenó el hecho de que dejaras Londres, pero me satisfacía saber que estarás de vuelta a tiempo. Debes esperarme, por tanto, a la hora convenida. Hasta entonces, "K."
La señora Drover miró la fecha: era de aquel día. Dejó la carta sobre la cama, y luego la volvió a coger para leerla nuevamente. Sus labios, bajolas huellas del lápiz labial, empezaron a ponerse blancos. Se dio cuenta del cambio que experimentaba su propio rostro, y acudió al espejo, le pasó la mano para quitarle el polvo que lo cubría, y se miró furtivamente. El espejo le devolvió la imagen de una mujer de cuarenta y cuatro años, de mirada sorprendida bajo el borde del sombrero caído hacia adelante. No se había empolvado desde que salió de la tienda donde tomó sola el té. Las perlas que su marido le regaló el día de su boda, colgaban alrededor de su flaco cuello, ocultándose dentro del escote en forma de V de su jersey de lana rosa, tejido por su hermana mientras todos se reunían alrededor del fuego.
La opresión normal de la señora Drover era de impaciencia controlada, pero de asentimiento. Desde el nacimiento del tercero de sus hijos, atacada por una enfermedad grave, tenía un tic muscular intermitente en la comisura izquierda de su boca, pero a pesar de ello, podía sostener una expresión que era, a la vez, enérgica y tranquila. Volviéndose de espaldas a su propia imagen, de un modo tan precipitado como el empleado para buscarla, se dirigió al arcón donde se hallaban sus cosas, abrió la cerradura, levantó la tapa y se puso de rodillas para revolverlo. Cuando empezó a descargar el aguacero, nopudo contener una fugaz mirada por encima de su hombro hacia lacama, donde estaba la carta. Tras la cortina de agua, la campana de la iglesia, que todavía se mantenía en pie, desgranó seis campanadas, mientras la mujer, con temor creciente, contaba cada uno de los lentos toques.
-La hora convenida... ¡Dios mío! —dijo para sí—. ¿Qué hora? ¿Cómo iba a pensar...? Después de veinticinco años...»
La jovencita que hablaba con el soldado en el jardín no había visto su rostro por entero. La oscuridad era absoluta, y ellos se despedían bajoun árbol. Ahora y entonces —le parecía como si al no verle en aquellos momentos intensos jamás le hubiera visto— se daba cuenta de su presencia, por los breves instantes en los que él le apretaba la mano con fuerza, contra los botones de su uniforme hasta hacerle daño. El corte del botón en la palma de su mano sería su único recuerdo. Estaba tan cerca el fin de su licencia, en que vino de Francia, que ella sólo deseaba que se hubiera ido. Fue en agosto de 1916. Kathleen se apartóun poco y miró intimidada a los ojos del soldado, creyendo ver resplandores espectrales en sus ojos. Volviéndose, y mirando por encima del césped, vio a través de las ramas de los árboles, la ventana del salón iluminada: contuvo el aliento, al pensar que podría volver corriendo a los brazos cariñosos de su madre y su hermana, y llorar.
-¿Qué será de mí? ¿Qué será de mí? Se ha marchado.
Dándose cuenta de que contenía el aliento, el soldado le dijo:
—¿Tienes frío?—Te marchas tan lejos...—No tan lejos como crees.—No te comprendo.—No tienes por qué hacerlo —dijo—. Ya comprenderás cuando sea el momento. Acuérdate de lo que convinimos.—Pero aquello fueron suposiciones.—Estaré contigo —insistió el soldado—. Más tarde o más temprano. No lo olvides. Lo único que tienes que hacer es esperar. Sólo un minuto más y sería libre de correr por el prado silencioso.
Mirando a través de la ventana a su madre y a su hermana, para las queera invisible, comprendió de repente que aquella extraña promesa la apartaba del resto de la especie humana. Ninguna otra cosa hubiera podido hacerla sentirse tan desamparada, tan perdida. No podía haber empeñado un pacto más siniestro. Kathleen lo resistió muy bien cuando algunos meses más tarde dieron por muerto a su prometido. Su familia no sólo la apoyó sino que incluso fue capaz de alabar su valor sin límites. No podían lamentar la pérdida de alguien de quien tan poco sabían. Esperaban que, al cabo de uno o dos años, ella misma se consolaría; si únicamente se hubiera tratado deconsuelo, las cosas habrían marchado mucho mejor. Pero no fue un simple disgusto; su pena era algo completamente anormal. No tuvo que rechazar a nuevos pretendientes, porque éstos no aparecieron. Durante años no tuvo ningún atractivo para los hombres hasta que, al aproximarse a la treintena, sus reacciones se hicieron más naturales, hasta el punto de tranquilizar la ansiedad de su familia.
Empezó a sobreponerse, y a los treinta y dos años se sintió gratamente aliviada, alverse cortejada por William Drover. Se casó con él y ambos se establecieron en una parte tranquila de Kensington. En aquella casa pasaron los años, nacieron sus hijos y vivieron hasta llegar los bombardeos de la siguiente guerra. Sus movimientos como esposa de Drover eran limitados y desechó la idea de que alguien la estaba espiando.Tal como estaban las cosas, vivo o muerto, el autor de la carta sólo pretendía amenazarla. Cansada de permanecer de rodillas y con la espalda expuesta a la habitación vacía, la señora Drover se apartó del arcón para sentarse a una silla, cuyo respaldo estaba firmemente apoyado en la pared. La placidez de su antigua habitación, la atmósfera tranquilizadora de su hogar de casada en Londres, todo se había evaporado; el encanto había sido roto por el autor de aquella carta.
La casa vacía sellaba aquella noche, años y años de voces, costumbres ypasos. A través de las cerradas ventanas oía solamente el rumor de la lluvia sobre los tejados de los alrededores. Para tranquilizarse, se dijo que había sufrido una alucinación. Durante algunos segundos cerró los ojos, pensando que la carta era una broma de su imaginación. Pero alabrirlos, la carta seguía encima de la cama. Su mente no lograba desentrañar el sentido de la aparición sobrenatural de la carta. ¿Quién sabía en Londres que iba a ir a la casa precisamente hoy? El caso era, evidentemente, que alguien se había enterado. Aun cuando el vigilante estuviera de vuelta, no tenía razón alguna para esperarla; al contrario, se hubiera guardado la carta en el bolsillo para llevarla luego al correo. Por otra parte, no existía ninguna señal de que el vigilante hubiera vuelto. Y las cartas que se echan por debajo de las puertas de las casas desiertas, no vuelan solas hacia las mesas de los vestíbulos. No se quedan encima del polvo de las mesas vacías, como si estuvieran seguras de que alguien las va a encontrar. Era precisa una mano humana para ello, y nadie, excepto el vigilante, poseía la llave. Tal vez era posible que ya no estuviese sola. Alguien debía estarle esperando al pie de las escaleras.
Esperando, ¿hasta cuándo? Hasta la «hora convenida». Al menos no era las seis la hora convenida, pues habían sonado ya. Se levantó de la silla y fue a cerrar la puerta. El problema era marcharse. ¿Volando? No, eso no: tenía que tomar el tren. Como mujer, cuya total responsabilidad constituía la clave de su vida familiar, no podía regresar al campo junto a su marido, sus hijos y su hermana, sin los objetos que había ido a buscar. Hizo rápidamente algunos paquetes con las cosas que deseaba llevarse. Pero todos ellos, junto con los de sus compras, abultaban mucho, lo que significaba que debería tomar un taxi. La idea del taxi la tranquilizó un poco, y su respiración se hizo normal.
«Llamaré ahora a un taxi, no tardará en llegar. Le esperaré, oiré el ruido del motor y bajaré tranquilamente hasta el vestíbulo. Voy a llamar. Pero no, la línea telefónica está cortada...»
Tiró de un nudo que había atado mal. Volar...«Jamás fue cariñoso conmigo en realidad. No le recuerdo así. Mamá decía que no me consideraba. Amar es considerar a la persona amada. ¿Y qué hizo él? ¿Sólo hacerme prometer aquello? No puedo recordar qué.» Pero se dio cuenta de que sí podía recordar. Recordaba con tan terrible agudeza, que los veinticinco años trascurridos parecían disolverse como humo. Instintivamente miró la señal que quedó marcada en la palma de su mano. No recordaba únicamente todo lo que dijo e hizo, sino la completa suspensión de su existencia durante aquella semana de agosto.
«No era yo misma, me decían todos entonces.»
Recordaba, pero en sus recuerdos había un espacio en blanco, como si sobre una fotografía hubiese caído una gota de ácido: le resultaba imposible recordar el rostro de él.
«Dondequiera que esté esperándome, no le reconoceré. ¿Y quién puede echar a correr, frente a un rostro que no conoce?»
Tenía que coger el taxi antes de que sonara cualquier hora. Iría calle abajo, hacia la plaza en la que desembocaba la calle principal. Volvería asalvo con el taxi a su propia casa y pediría al chófer que la acompañara a recoger los paquetes. La idea del chófer la hizo tomar una decisión audaz. Dejó abierta la puerta, y desde el rellano de la escalera, escuchó atentamente. No oyó nada, pero mientras estaba allí, una ligera corriente de aire atravesó el rellano y le acarició el rostro. Procedía de la planta baja; allá abajo alguien había abierto una puerta o una ventana, alguien que había elegido aquel instante para abandonar la casa.
La lluvia cesó. El empedrado estaba reluciente cuando la señora Drover atravesó la puerta principal de su casa y salía a la calle desierta. Las casas vacías de enfrente seguían mirándola con sus ojos resquebrajados. Se apresuró calle abajo, intentando no mirar hacia atrás. Pero el silencio era tan intenso —un silencio profundo en el Londres herido por la guerra—, que otros pasos, en pos de los suyos, serían claramente perceptibles. Al desembocar la calle en la plaza, donde la gente seguía vivienda empezó a tener conciencia de sí misma, y reprimió su paso forzado. En el extremo de la plaza, dos autobuses se cruzaron impasibles, mujeres, un viajante, ciclistas, un hombre empujando un carro: otra vez el fluir ordinario de la vida. En el rincón más populoso de la plaza debía estar —y estaba— la parada de taxis. Aquella noche había sólo un taxi, pero parecía esperarla.
Sin mirar a suespalda, el chófer puso en marcha el motor, mientras ella se disponía a abrir la portezuela. Cuando la señora Drover entró en el taxi, dieron las siete en algún reloj. El taxi se encaminó a la calle principal; para dirigirse hacia su casa tenía que haber dado la vuelta. La mujer buscó apoyo en el respaldo del asiento, y el taxi había dado la vuelta antes de que ella, sorprendida por aquel movimiento, se hubiera dado cuenta deque no había dicho «adonde iba». Se inclinó hacia adelante, para golpear el panel de vidrio que separaba la cabeza del chófer de la suya propia. El chofer frenó, hasta que detuvo casi el coche, se volvió e hizo bajar el panel de separación: la sacudida hizo que la señora Drover cayera hacia adelante, hasta casi tocar el cristal con el rostro. A través de la abertura, conductor y pasajero, separados solamente por unos centímetros de distancia, permanecieron durante una eternidad, con los ojos clavados el uno en el otro. La boca de la señora Drover quedó abierta unos segundos, antes de que pudiera articular el primer grito.
Después siguió gritando desesperadamente, golpeando el cristal con sus manos enguantadas mientras el taxi, que aceleró su marcha sin contemplaciones, se internaba con ella por las desiertas calles.
Elizabeth Bowen (1899-1973)
http://elespejogotico.blogspot.com
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Los perros de Tindalos.
The hounds of Tindalos, Frank Belknap Long.
Me alegro de que hayas venido -dijo Chalmers.
Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular. Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.
-Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee -dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo.
En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno. Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
-Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.
-Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy -repuse, con un leve gesto de impaciencia.
-No -contestó-. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
-¿Y qué me dice usted de Einstein? -pregunté.
-¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes!
- murmuró con respeto-. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
-Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
-¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.
-Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
-Amigo mío -murmuró-, acabas de hacer un juego de palabras verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de... intuición?
-Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted...
-Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a los sabios orientales y acaso así consiguiera...
-¿Consiguiera qué?
-Conocer la cuarta dimensión.
-¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
-Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.
-No comprendo qué quiere usted decir.
-El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.
-Creo que empiezo a comprender -murmuré.
-Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.
-¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
-Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver -sus ojos lanzaron extraños destellos-. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.
Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.
-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.
-Fantasías -comenté.
-Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
-¿Y cuál será mi misión?
-Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.
-Chalmers -dije-, este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
-Para mí no es desconocida -repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel -me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas- y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy seguro de mi éxito, pero, si lo tengo -sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor-, ¡el tiempo ya no existirá para mí!
De pronto, se sentó.
-Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo superior de la chaqueta.
-¿Y has traído algo donde escribir, Frank?
De mala gana saqué una agenda.
-Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento -gruñó-. Va a correr usted un peligro terrible.
-¡No seas niño! -agitó un dedo ante mí-. Estoy decidido a hacerlo a pesar de todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en silencio mientras medito sobre estos diagramas.
Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho. De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó. Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.
-El reloj se ha parado -murmuró-. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi experimento. El
tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no me extravíe!
Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.
-Comienzan las tinieblas -murmuró-. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.
Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas.
-Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.
Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
-¡Dios mío! -exclamó-. Veo.
Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.
-¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?
-¡De ninguna manera! -aulló-. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: "¡Ave César!". Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!
…Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo, arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus revelaciones son como sal en una herida sangrante. Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente. Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas. Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.
…Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas. Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre…
Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:
-Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere usted que intervenga?
Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente espantosa. Pero dijo trabajosamente:
-¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver... lo que hay... aún más allá...
Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
-Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.
En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.
-¡Me han olido! -lanzó un alarido-. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!
Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo. En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.
-¡Chalmers! -grité-. ¡Chalmers, basta ya! Basta
ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.
-¡Chalmers! -murmuré-. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le puede suceder. ¿Comprende?
A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china. Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.
-Whisky -murmuró-. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el cajón superior de la izquierda.
Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le pusieron azules.
-Casi me cogen -dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.
-Esa droga -dije- es el diablo en persona.
-No era la droga -gimió.
Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo desaliento.
-Me han olido a través del tiempo -susurró-. He llegado demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.
-¡No hay palabras para describirlos! -murmuró roncamente-. Han sido vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.
Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
-¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto...
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
-Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!
-Chalmers -intenté razonar-, ¡estamos en el tercer decenio del siglo XX!
Pero él siguió ululando:
-¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!
-Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
-Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante. Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo instante huí a través de millones de siglos. Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo. Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.
Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
-Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar. Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en buen sanatorio y verá qué bien le sienta.
Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de alegría que me hizo llorar.
II.
Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a sollozar, decidí acceder a su petición.
-De acuerdo -dije-, ahora mismo voy y le llevo la escayola.
De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí diez kilos de escayola.
Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un aspecto absolutamente desolado.
-¡Aún podemos salvarnos! -exclamó-. Pero tenemos que actuar rápidamente. Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y ve a buscar también un cubo de agua.
-¿Para qué? -murmuré atónito.
Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
-¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! -gritó, fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un peligro... ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
-¿A quiénes? -pregunté.
-¡A los Perros de Tíndalos! -exclamó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos.
¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!
Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.
-Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan -dijo Chalmers cuando hubimos dado fin a la tarea-. Al darse cuenta de que el olor que siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos, frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior al tiempo y más allá del espacio.
Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
-Te agradezco mucho que hayas venido.
-¿Sigue usted sin querer ver a un médico? -rogué.
-Quizá mañana -repuso-. Ahora tengo que vigilar y esperar.
-¿Esperar qué? -apremié.
Chalmers sonrió débilmente.
-Tú crees que estoy loco -dijo-; me doy cuenta perfectamente. Eres inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.
Me levanté y me fui hacia la puerta.
-Perdona -exclamó-. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia, pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea consciente de tus limitaciones.
-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé las escaleras de dos en dos-. «Ahora sí que le envío a mi médico -me iba diciendo a mí mismo-. Está loco de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien inmediatamente de él.»
III.
Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de julio de 1928:
TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD
A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las hubiere.
ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central Square. Un misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin Chalmers. A las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo. Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en Brooklyn (Nueva York).
A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por dicha zona del rellano. Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina. Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo, teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana sin mirar atrás.
Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco, reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas y mutiladas. No había ni rastro de sangre. La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.
Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan ayudarles a pasar.
También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas...»
En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había garrapateado lo siguiente:
«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de Einstein. ¿Voy a Romper! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo de las esquinas de la pared sus lenguas…
A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante, cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.
IV.
Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:
Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió para su estudio es la
más extraña que he analizado en mi vida. Presenta ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este descubrimiento para la ciencia?
V.
Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio», original del fallecido Halpin Chalmers:
…¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas, más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él cara a cara.
Frank Belknap Long.
http://elespejogotico.blogspot.com
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