jueves, mayo 3
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Fabula, una asesina insaciable.
(De la implacable venganza de una Pornoi)
En Esparta se contaba la historia de un ateniense atrofiado: ciego, sordo, mudo y con la nariz prolijamente rebanada, capaz de detectar la presencia de una prostituta a varios kilómetros de distancia; habilidad que lo llevó, eventualmente, a una muerte atroz.
Quizás haya algo de cierto en esta historia, a pesar de que Esparta no conoció la prostitución, ya que la única moneda que se forjaba allí era de hierro sólido, y no tenía valor fuera de los muros de la ciudad. En Atenas, por el contrario, la prostitución floreció de mil formas; y una de ellas (aunque podrían ser varias) involucra a este hombre contrahecho y a una asesina serial que turbó los corazones de todos los atenienses licenciosos.
Las Pornoi ("vendidas") eran esclavas que, por suerte o determinación, escapaban de su destino como bienes personales, y se arrojaban a las calles de Atenas para dedicarse al único oficio potable para una joven soltera y sin familia. Allí era reclutadas por los pornoboskós, los antiguos proxenetas, literalmente "Pastores de vendidas", quienes les asignaban un sitio particular en la ciudad o los burdeles, siempre que la muchacha en cuestión fuese lo suficientemente agraciada.
El poeta Eubulo señala con ironía que las Pornoi utilizaban un maquillaje indiscreto, hecho con jugo de moras que colocaban abundantemente en sus mejillas. Estas damas debían pagar un impuesto de alrededor de 108 dracmas anuales, y algunas de ellas lograban amasar fortunas considerables. Una de estas mujeres fue Fabula, acaso la única asesina serial de la Antigua Grecia.
Fabula fue esclava, es decir, una Pornoi. Con el tiempo aprendió a leer y a escribir, cosa notable teniendo en cuenta que vivía en cautiverio. Se dice que su primera víctima fue su dueño, al que aniquiló luego de una maratón sexual que resultó demasiado para el corazón del anciano.
Proscrita, Fabula fue recogida por un grupo de Heteras, es decir, prostitutas de alto nivel económico y cultural, quienes completaron su educación y le enseñaron a pulir el ancestral arte de la seducción. Muy pronto, la belleza impactante de Fabula creció de un modo extraordinario, y el rencor secreto que albergaba por los hombres creció en igual proporción.
Incapaz de olvidar los maltratos del pasado, Fabula se dedicó a asesinar hombres, pero no a cualquier clase de hombre, sino a "ciudadanos", esto es, hombres libres, casados o viudos, que adquirían esclavas para satisfacer sus instintos más sórdidos.
Fabula aniquilaba a sus víctimas del siguiente modo. Primero atraía la atención de un caballero en la calle, luego hacía que este lo siga a sus habitaciones. Una vez allí, lo arrojaba sobre el lecho y se ubicaba encima, como una diosa descomunal que danza al ritmo de tambores olímpicos. Tanto el rostro como el cuerpo de Fabula eran tan extraordinarios -así lo jura el historiador Jenofonte- que su belleza reducía a la nada a otras prostitutas célebres de la época, como Aspacia, la despampanante escort de Pericles.
En la cima del paroxismo, Fabula cerraba sus poderosas piernas sobre los flancos de su víctima, impidiéndole respirar con comodidad, y acto seguido desgarraba sus cuellos con sus propias uñas, esculpidas especialmente para tal propósito.
Los cuerpos de los infaustos eran ocultados por otras Pornoi, que secretamente financiaban la venganza de Fabula; y las Heteras, por su lado, colaboraban ofreciéndole una nueva habitación luego de cada carnicería.
Algunos hablan de decenas de víctimas, otros de centenares. Lo cierto es que nadie sabe hasta dónde llegó la venganza de Fabula. Sólo sabemos que tras su muerte fue secretamente adorada por las prostitutas de Atenas, convirtiendo su nombre en un epíteto de la libertad femenina y el abuso de poder de los hombres.
Se dice también que los hábitos predatorios de Fabula quedaron marcados para siempre en las sandalias de todas las prostitutas atenienses. Para dar cuenta de su condición ante potenciales clientes, las prostitutas grababan la suela de sus sandalias para que dejasen la siguiente marca en el suelo: ΑΚΟΛΟΥΘΙ, que significa "Sígueme", la misma orden con la que Fabula encantaba a sus víctimas para llevarlos a la penumbra de su cubil, hecho de sedas y oscuros recuerdos, y la misma que acató aquel hombre deforme, que con sus pies descalzos leyó su destino en el polvo.
Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com
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Cleopatra: la gesta erótica de una felatriz prodigiosa.
Pocas mujeres pueden reclamar el derecho de haber sido importantes en la geopolítica de su tiempo, y, en paralelo, haber sido igualmente destacables en el amor.
Cleopatra Filopator Nea Thea, más conocida como Cleopatra, es un caso paradigmático de esta combinación. Fué la última reina de la dinastía Ptolemaica del Antiguo Egipto, a veces llamada dinastía Lágida, cuyos orígenes se remontan a Ptolomeo I, general de Alejandro Magno.
Semejante árbol genealógico no impidió que Cleopatra, además de integrar el panteón de grandes reyes de la antigüedad, se ubique como una de las amantes más prodigiosas de todos los tiempos. Ella fue, sin dudas, una de las más conspicuas y maravillosas felatrices de la historia.
Su fama como amante y experta en los placeres orales le ganaron el apodo de Merichane, La boca de los diez mil hombres; epíteto que llenaba de asombro y lujuria a los griegos que tenían noticias de sus gestas amorosas, entre ellas, la de practicarle sexo oral a cien generales romanos en una sola noche.
Plutarco nos brinda una idea de los encantos de Cleopatra:
Se pretende que su belleza no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en la voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje.
Y luego agrega, como si lo anterior fuese poco claro:
Platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil.
Son muchos los que le atribuyen a Cleopatra una belleza extraordinaria, sin embargo, todo parece indicar que su verdadero encanto yacía en su personalidad. Fácticamente, Cleopatra hablaba siete lenguas distintas e innumerables dialectos; era lúcida, sarcástica, y manejaba el arte de la diplomacia con una sutileza notable, como queda testimoniado en su manejo de la crisis con Pompeyo y la decisión de devaluar la moneda egipcia para favorecer las exportaciones. Se rodeaba constantemente de intelectuales y artistas, y cada intervención suya daba cuenta de una profunda y vasta erudición.
Dejando de lado los aspectos políticos de su personalidad, el historiador Herodoto se introduce jugosamente en la faceta amorosa de Cleopatra. Según anota este chismoso, Cleopatra convocó a los cien generales romanos que residían en Egipto a una fiesta exclusiva, que pronto se reveló como un ritual sexual de proporciones faraónicas.
Así lo detalla Herodoto:
Cada uno de los generales, luego de ser agasajados oralmente por la anfitriona, depositaron sus jugos seminales en un gran caliz de oro, que después fue bebido por la soberana.
Una mujer de semejantes aptitudes para el amor necesitaba de un caballero poco convencional. Gaius Iulios Caesar, aka: Julio César, el gran caudillo romano de su tiempo y amante de Cleopatra, no sólo no se inquietaba por las aventuras de su dama, sino que las atesoraba como anécdotas dignas de alabanzas.
Hay que decir que César no sólo se sentía atraído por Cleopatra, sino que la amaba sinceramente.
Esta unión física y sentimental entre Cleopatra y César -sin contar a los cien generales- tuvo frutos benignos para la reina. Algunas facciones disconformes ensayaron una sublevación contra Cleopatra, pero los romanos la reprimieron con una eficacia brutal. Como recompensa, Cleopatra organizó la primera orgía náutica de la que se tiene noticia. Se lanzó al Nilo una embarcación lujosa, en la que no faltaron los excesos carnales y etílicos. Tanto César como sus generales pasaron tres semanas deliciosas navegando en un éxtasis de lujuria y pasión, alimentados constantemente por Cleopatra y sus doncellas, seleccionadas no sólo por sus aptitudes intelectuales sino por demostrar una predisposición sobrenatural para el amor.
Pero una atmósfera semejante no estaba destinada a perdurar. Los deberes de César lo reclamaban en Roma, y a pesar de haber demorado su partida finalmente abandonó Egipto con tristeza. Detrás de él Cleopatra asumió el trono en soledad, embarazada del caudillo, fruto que a finales de ese año sería bautizado como Cesarión.
Cuando César termina de aplastar a los partidarios de Pompeyo, regresa victorioso a Roma. Desde allí convoca a Cleopatra, que arriba a Roma a bordo de una impresionante nave egipcia escoltada por seis bajeles romanos. César la aloja en un selecto palacio a orillas del Tíber. Allí se celebran tertulias memorables, que dejan constancia de las capacidades amatorias de Cleopatra. Como si esto fuese poco, César ordena esculpir una estatua monumental de Cleopatra, que finalmente será colocada junto a la de Venus Afrodita, la diosa del amor.
Las fiestas se sucedieron, las celebraciones se hicieron más y más decadentes, y la opinión pública comenzó a ver en Cleopatra una enviada del inframundo, alguien con poderes sexuales implacables que nublaban la razón del tirano. Rechazando la sugerencia del senado, Cleopatra permanece en Roma, agasajada por un grupo cada vez más reducido de alcahuetes. Durante este período de excesos en el año 41 a.C., Cleopatra conoce a un enigmático general de César llamado Marco Antonio.
El destontento general iba en aumento. Algunos sectores de la sociedad romana creían que César buscaba convertirse en emperador. La ignominia de montar la escultura de Cleopatra en el templo de Venus dejó indignados a los sacerdotes de la diosa, y juraron vengarse.
Uno de los sacerdotes de Venus más influyentes se puso en contacto con Casio, quien convenció a Marco Junio Bruto -según algunos historiadores, hijo ilegítimo de César- para que ponga fin a la vida del tirano. En pocos días César es asesinado en el senado por sicarios de Casio y Bruto.
Marco Antonio, nuevo amante de Cleopatra, estaba casado con Octavia, hermana del flemático Octaviano, emprendió una expedición a Oriente para combatir con los Partos, y luego huyó a Egipto con Cleopatra, donde establecieron una monarquía independiente, reconociendo a Cesarión como regente en funciones junto a su madre. La ruptura con la familia de Octaviano precipitó la guerra. En el 31 a.C. los egipcios caen en la batalla naval Accio, y Marco Antonio se suicida clavándose un puñal en el vientre. Poco después, Cleopatra sigue el mismo camino al someterse voluntariamente a la picadura de un áspid.
Para una mujer como Cleopatra, esto era lo único que podía hacerse; ya que la alternativa era vivir para ver a su pueblo, y a sí misma, esclavos de Roma.
Habrá quien conjeture que nuestro enunciado limita la personalidad de Cleopatra al de una felatriz oficiosa. Nada más lejos de nuestras intenciones. Cleopatra misma veía en la felación un acto de unión perfecta, espiritual, absoluta, por la cual el hombre deposita su confianza en los labios y la lengua de la mujer, mientras ella lo satisface alimentándose del goce que provoca.
Lo cierto es que la figura de Cleopatra excede todas las clasificaciones. Ningún epíteto la abarca en su totalidad y complejidad. Sus prodigios eróticos son apenas una faceta, un matiz, de una personalidad demasiado gigantesca como para seccionarla en aptitudes secundarias.
Como dato final diremos que noventa de aquellos cien generales bendecidos por los labios de Cleopatra abandonaron por completo el sexo, convencidos de que habían experimentado un atisbo del aquel placer infinito reservado únicamente a los dioses.
Lord Aelfwine
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miércoles, marzo 14
Conversación con el diablo.
Entretien avec le diable, Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)
Parece difícil, a la vista del nivel actual de nuestra civilización, representarse al Diablo de forma diferente a un monstruo negro, con ojos de brasa y pies hendidos, que disimula sus cuernos de macho cabrío bajo un sombrero rojo y su cola peluda en los calzones. Sin embargo, determinadas tribus supersticiosas del centro de África que, si se concede crédito a los relatos de los misioneros, lo veneran casi tanto como nosotros, le atribuyen un color blanco. Por lo que respecta a los partidarios de la secta de Sinto, en el Japón, están persuadidos de que este personaje adopta la forma del zorro y, curiosa coincidencia, los insulares de las islas Maldivas le sacrifican gallos y pollos. A decir verdad, todas esas opiniones son igualmente falsas. El Diablo no es sino un pobre hombre, de aspecto insignificante. Se parece a un profesor de la enseñanza libre tanto como a un empleado de obras públicas. Se le desearía incluso un aspeco más digno, al menos acorde con las tendencias políticas de las últimas generaciones.
La primera vez que me encontré con él, fue en París y a toda ley. Él bebía un café solo sobre un mostrador de un bar del muelle de la Tournelle, hacia las once de la noche. Estábamos los dos algo bebidos. Recuerdo, no obstante, que el fonógrafo del establecimiento tocaba en aquel preciso momento «El despertar del negro» al banjo. El Demonio me propuso en un primer momento una partida de ese juego de azar, derivado del zanzíbar, vulgarmente conocido como «ano» porque sólo cuentan los ases. La rechacé, conocedor de la grotesca fama que este juego tiene en numerosos círculos y casinos de la zona costera. Entonces me propuso muy educadamente que le hiciera compañía por el muelle hasta que sonara la primera campanada de medianoche, instante en el que Él retoma su servicio. Dimos algunos pasos en silencio. Luego, como era de prever, Él intentó ejercer sobre mí distintos tipos de seducción, con el objetivo de apropiarse de mi alma inmortal a poca costa.
—¿Quiere hacerse invisible? —insinuó en voz baja con el tono que los parisinos adoptan habitualmente para venderle tarjetas transparentes a los ingleses en el atrio de Notre-Dame—. Pues bien: póngase bajo el brazo el corazón de un murciélago, el de una gallina negra, o mejor aún, el de una rana de quince meses. Pero es más eficaz robar un gato negro, comprar un puchero nuevo, un espejo, un encendedor, una piedra de ágata, carbón y yesca...
Yo no estaba de humor como para permitir que me siguiera recitando el Petit-Albert o Las Clavículas de Salomón, obras pasadas de moda cuya lectura abandoné hace ya mucho tiempo.
—Creo —repliqué— que en nuestra época de progresos sociales y económicos, su ciencia lleva algo de retraso. La señorita Irma (¿no fue ella mi primera amante cuando leía el futuro en los posos del café no lejos de la estación Réamur-Sébastopol del metropolitano?) sabía tanto como usted sobre esta cuestión. Valiéndose de una simple mesa giratoria de caoba chapeada, hasta me procuró una conversación particular con el general Boulanger. En aquellos momentos yo deseaba librarme del servicio militar.
—Mi arte es eterno, hijo mío —prosiguió el Diablo— y sus preceptos son siempre útiles. Pero me doy cuenta de que, aunque escéptico y viciado por el espíritu del siglo, usted posee bastante instrucción. Con mucho gusto lo incluiría en el número de los intelectuales.
Estas palabras, que me adularon, me indujeron a pensar que mi compañero buscaba en esta ocasión atraerme hacia el pecado de soberbia.
—Si tiene interés en que sigamos siendo amigos —le dije finalmente— no intente utilizar astucias conmigo. ¿Quiere mi alma? Muy bien, se la cederé en lo que vale. Pero deje de darme con el codo cada vez que nos cruzamos por el acerado con una de esas impuras criaturas que la miseria ha reducido a formar parte de su clientela. Sólo le pediré a cambio de lo que desea de mí, una cosa: que me distraiga. ¿Sabe una cosa, Diablo? me aburro tanto como un hombre puede hacerlo sobre este planeta. Como suele decirse, estoy hastiado. Los crímenes pasionales de nuestros grandes diarios ya no me interesan; además los asesinos terminan todos por ser atrapados; la manilla, los cientos o el juego de la rana carecen de misterio para mí. Los beneficios de la gimnasia sueca o el resultado del gran premio de ciclismo ya no bastan para satisfacer mis aspiraciones de ideal. Quisiera que usted me ofreciera un espectáculo capaz de procurarme entusiasmo durante sólo diez minutos. Mire, por ejemplo, haga surgir por detrás de la Halle-au-Vin una aurora boreal. Desencadene algún cataclismo inédito, haga sonar solas las campanas de Notre-Dame o elevarse hacia el cielo como una flecha la torre Eiffel. Deje en libertad a las dos jirafas del Jardín de Plantas, luego despierte a los muertos del cementerio del Père-Lachaise y condúzcalos en orden, por rango de edad y distinción, a través de los bulevares hasta la Concordia. Déle por lo menos un volcán a Montmartre y un geiser al estanque del Luxemburgo. Si hace usted eso renuncio para siempre a mi parte de vida eterna en el seno de Abraham. ¡Algo imprevisto, algo imprevisto! ¡Por falta de algo imprevisto perecemos todos desde que comenzó la era cuaternaria!
—Hijo mío —me contestó entonces el Diablo con indulgencia— piense que en París y su extrarradio existen tres millones de habitantes. Si atendiera su deseo de hacer algo maravilloso, vería de inmediato que dos millones y medio de ellos se convertirían a diversas religiones (y supongo, que unas 500.000 personas de espíritu débil, se morirían de susto en el acto). En consecuencia, la pérdida que tendría que registrar a cambio de conseguir sólo su alma, aún teniéndolo todo en consideración, sería una adquisición bastante mediocre. Pero, puesto que me pone entre la espada y la pared, dése la vuelta y mire.
Mientras hablaba, el Diablo desapareció sin expandir, en contra de lo previsto, el menor olor a azufre. Obedecí su recomendación y el espectáculo que se ofreció a mi vista me dejó estupefacto. Había... había dos lunas en el cielo. Dos lunas, dos lunas iguales se erguían juntas en el horizonte. Era, hay que admitirlo, más de lo necesario para una noche de verano, ya de por sí bastante poética. Pensaba en el pretexto suficiente que me procuraría este acontecimiento sin precedentes para faltar a mi despacho a la mañana siguiente, cuando un pequeño detalle me llamó la atención: La primera de las dos lunas marcaba exactamente las doce de la noche. No era sino la esfera luminosa del reloj de la estación de Lyon... He aquí como, una noche de borrachera, vendí mi alma al diablo por un reloj...
Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)
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Entretien avec le diable, Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)
Parece difícil, a la vista del nivel actual de nuestra civilización, representarse al Diablo de forma diferente a un monstruo negro, con ojos de brasa y pies hendidos, que disimula sus cuernos de macho cabrío bajo un sombrero rojo y su cola peluda en los calzones. Sin embargo, determinadas tribus supersticiosas del centro de África que, si se concede crédito a los relatos de los misioneros, lo veneran casi tanto como nosotros, le atribuyen un color blanco. Por lo que respecta a los partidarios de la secta de Sinto, en el Japón, están persuadidos de que este personaje adopta la forma del zorro y, curiosa coincidencia, los insulares de las islas Maldivas le sacrifican gallos y pollos. A decir verdad, todas esas opiniones son igualmente falsas. El Diablo no es sino un pobre hombre, de aspecto insignificante. Se parece a un profesor de la enseñanza libre tanto como a un empleado de obras públicas. Se le desearía incluso un aspeco más digno, al menos acorde con las tendencias políticas de las últimas generaciones.
La primera vez que me encontré con él, fue en París y a toda ley. Él bebía un café solo sobre un mostrador de un bar del muelle de la Tournelle, hacia las once de la noche. Estábamos los dos algo bebidos. Recuerdo, no obstante, que el fonógrafo del establecimiento tocaba en aquel preciso momento «El despertar del negro» al banjo. El Demonio me propuso en un primer momento una partida de ese juego de azar, derivado del zanzíbar, vulgarmente conocido como «ano» porque sólo cuentan los ases. La rechacé, conocedor de la grotesca fama que este juego tiene en numerosos círculos y casinos de la zona costera. Entonces me propuso muy educadamente que le hiciera compañía por el muelle hasta que sonara la primera campanada de medianoche, instante en el que Él retoma su servicio. Dimos algunos pasos en silencio. Luego, como era de prever, Él intentó ejercer sobre mí distintos tipos de seducción, con el objetivo de apropiarse de mi alma inmortal a poca costa.
—¿Quiere hacerse invisible? —insinuó en voz baja con el tono que los parisinos adoptan habitualmente para venderle tarjetas transparentes a los ingleses en el atrio de Notre-Dame—. Pues bien: póngase bajo el brazo el corazón de un murciélago, el de una gallina negra, o mejor aún, el de una rana de quince meses. Pero es más eficaz robar un gato negro, comprar un puchero nuevo, un espejo, un encendedor, una piedra de ágata, carbón y yesca...
Yo no estaba de humor como para permitir que me siguiera recitando el Petit-Albert o Las Clavículas de Salomón, obras pasadas de moda cuya lectura abandoné hace ya mucho tiempo.
—Creo —repliqué— que en nuestra época de progresos sociales y económicos, su ciencia lleva algo de retraso. La señorita Irma (¿no fue ella mi primera amante cuando leía el futuro en los posos del café no lejos de la estación Réamur-Sébastopol del metropolitano?) sabía tanto como usted sobre esta cuestión. Valiéndose de una simple mesa giratoria de caoba chapeada, hasta me procuró una conversación particular con el general Boulanger. En aquellos momentos yo deseaba librarme del servicio militar.
—Mi arte es eterno, hijo mío —prosiguió el Diablo— y sus preceptos son siempre útiles. Pero me doy cuenta de que, aunque escéptico y viciado por el espíritu del siglo, usted posee bastante instrucción. Con mucho gusto lo incluiría en el número de los intelectuales.
Estas palabras, que me adularon, me indujeron a pensar que mi compañero buscaba en esta ocasión atraerme hacia el pecado de soberbia.
—Si tiene interés en que sigamos siendo amigos —le dije finalmente— no intente utilizar astucias conmigo. ¿Quiere mi alma? Muy bien, se la cederé en lo que vale. Pero deje de darme con el codo cada vez que nos cruzamos por el acerado con una de esas impuras criaturas que la miseria ha reducido a formar parte de su clientela. Sólo le pediré a cambio de lo que desea de mí, una cosa: que me distraiga. ¿Sabe una cosa, Diablo? me aburro tanto como un hombre puede hacerlo sobre este planeta. Como suele decirse, estoy hastiado. Los crímenes pasionales de nuestros grandes diarios ya no me interesan; además los asesinos terminan todos por ser atrapados; la manilla, los cientos o el juego de la rana carecen de misterio para mí. Los beneficios de la gimnasia sueca o el resultado del gran premio de ciclismo ya no bastan para satisfacer mis aspiraciones de ideal. Quisiera que usted me ofreciera un espectáculo capaz de procurarme entusiasmo durante sólo diez minutos. Mire, por ejemplo, haga surgir por detrás de la Halle-au-Vin una aurora boreal. Desencadene algún cataclismo inédito, haga sonar solas las campanas de Notre-Dame o elevarse hacia el cielo como una flecha la torre Eiffel. Deje en libertad a las dos jirafas del Jardín de Plantas, luego despierte a los muertos del cementerio del Père-Lachaise y condúzcalos en orden, por rango de edad y distinción, a través de los bulevares hasta la Concordia. Déle por lo menos un volcán a Montmartre y un geiser al estanque del Luxemburgo. Si hace usted eso renuncio para siempre a mi parte de vida eterna en el seno de Abraham. ¡Algo imprevisto, algo imprevisto! ¡Por falta de algo imprevisto perecemos todos desde que comenzó la era cuaternaria!
—Hijo mío —me contestó entonces el Diablo con indulgencia— piense que en París y su extrarradio existen tres millones de habitantes. Si atendiera su deseo de hacer algo maravilloso, vería de inmediato que dos millones y medio de ellos se convertirían a diversas religiones (y supongo, que unas 500.000 personas de espíritu débil, se morirían de susto en el acto). En consecuencia, la pérdida que tendría que registrar a cambio de conseguir sólo su alma, aún teniéndolo todo en consideración, sería una adquisición bastante mediocre. Pero, puesto que me pone entre la espada y la pared, dése la vuelta y mire.
Mientras hablaba, el Diablo desapareció sin expandir, en contra de lo previsto, el menor olor a azufre. Obedecí su recomendación y el espectáculo que se ofreció a mi vista me dejó estupefacto. Había... había dos lunas en el cielo. Dos lunas, dos lunas iguales se erguían juntas en el horizonte. Era, hay que admitirlo, más de lo necesario para una noche de verano, ya de por sí bastante poética. Pensaba en el pretexto suficiente que me procuraría este acontecimiento sin precedentes para faltar a mi despacho a la mañana siguiente, cuando un pequeño detalle me llamó la atención: La primera de las dos lunas marcaba exactamente las doce de la noche. No era sino la esfera luminosa del reloj de la estación de Lyon... He aquí como, una noche de borrachera, vendí mi alma al diablo por un reloj...
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El Asesino de Cisnes.
Le Tueur de Cygnes; Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)
Le Tueur de Cygnes; Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)
Los cisnes comprenden los signos.
Victor Hugo, Les Misérables.
Victor Hugo, Les Misérables.
Al consultar los volúmenes de Historia Natural, nuestro ilustre amigo, el doctor Tribulat Bonhomet había terminado por aprender que el cisne canta bien antes de morir. Efectivamente, nos confesaba, desde que la había escuchado, sólo esa música le ayudaba a soportar las decepciones de la vida, y cualquier otra ya no le parecía sino una cencerrada, puro Wagner.
¿Cómo había conseguido esa alegría de aficionado? En los alrededores de la antiquísima ciudad fortificada en la que vive, el anciano había descubierto en un parque abandonado, a la sombra de grandes árboles, un viejo estanque sagrado, sobre el sombrío espejo del cual se deslizaban doce o quince aves; había estudiado meticulosamente los accesos, calculado las distancias, observado sobre todo al cisne negro, el vigilante, que dormía, perdido en un rayo de sol.
Éste, permanecía todas las noches con los ojos abiertos, con un guijarro en su pico rosa, y si la más mínima alarma le revelaba peligro para aquellos a quienes custodiaba, lanzaba bruscamente al agua el guijarro, en mitad del blanco círculo de los dormidos para despertarlos: al oír la señal, el grupo habría huído en medio de la oscuridad hacia avenidas profundas, hacia lejanos céspedes, hacia alguna fuente en la que se reflejaban grises estatuas, o hacia cualquier otro refugio conocido por su memoria. Y Bonhomet los había contemplado en silencio, sonriéndoles incluso. ¿No era, pues, con su último canto con el que, como perfecto diletante, soñaba regalarse muy pronto los oídos?
A veces, pues, cuando sonaban las doce de alguna otoñal noche sin luna, fastidiado por el insomnio, Bonhomet se levantaba de repente y se vestía para asistir al concierto que necesitaba volver a escuchar. Tras introducir sus piernas en descomunales botas de goma forradas que prolongaba, sin sutura, una ancha levita impermeable. El huesudo y gigantesco doctor introducía las manos en un par de guantes de acero blasonado provenientes de alguna armadura medieval (guantes que había conseguido al abonar treinta y ocho monedas -¡Una locura!- a un anticuario). Hecho esto, se ceñía su amplio sombrero, apagaba la vela, descendía y, con la llave de su casa en el bolsillo, se encaminaba, a la burguesa, hacia la linde del parque abandonado.
Enseguida, se introducía por oscuros senderos hacia el retiro de sus cantantes favoritos, hacia el estanque cuya agua poco profunda, y bien sondeada por todas partes, no le pasaba de la cintura. Y, bajo la bóveda de la arboleda ensordecía sus pasos al pisar ramas secas. Cuando llegaba al borde del estanque, lenta, muy lentamente, introducía una bota, luego la otra, y avanzaba dentro del agua con precauciones inauditas, tan inauditas que apenas se atrevía a respirar. Como el melómano ante la inminencia de la cavatina esperada. De tal manera que, para dar los veinte pasos que le separaban de sus queridos virtuosos, empleaba normalmente entre dos y dos horas y media, hasta tal extremo temía alarmar la sutil vigilancia del guardián negro.
El soplo del cielos sin estrellas agitaba las altas ramas en la oscuridad, pero Bonhomet, sin dejarse distraer por el misterioso susurro, seguía avanzando y tan bien que, hacia las tres de la madrugada, se encontraba, invisible, a medio paso del cisne negro, sin que éste hubiera percibido ni el más mínimo indicio de su presencia. Entonces, el buen doctor, sonriendo en la oscuridad, arañaba suave, muy suavemente, rozando apenas con la punta de su índice medieval, la superficie anulada del agua, delante del vigilante.
Y arañaba con tal suavidad que éste, aunque algo sorprendido, no juzgaba esta vaga alarma como de una importancia digna de lanzar el guijarro. El cisne escuchaba. A la larga, cuando su instinto se percataba vagamente de la idea de peligro, su corazón, ¡oh! su pobre corazón ingenuo se ponía a latir horriblemente, lo que llenaba de júbilo a Bonhomet. Y los bellos cisnes, uno tras otro, perturbados por ese ruido en lo profundo de su sueño, sacaban ondulosamente la cabeza de debajo de sus pálidas alas plateadas y bajo el peso de la sombra de Bonhomet, entraban poco a poco en un estado de angustia, percibiendo no se sabe qué confusa consciencia del mortal peligro que los amenazaba. Pero, en su infinita delicadeza, sufrían en silencio como el vigilante, al no poder huir puesto que el guijarro no había sido lanzado. Y todos los corazones de aquellos blancos exiliados se ponían a dar latidos de sorda agonía, inteligibles y claros para el oído maravillado del excelente doctor que sabía muy bien lo que moralmente les producía su cercanía y se deleitaba, en pruritos incomparables, con la terrorífica sensación que su inmovilidad les hacía padecer.
¡Qué dulce resulta estimular a los artistas! Se decía en voz baja. Tres cuartos de hora, más o menos, duraba este éxtasis que no habría cambiado por un reino. ¡De repente, un rayo de la Estrella de la Mañana, deslizándose entre las ramas, iluminaba de improviso a Bonhomet, así como las aguas negras y los cisnes con ojos repletos de sueños! El vigilante, aterrorizado por aquella visión, arrojaba el guijarro. ¡Demasiado tarde!
Con un grito horrible en el que parecía desenmascararse su sonrisa, Bonhomet se precipitaba, con las garras en alto y los brazos tendidos, hacia las filas de las aves sagradas. Y eran rápidos los apretones de los dedos de acero de aquel paladín moderno, y los puros cuellos de nieve de dos o tres cantantes eran atravesados o rotos antes de que se produjera el vuelo radiante de los demás pájaros-poetas. Entonces, olvidándose del buen doctor, el alma de los cisnes moribundos se exhalaba en un canto de inmortal esperanza, de liberación y de amor, hacia los Cielos desconocidos.
El racional doctor sonreía de este sentimentalismo del que, como serio conocedor, sólo se dignaba saborear una cosa: El Timbre. No apreciaba musicalmente nada más que la singular suavidad del timbre de aquellas simbólicas voces, que vocalizaban la Muerte como una melodía. Con los ojos cerrados, Bonhomet aspiraba en su corazón las vibraciones armoniosas, luego, tambaleándose, como en un espasmo, iba a dejarse caer en la orilla del estanque, se tendía sobre la hierba, se acostaba boca arriba, dentro de sus ropas cálidas e impermeables. Y allí, aquel Mecenas de nuestra era, perdido en un sopor voluptuoso, volvía a saborear el recuerdo del canto delicioso de sus queridos artistas.
Y, reabsorbiendo su comatoso éxtasis, rumiaba, a la burguesa, aquella exquisita impresión hasta el amanecer.
Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)
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domingo, febrero 5
El flautista de Hamelin, la verdadera historia.
Habiendo socavado quirúrgicamente las historias de Caperucita Roja, Hansel y Gretel y la Bella Durmiente, hoy nos dedicaremos a otro cuento folklórico conocido por todos, El flautista de Hamelin.
Antes de comenzar, repasaremos superficialmente la historia y a partir de allí construiremos nuestro análisis, acaso más superficial.
Resumen de El flautista de Hamelin:
Año 1284. La ciudad alemana de Hamelín se encuentra infestada de ratas. Cierto día, un viajero ofreció eliminar a las ratas a cambio de una recompensa. Los pobladores aceptaron, el viajero extrajo su flauta y comenzó a tocar una extraña melodía. Todas las ratas salieron de sus escondrijos y comenzaron a seguir al músico, que se dirigió al río Weser, donde las ratas se precipitaron a las aguas y murieron ahogadas.
Concluida su tarea, el flautista retorna a Hamelin a reclamar su recompensa, pero los pobladores, ya librados de las ratas, se negaron a abonarle sus servicios. El flautista, casi sin perturbarse, se retiró del pueblo con la promesa de volver.
Regresó un 26 de junio. Mientras los buenos cristianos de Hamelin estaban en la iglesia, el flautista volvió a entonar su instrumento, pero esta vez fueron todos los niños de Hamelin quienes lo siguieron, como presas de un encantamiento. Ciento treinta niños y niñas siguieron al músico, que los llevó hacia el interior de una cueva, y jamás se les volvió a ver por Hamelin.
Análisis de El flautista de Hamelin:
Los primeros en documentar la leyenda de El flautista de Hamelín fueron, cuando no, los Hermanos Grimm; bajo un título que excluye de plano las habilidades musicales del viajero: Der Rattenfänger von Hameln (El cazador de ratas de Hamelín). Más adelante, el poeta inglés Robert Browning escribiría un poema notable sobre esta leyenda, llamado The Pied Piper of Hamelin (El flautista de Hamelin).
El origen de la leyenda del Flautista de Hamelin, al igual que el de otros cuentos populares, es poco claro. Los estudiosos del folklore alemán señalan que el núcleo de la historia tiene que ver con la desaparición de los niños, y que el episodio de las ratas fue agregado mucho después, acaso para dejar una moraleja ante un hecho absurdo. Estos mismos sabios añaden que el rapto de los niños simboliza la expansión hacia el este de los pobladores de la Baja Germania entre los siglos XII y XV. En este sentido, los niños de Hamelín representarían a los jóvenes de la ciudad que se lanzaron a la conquista del este.
La primer mención sobre la leyenda del Flautista de Hamelin no proviene de la literatura, ni de la tradición oral, sino de un vitral del siglo XIII, ahora perdido, que narraba la historia de un músico que raptó a los niños de Hamelin y los introdujo en las entrañas de un monte.
Lo cierto es que no hay una interpretación única para la leyenda del Flautista de Hamelin. Algunos sugieren que, debido a una plaga o peste, muchos habitantes de Hamelin fueron exiliados fuera de los muros de la ciudad. Otros, que los jóvenes del pueblo se lanzaron en una peregrinación o expedición militar, y nunca regresaron a Hamelin. Esta última es la teoría más aceptada, ya que para esa época florecieron nuevos poblados al este de Hamelin. Además, recordemos que la palabra kinder, mencionada en numerosas ocasiones en el relato, no significa únicamente "niños", sino "niños del pueblo", es decir, jóvenes socialmente aptos para el trabajo y la guerra.
Lamentablemente, los folkloristas modernos rara vez salen de sus bibliotecas, hecho que les ha evitado conocer otras leyendas dentro de la leyenda principal.
Un tal Decan Lude (deformación de Diácono Ludwig) informó en 1384 sobre un misterioso libro que narraba un acontecimiento atroz en la ciudad de Hamelin. El libro se perdió a mediados del siglo XVII, pero uno de sus versos, acaso el más importante, se conserva en perfecto estado tallado sobre una roca del pueblo.
El poema dice lo siguiente (sepan disculpar la traducción apresurada)
Anno 1284 am dage Johannis et Pauli
war der 26 junii
Dorch einen piper mit allerlei farve bekledet
gewesen CXXX kinder verledet binnen Hamelen geboren
to calvarie bi den koppen verloren.
(En el año 1284, en el día de Juan y Pablo,
siendo el 26 de junio,
por un flautista vestido con muchos colores,
130 niños nacidos en Hamelin fueron encantados
y se perdieron en el calvario, cerca de las colinas.
Recordemos que el día en que el Flautista retorna a Hamelin para esgrimir su venganza es el 26 de junio, día de San Pedro y San Pablo, momento en que todos los mayores se encontraban en la iglesia.
Para dar cuenta de la profunda significancia de esta leyenda, y de una tragedia que probablemente fue real, en la ciudad de Hamelin, incluso hoy, está prohibido cantar o tocar música en la calle llamada Bungelosenstrasse, sitio donde el Flautista se ubicó para elaborar su entantamiento musical.
Como bien señala Jacob Grimm, algo sucedió en Hamelin, algo tan terrible y abominable que jamás pudo ser olvidado del todo, y que sobrevivió, como muchas tragedias, bajo la superficie de un cuento, en apariencia, infantil.
Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com
http://elespejogotico.blogspot.com
http://losotrosvampiros.blogspot.com
Habiendo socavado quirúrgicamente las historias de Caperucita Roja, Hansel y Gretel y la Bella Durmiente, hoy nos dedicaremos a otro cuento folklórico conocido por todos, El flautista de Hamelin.
Antes de comenzar, repasaremos superficialmente la historia y a partir de allí construiremos nuestro análisis, acaso más superficial.
Resumen de El flautista de Hamelin:
Año 1284. La ciudad alemana de Hamelín se encuentra infestada de ratas. Cierto día, un viajero ofreció eliminar a las ratas a cambio de una recompensa. Los pobladores aceptaron, el viajero extrajo su flauta y comenzó a tocar una extraña melodía. Todas las ratas salieron de sus escondrijos y comenzaron a seguir al músico, que se dirigió al río Weser, donde las ratas se precipitaron a las aguas y murieron ahogadas.
Concluida su tarea, el flautista retorna a Hamelin a reclamar su recompensa, pero los pobladores, ya librados de las ratas, se negaron a abonarle sus servicios. El flautista, casi sin perturbarse, se retiró del pueblo con la promesa de volver.
Regresó un 26 de junio. Mientras los buenos cristianos de Hamelin estaban en la iglesia, el flautista volvió a entonar su instrumento, pero esta vez fueron todos los niños de Hamelin quienes lo siguieron, como presas de un encantamiento. Ciento treinta niños y niñas siguieron al músico, que los llevó hacia el interior de una cueva, y jamás se les volvió a ver por Hamelin.
Análisis de El flautista de Hamelin:
Los primeros en documentar la leyenda de El flautista de Hamelín fueron, cuando no, los Hermanos Grimm; bajo un título que excluye de plano las habilidades musicales del viajero: Der Rattenfänger von Hameln (El cazador de ratas de Hamelín). Más adelante, el poeta inglés Robert Browning escribiría un poema notable sobre esta leyenda, llamado The Pied Piper of Hamelin (El flautista de Hamelin).
El origen de la leyenda del Flautista de Hamelin, al igual que el de otros cuentos populares, es poco claro. Los estudiosos del folklore alemán señalan que el núcleo de la historia tiene que ver con la desaparición de los niños, y que el episodio de las ratas fue agregado mucho después, acaso para dejar una moraleja ante un hecho absurdo. Estos mismos sabios añaden que el rapto de los niños simboliza la expansión hacia el este de los pobladores de la Baja Germania entre los siglos XII y XV. En este sentido, los niños de Hamelín representarían a los jóvenes de la ciudad que se lanzaron a la conquista del este.
La primer mención sobre la leyenda del Flautista de Hamelin no proviene de la literatura, ni de la tradición oral, sino de un vitral del siglo XIII, ahora perdido, que narraba la historia de un músico que raptó a los niños de Hamelin y los introdujo en las entrañas de un monte.
Lo cierto es que no hay una interpretación única para la leyenda del Flautista de Hamelin. Algunos sugieren que, debido a una plaga o peste, muchos habitantes de Hamelin fueron exiliados fuera de los muros de la ciudad. Otros, que los jóvenes del pueblo se lanzaron en una peregrinación o expedición militar, y nunca regresaron a Hamelin. Esta última es la teoría más aceptada, ya que para esa época florecieron nuevos poblados al este de Hamelin. Además, recordemos que la palabra kinder, mencionada en numerosas ocasiones en el relato, no significa únicamente "niños", sino "niños del pueblo", es decir, jóvenes socialmente aptos para el trabajo y la guerra.
Lamentablemente, los folkloristas modernos rara vez salen de sus bibliotecas, hecho que les ha evitado conocer otras leyendas dentro de la leyenda principal.
Un tal Decan Lude (deformación de Diácono Ludwig) informó en 1384 sobre un misterioso libro que narraba un acontecimiento atroz en la ciudad de Hamelin. El libro se perdió a mediados del siglo XVII, pero uno de sus versos, acaso el más importante, se conserva en perfecto estado tallado sobre una roca del pueblo.
El poema dice lo siguiente (sepan disculpar la traducción apresurada)
Anno 1284 am dage Johannis et Pauli
war der 26 junii
Dorch einen piper mit allerlei farve bekledet
gewesen CXXX kinder verledet binnen Hamelen geboren
to calvarie bi den koppen verloren.
(En el año 1284, en el día de Juan y Pablo,
siendo el 26 de junio,
por un flautista vestido con muchos colores,
130 niños nacidos en Hamelin fueron encantados
y se perdieron en el calvario, cerca de las colinas.
Recordemos que el día en que el Flautista retorna a Hamelin para esgrimir su venganza es el 26 de junio, día de San Pedro y San Pablo, momento en que todos los mayores se encontraban en la iglesia.
Para dar cuenta de la profunda significancia de esta leyenda, y de una tragedia que probablemente fue real, en la ciudad de Hamelin, incluso hoy, está prohibido cantar o tocar música en la calle llamada Bungelosenstrasse, sitio donde el Flautista se ubicó para elaborar su entantamiento musical.
Como bien señala Jacob Grimm, algo sucedió en Hamelin, algo tan terrible y abominable que jamás pudo ser olvidado del todo, y que sobrevivió, como muchas tragedias, bajo la superficie de un cuento, en apariencia, infantil.
Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com
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Caperucita Roja: la verdadera historia.
De todos los cuentos populares de que nos ha legado la Edad Media, y aún más atrás, el de Caperucita Roja es que ha sufrido las mutilaciones más severas de parte de comentadores, recopiladores y, por supuesto, el gélido y abstruso Walt Disney.
El cuento, hasta la escena en donde el lobo se viste con las ropas de la abuela, es más o menos el mismo que conocían los niños medievales. Las diferencias se dan a partir de este punto. Pero primero repasemos un poco de historia.
El primer recopilador en rescatar el cuento de Caperucita Roja fue Charles Perrault, que lo incluyó en su antología de historias populares en 1697. Al contrario de lo que sucede con otros cuentos tradicionales, como La Bella Durmiente o Hansel y Gretel, Caperucita Roja no era un cuento muy extendido en Europa. Es más, se lo conocía en un ámbito bastante cerrado, que iba desde el norte de los Alpes a la región de Loira. En 1812 los hermanos Grimm reescribieron la historia, especialmente el final, y ésa es la versión que se conoce hoy en día; una versión, dicho sea de paso, muy diferente de la Caperucita Roja real.
No resulta asombroso que los hermanos Grimm hayan modificado el relato original, lo extraño es que para ello se hayan basado en una oscura obra de Ludwig Tieck llamada: Vida y muerte de la pequeña Caperucita Roja (Leben und Tod des kleinen Rotkäppchen); tragedia que incluye la presencia del leñador, ausente en el cuento popular.
Tal vez para no ahuyentar a los temerosos padres de inicios del siglo XIX, los hermanos Grimm eliminaron de cuajo todos los elementos eróticos del cuento y plantaron un final feliz, además de barrer con todo lo que no sostenga la pureza e inocencia de Caperucita. El resumen: el final del cuento en la versión de Jabob y Wilhelm Grimm se salvan absolutamente todos, salvo el lobo, claro; cuyas tripas son abiertas por el hábil leñador, devolviendo a la abuela a su rutina diaria.
Vayamos a un análisis del cuento.
Según la clasificación de Aarne-Thompson sobre cuentos folklóricos, Caperucita Roja entra en la categoría 333, esto es, cuentos que presentan un oponente sobrenatural. Es importante que borremos de nuestra mente la idea de que los cuentos populares servían como advertencia a los niños sobre los peligros del bosque, para eso bastaba una buena reprimenda. Los relatos folklóricos tienen otra función, mucho más importante para los pueblos de lo que los pueblos han sabido comprender. Según lo vemos hoy en día, el protagonista de Caperucita Roja es, claramente, Caperucita Roja, pero esto no es así. El error, si cabe llamarlo así, es a la insistencia de Disney por lograr la empatía de los niños con la historia. Escencialmente, Caperucita Roja es un personaje importante, un disparador por el cual se sucede la verdadera tragedia, pero de ningún modo es el único. Incluso hay versiones muy antiguas en las que se la menciona de paso, como aquel cuento tradicional de Italia llamado La finta nona, es decir, La falsa abuela, en cuyo caso la joven Caperucita es un elemento casi decorativo.
La verdadera historia de Caperucita Roja sostiene dos elementos centrales:
1) El tabú del canibalismo.
2) El rescoldo de la vieja religión nórdica.
Caperucita Roja, Rotkäppchen, Little Red Cap, Le Petit Chaperon Rouge, Little Red Riding Hood, son variables de este disparador. Si tuviésemos acceso a alguna extravagante máquina del tiempo, y pudiésemos atestiguar de primera mano la narración de Caperucita Roja, oiríamos un cuento completamente diferente al que conocemos. Allí, el lobo engulliría a la anciana, tal como hoy, pero dejaría sobre la mesa un jugoso banquete hecho con la carne y la sangre de la abuela, que la inocente Caperucita devoraría vorazmente, acaso intuyendo su origen ilícito. Luego, vestido con las ropas de la occisa, y tras de un diálogo con muchísimas variantes, el lobo pasaría de degustar la carne temblorosa de Caperucita; momento en el que un cazador, que oye los gritos desgarradores de la joven, ingresa en la estancia, mata al lobo y le abre el estómado con un cuchillo, devolviendo a la joven al mundo de los vivos.
Ahora bien, este morir y renacer de Caperucita Roja nos habla sobre algo muy antiguo en la raza humana: el rito de iniciación.
Caperucita en el bosque, en la casa y en el estómago del lobo, son símbolos de las tres fases de la iniciación a la adultez; por el cual una niña abandona su casa -madre, comunidad, civilización-, recorre un terreno salvaje -el bosque-, se enfrenta con lo más siniestro del corazón humano -canibalismo, antropofagia-, y derrota al peor de los enemigos en el vientre del lobo -la muerte-.
Pero además de señalar estos tópicos arquetípicos, Caperucita Roja también simboliza el despertar de la sexualidad. Su vestimenta roja atestigua los inicios de la madurez sexual, y el lobo, antropomorfizado para suavizar los efectos devastadores de este tránsito, es, quizás, un símbolo del sexo salvaje, de la sexualidad en estado primitivo, mientras que el cazador, en cambio, representa el sexo dentro de la civilización, es decir, dentro de un matrimonio funcional a la sociedad; cuyo fin último es procrear, y no la liberación ociosa de los instintos.
Estas interpretaciones psicológicas y antropológicas son rigurosamente ciertas, pero detrás de Caperucita Roja se esconde un motivo acaso más trascendental, y que excede las consideraciones regionales sobre el sexo y la adultez. Si volviésemos a montarnos en aquella imaginaria máquina del tiempo, y retrocediésemos aún más, dejando atrás la Edad Media, veríamos que la historia de Caperucita Roja conserva elementos de la religión nórdica, disimulados pero perfectamente reconocibles para el estudioso -y amante- de la mitología nórdica.
La transición en el vientre de un animal es un motivo clásico. Lo vemos incluso en la historia bíblica de Jonás y la ballena. El vientre es, como hemos dicho, un ámbito de transición, pero doblemente simbólico, ya que todos provenimos de un vientre y hacia allí iremos -la tumba, vientre del mundo-. Ser tragado por un animal es un regreso a la vida intrauterina, vida perfecta e idealizada, pero con un sentido nuevo, alegórico, quizás, por el cual este nuevo vientre nutre un despertar completamente distinto. La vida en el vientre salvaje nos propone un estado latente, por el cual el individuo emergerá cambiado. Ya no será el mismo, así como Caperucita Roja, que emerge del vientre del lobo convertida en mujer.
En la narración norsa de Þrymskviða vemos que el gigante Þrym se roba el martillo de Thor, llamado Mjolnir, por cuyo rescate pide la mano de la diosa Freyja (cuyo nombre se conserva en la palabra viernes Friday, o Freyja's day). Thor, escandalizado, urde una estratagema: se viste con el traje nupcial de Freyja y engaña al gigante. El diálogo entre Thor y Þryms es textualmente idéntico al de Caperucita con el lobo, lo cual arroja una luz difusa sobre la verdadera identidad genital de la muchacha.
Yendo aún más atrás, atravesando las oscuras mareas del tiempo, podríamos decir que el cuento de Caperucita Roja conserva, además, elementos del mito solar. La abuela representa el ocaso, la luz moribunda del crepúsculo devorada por la oscuridad de la noche -el lobo-, y la joven simboliza la luz del alba, que emerge del vientre lobuno como el sol que desgarra los velos de la noche. Mitológicamente hablando, el lobo sería nada menos que Skoll, aquel lobo descomunal de la tradición norsa, cuyo destino es devorar al sol en la batalla del Ragnarok, o bien Fenrir, ese lobo con fauces de hierro que cae en el apocalipsis bajo el martillo implacable de Thor.
Es curioso como la mitología se diluye en la tradición popular, se pierde y renace bajo una nueva concepción. Un lobo gigantesco se torna en licántropo mezquino, el Dios del Martillo, rápido para la cólera y la amistad, se vuelve un cazador furtivo en los bosques de Francia, y el mundo nuevo, regenerado, libre del acoso de demonios y gigantes del hielo, muta en las delicadas y ambiguas formas de una muchacha, que, como la luz rojiza del alba, orna su cabeza con el color del cielo naciente.
Aelfwine.
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De todos los cuentos populares de que nos ha legado la Edad Media, y aún más atrás, el de Caperucita Roja es que ha sufrido las mutilaciones más severas de parte de comentadores, recopiladores y, por supuesto, el gélido y abstruso Walt Disney.
El cuento, hasta la escena en donde el lobo se viste con las ropas de la abuela, es más o menos el mismo que conocían los niños medievales. Las diferencias se dan a partir de este punto. Pero primero repasemos un poco de historia.
El primer recopilador en rescatar el cuento de Caperucita Roja fue Charles Perrault, que lo incluyó en su antología de historias populares en 1697. Al contrario de lo que sucede con otros cuentos tradicionales, como La Bella Durmiente o Hansel y Gretel, Caperucita Roja no era un cuento muy extendido en Europa. Es más, se lo conocía en un ámbito bastante cerrado, que iba desde el norte de los Alpes a la región de Loira. En 1812 los hermanos Grimm reescribieron la historia, especialmente el final, y ésa es la versión que se conoce hoy en día; una versión, dicho sea de paso, muy diferente de la Caperucita Roja real.
No resulta asombroso que los hermanos Grimm hayan modificado el relato original, lo extraño es que para ello se hayan basado en una oscura obra de Ludwig Tieck llamada: Vida y muerte de la pequeña Caperucita Roja (Leben und Tod des kleinen Rotkäppchen); tragedia que incluye la presencia del leñador, ausente en el cuento popular.
Tal vez para no ahuyentar a los temerosos padres de inicios del siglo XIX, los hermanos Grimm eliminaron de cuajo todos los elementos eróticos del cuento y plantaron un final feliz, además de barrer con todo lo que no sostenga la pureza e inocencia de Caperucita. El resumen: el final del cuento en la versión de Jabob y Wilhelm Grimm se salvan absolutamente todos, salvo el lobo, claro; cuyas tripas son abiertas por el hábil leñador, devolviendo a la abuela a su rutina diaria.
Vayamos a un análisis del cuento.
Según la clasificación de Aarne-Thompson sobre cuentos folklóricos, Caperucita Roja entra en la categoría 333, esto es, cuentos que presentan un oponente sobrenatural. Es importante que borremos de nuestra mente la idea de que los cuentos populares servían como advertencia a los niños sobre los peligros del bosque, para eso bastaba una buena reprimenda. Los relatos folklóricos tienen otra función, mucho más importante para los pueblos de lo que los pueblos han sabido comprender. Según lo vemos hoy en día, el protagonista de Caperucita Roja es, claramente, Caperucita Roja, pero esto no es así. El error, si cabe llamarlo así, es a la insistencia de Disney por lograr la empatía de los niños con la historia. Escencialmente, Caperucita Roja es un personaje importante, un disparador por el cual se sucede la verdadera tragedia, pero de ningún modo es el único. Incluso hay versiones muy antiguas en las que se la menciona de paso, como aquel cuento tradicional de Italia llamado La finta nona, es decir, La falsa abuela, en cuyo caso la joven Caperucita es un elemento casi decorativo.
La verdadera historia de Caperucita Roja sostiene dos elementos centrales:
1) El tabú del canibalismo.
2) El rescoldo de la vieja religión nórdica.
Caperucita Roja, Rotkäppchen, Little Red Cap, Le Petit Chaperon Rouge, Little Red Riding Hood, son variables de este disparador. Si tuviésemos acceso a alguna extravagante máquina del tiempo, y pudiésemos atestiguar de primera mano la narración de Caperucita Roja, oiríamos un cuento completamente diferente al que conocemos. Allí, el lobo engulliría a la anciana, tal como hoy, pero dejaría sobre la mesa un jugoso banquete hecho con la carne y la sangre de la abuela, que la inocente Caperucita devoraría vorazmente, acaso intuyendo su origen ilícito. Luego, vestido con las ropas de la occisa, y tras de un diálogo con muchísimas variantes, el lobo pasaría de degustar la carne temblorosa de Caperucita; momento en el que un cazador, que oye los gritos desgarradores de la joven, ingresa en la estancia, mata al lobo y le abre el estómado con un cuchillo, devolviendo a la joven al mundo de los vivos.
Ahora bien, este morir y renacer de Caperucita Roja nos habla sobre algo muy antiguo en la raza humana: el rito de iniciación.
Caperucita en el bosque, en la casa y en el estómago del lobo, son símbolos de las tres fases de la iniciación a la adultez; por el cual una niña abandona su casa -madre, comunidad, civilización-, recorre un terreno salvaje -el bosque-, se enfrenta con lo más siniestro del corazón humano -canibalismo, antropofagia-, y derrota al peor de los enemigos en el vientre del lobo -la muerte-.
Pero además de señalar estos tópicos arquetípicos, Caperucita Roja también simboliza el despertar de la sexualidad. Su vestimenta roja atestigua los inicios de la madurez sexual, y el lobo, antropomorfizado para suavizar los efectos devastadores de este tránsito, es, quizás, un símbolo del sexo salvaje, de la sexualidad en estado primitivo, mientras que el cazador, en cambio, representa el sexo dentro de la civilización, es decir, dentro de un matrimonio funcional a la sociedad; cuyo fin último es procrear, y no la liberación ociosa de los instintos.
Estas interpretaciones psicológicas y antropológicas son rigurosamente ciertas, pero detrás de Caperucita Roja se esconde un motivo acaso más trascendental, y que excede las consideraciones regionales sobre el sexo y la adultez. Si volviésemos a montarnos en aquella imaginaria máquina del tiempo, y retrocediésemos aún más, dejando atrás la Edad Media, veríamos que la historia de Caperucita Roja conserva elementos de la religión nórdica, disimulados pero perfectamente reconocibles para el estudioso -y amante- de la mitología nórdica.
La transición en el vientre de un animal es un motivo clásico. Lo vemos incluso en la historia bíblica de Jonás y la ballena. El vientre es, como hemos dicho, un ámbito de transición, pero doblemente simbólico, ya que todos provenimos de un vientre y hacia allí iremos -la tumba, vientre del mundo-. Ser tragado por un animal es un regreso a la vida intrauterina, vida perfecta e idealizada, pero con un sentido nuevo, alegórico, quizás, por el cual este nuevo vientre nutre un despertar completamente distinto. La vida en el vientre salvaje nos propone un estado latente, por el cual el individuo emergerá cambiado. Ya no será el mismo, así como Caperucita Roja, que emerge del vientre del lobo convertida en mujer.
En la narración norsa de Þrymskviða vemos que el gigante Þrym se roba el martillo de Thor, llamado Mjolnir, por cuyo rescate pide la mano de la diosa Freyja (cuyo nombre se conserva en la palabra viernes Friday, o Freyja's day). Thor, escandalizado, urde una estratagema: se viste con el traje nupcial de Freyja y engaña al gigante. El diálogo entre Thor y Þryms es textualmente idéntico al de Caperucita con el lobo, lo cual arroja una luz difusa sobre la verdadera identidad genital de la muchacha.
Yendo aún más atrás, atravesando las oscuras mareas del tiempo, podríamos decir que el cuento de Caperucita Roja conserva, además, elementos del mito solar. La abuela representa el ocaso, la luz moribunda del crepúsculo devorada por la oscuridad de la noche -el lobo-, y la joven simboliza la luz del alba, que emerge del vientre lobuno como el sol que desgarra los velos de la noche. Mitológicamente hablando, el lobo sería nada menos que Skoll, aquel lobo descomunal de la tradición norsa, cuyo destino es devorar al sol en la batalla del Ragnarok, o bien Fenrir, ese lobo con fauces de hierro que cae en el apocalipsis bajo el martillo implacable de Thor.
Es curioso como la mitología se diluye en la tradición popular, se pierde y renace bajo una nueva concepción. Un lobo gigantesco se torna en licántropo mezquino, el Dios del Martillo, rápido para la cólera y la amistad, se vuelve un cazador furtivo en los bosques de Francia, y el mundo nuevo, regenerado, libre del acoso de demonios y gigantes del hielo, muta en las delicadas y ambiguas formas de una muchacha, que, como la luz rojiza del alba, orna su cabeza con el color del cielo naciente.
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Courtaud y los lobos de París.
Invierno de 1450. París sufría una de las temporadas frías más implacables de las que se tenga memoria.
Los muros de la ciudad se erguían, gélidos y altivos, sobre un vasto océano de nieve. Diariamente llegaban refugiados del campo que lo habían perdido todo merced al frío, y con ellos llegó un rumor demasiado terrible para prestarle oídos razonables. Se hablaba de sombrías figuras lobunas acechando las caravanas, aullidos tenebrosos que rasgaban el silencio nocturno, anunciando una cacería precisa, casi mecánica, que noche a noche enflaquecía las filas de caminantes.
Pero el invierno era demasiado cruel como para preocuparse de demonios y antiguas gestas espectrales en los bosques. En pocos días, el frío pasaría a ser un miedo secundario para los habitantes de París.
A pocos kilómetros de la entrada norte el muro de París colapsó a causa de la nieve. Entonces llegaron ellos.
Nadie sabe con seguridad el número de aquella jauría. Entraron en la ciudad de noche, y pronto establecieron su base de operaciones cerca de Notre Dame, en un oscuro galpón abandonado hasta la llegada del estío; y desde allí partían rumbo al sur en incursiones cada vez más osadas.
En menos de quince días cincuenta parisinos habían muerto.
Pronto comenzó ha hablarse de licántropos, hombres lobo que rondaban por las callejas oscuras de París, asesinando a todos los incautos que se cruzaban en su camino.
El líder de la jauría fue bautizado por la prensa como Courtaud (rechoncho). Siguiendo las descripciones de tres testigos afortunados, se lo definió como un inmenso lobo negro, de pelaje hirsuto y erizado, de ojos rojos como las brasas del infierno, y capaz de pronunciar el nombre de sus víctimas en perfecto francés. Algunos señalan que Courtaud era capaz de erguirse sobre sus patas traseras y simular el andar de los hombres. Otros, menos atildados, apuntan que Courtaud hacía exáctamente lo contrario, es decir, que andaba en cuatro patas imitando el andar pausado de los lobos.
Cuando los periódicos anunciaron la muerte número cuarenta, a tan sólo un mes de la llegada de los lobos, un grupo de ciudadanos y soldados formaron una partida para infiltrarse en el oscuro cubil de los licántropos.
Antes del amanecer lanzaron artilugios de humo al interior del galpón. En pocos minutos, los lobos emergieron, furiosos y enlocequidos, y embistieron contra la partida de valientes que los aguardaba en el exterior. El primer ataque fue repelido con éxito, pero el segundo alcanzó a penetrar en las filas de hombres armados, y algunos valientes cayeron sobre la nieve enrojecida.
El galpón ardió alrededor de una hora. Justo antes del alba, cuando el cielo empalidecía en el este, y cuando los valientes hombres de París creían haber derrotado a la jauría, Courtaud emergió de las brasas como un heraldo del infierno. Cargó contra sus atacantes causando estragos. Finalmente, el filo de los cuchillos fue demasiado para él, y se replegó hacia la iglesia de Notre Dame.
Un grupo de osados lo siguió en la luz incierta del amanecer. Ya en las puertas de Notre Dame, herido y privado de sus súbditos, cuentan que Courtaud se echó sobre las escaleras, y no ofreció resistencia a los cazadores, que lo ultimaron con toda prolijidad.
Según la versión eclesiástica, Courtaud fue un nigromante expulsado de la orden de los albañiles, hombres sabios que dejaron mensajes inescrutables en los muros de Notre Dame. Su alma fue excomulgada póstumamente, aunque sus restos fueron recogidos por unas matronas, convencidas que Courtaud no era un espíritu maligno, acusación que quedó aplastada cuando se supo que todas las víctimas de aquella jauría de lobos estaban relacionados con las autoridades públicas encargadas de suministrar alimento y leña a los pobres de París.
Lord Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com
http://elespejogotico.blogspot.com
http://losotrosvampiros.blogspot.com
Invierno de 1450. París sufría una de las temporadas frías más implacables de las que se tenga memoria.
Los muros de la ciudad se erguían, gélidos y altivos, sobre un vasto océano de nieve. Diariamente llegaban refugiados del campo que lo habían perdido todo merced al frío, y con ellos llegó un rumor demasiado terrible para prestarle oídos razonables. Se hablaba de sombrías figuras lobunas acechando las caravanas, aullidos tenebrosos que rasgaban el silencio nocturno, anunciando una cacería precisa, casi mecánica, que noche a noche enflaquecía las filas de caminantes.
Pero el invierno era demasiado cruel como para preocuparse de demonios y antiguas gestas espectrales en los bosques. En pocos días, el frío pasaría a ser un miedo secundario para los habitantes de París.
A pocos kilómetros de la entrada norte el muro de París colapsó a causa de la nieve. Entonces llegaron ellos.
Nadie sabe con seguridad el número de aquella jauría. Entraron en la ciudad de noche, y pronto establecieron su base de operaciones cerca de Notre Dame, en un oscuro galpón abandonado hasta la llegada del estío; y desde allí partían rumbo al sur en incursiones cada vez más osadas.
En menos de quince días cincuenta parisinos habían muerto.
Pronto comenzó ha hablarse de licántropos, hombres lobo que rondaban por las callejas oscuras de París, asesinando a todos los incautos que se cruzaban en su camino.
El líder de la jauría fue bautizado por la prensa como Courtaud (rechoncho). Siguiendo las descripciones de tres testigos afortunados, se lo definió como un inmenso lobo negro, de pelaje hirsuto y erizado, de ojos rojos como las brasas del infierno, y capaz de pronunciar el nombre de sus víctimas en perfecto francés. Algunos señalan que Courtaud era capaz de erguirse sobre sus patas traseras y simular el andar de los hombres. Otros, menos atildados, apuntan que Courtaud hacía exáctamente lo contrario, es decir, que andaba en cuatro patas imitando el andar pausado de los lobos.
Cuando los periódicos anunciaron la muerte número cuarenta, a tan sólo un mes de la llegada de los lobos, un grupo de ciudadanos y soldados formaron una partida para infiltrarse en el oscuro cubil de los licántropos.
Antes del amanecer lanzaron artilugios de humo al interior del galpón. En pocos minutos, los lobos emergieron, furiosos y enlocequidos, y embistieron contra la partida de valientes que los aguardaba en el exterior. El primer ataque fue repelido con éxito, pero el segundo alcanzó a penetrar en las filas de hombres armados, y algunos valientes cayeron sobre la nieve enrojecida.
El galpón ardió alrededor de una hora. Justo antes del alba, cuando el cielo empalidecía en el este, y cuando los valientes hombres de París creían haber derrotado a la jauría, Courtaud emergió de las brasas como un heraldo del infierno. Cargó contra sus atacantes causando estragos. Finalmente, el filo de los cuchillos fue demasiado para él, y se replegó hacia la iglesia de Notre Dame.
Un grupo de osados lo siguió en la luz incierta del amanecer. Ya en las puertas de Notre Dame, herido y privado de sus súbditos, cuentan que Courtaud se echó sobre las escaleras, y no ofreció resistencia a los cazadores, que lo ultimaron con toda prolijidad.
Según la versión eclesiástica, Courtaud fue un nigromante expulsado de la orden de los albañiles, hombres sabios que dejaron mensajes inescrutables en los muros de Notre Dame. Su alma fue excomulgada póstumamente, aunque sus restos fueron recogidos por unas matronas, convencidas que Courtaud no era un espíritu maligno, acusación que quedó aplastada cuando se supo que todas las víctimas de aquella jauría de lobos estaban relacionados con las autoridades públicas encargadas de suministrar alimento y leña a los pobres de París.
Lord Aelfwine.
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