lunes, enero 9

El embriagado. 
The Intoxicated, Shirley Jackson (1916-1965)


Estaba lo bastane alegre y conocía la casa lo suficiente como para dirigirse a la cocina por sí solo, aparentemente para buscar hielo pero, en realidad, para despejarse un poco, pues no era tan íntimo de la familia como para perder el conocimiento en el sofá del salón. Dejó atrás la fiesta sin lamentarse de ello, mientras el grupo en torno del piano entonaba Stardust y la anfitriona charlaba animadamente con un joven de gafas finas y pulcras y expresión hosca. Atravesó con cautela el salón donde un grupito de cuatro o cinco personas sentadas en las sillas rígidas discutía concienzudamente sobre algún tema. Las puertas de la cocina batieron con brusquedad al empujarlas y el hombre tomó asiento junto a una mesa blanca esmaltada, limpia y fría al contacto de su mano. Dejó el vaso en un buen lugar del dibujo verde y, al alzar la vista, descubrió a una jovencita que le observaba especulativamente desde el otro lado de la mesa.


-Hola -dijo-. ¿Tú eres la hija?
-Soy Eileen -respondió ella-. Sí.


La muchacha le pareció fofa y mal formada; son las ropas que llevan hoy las jóvenes, se dijo nebulosamente. Llevaba el cabello en dos trenzas que le caían a ambos lados del rostro, tenía un aspecto joven y fresco y no estaba vestida de fiesta. Llevaba un suéter púrpura y su cabello era oscuro.


-Tu voz suena agradable y sobria -comentó, dándose cuenta de que era algo que no debía decirse a una chiquilla.
-Estaba tomando una taza de café -dijo ella-. ¿Le apetece una?


El hombre estuvo a punto de echarse a reír, pues advirtió que la joven esperaba estar actuando con inteligencia y habilidad ante un grosero borracho.


-Creo que sí, gracias -respondió. Hizo un esfuerzo por fijar la vista; el café estaba caliente y, cuando ella le puso delante una taza, diciendo: «Supongo que lo querrá solo», él colocó la cara sobre el vapor y dejó que éste le entrara en los ojos cori la esperanza de que le ayudara a aclarar la cabeza.
-Parece una fiesta estupenda -dijo la muchacha sin añoranza-. Por lo que se oye, todo el mundo debe de estar pasándolo en grande.
-Es una fiesta estupenda. -Empezó a tomar el café, hirviente, con deseos de decirle a la joven que le había ayudado. Fijó la vista en ella y sonrió.- Me siento mejor -declaró-, gracias a ti.
-En la otra sala debe de hacer mucho calor -respondió ella en tono sedante.


Esta vez, el hombre se rió abiertamente y ella frunció el ceño, pero él advirtió que la muchacha le disculpaba y añadía:


-Arriba hacía tanto calor que se me ha ocurrido bajar a sentarme un rato.
-¿Estabas durmiendo? ¿Te hemos despertado?
-Estaba haciendo los deberes -respondió ella.


El volvió a mirarla, imaginándola sobre un fondo de redacciones y cuidadas caligrafías, de libros de texto deteriorados y risas entre los pupitres.


-¿Vas al instituto?
-Estoy en el último de primaria. -Pareció esperar que él dijera algo y luego añadió:- Perdí un curso cuando tuve la pulmonía.


Al hombre le costó encontrar algo que decir (¿preguntarle por los chicos?, ¿hablar de baloncesto?), de modo que fingió prestar atención a los ruidos lejanos procedentes de la parte delantera de la casa.


-Es una fiesta estupenda -repitió vagamente.
-Supongo que le gustan las fiestas -apuntó ella.


Sin habla, él se quedó mirando su taza de café vacía. Sí, suponía que le gustaban las fiestas; el tono de voz de la muchacha había sido de leve sorpresa, como si después de aquello sólo esperara de él que se declarara partidario del circo romano con gladiadores enfrentados a fieras salvajes, o comprensivo con el solitario baile en círculo de un loco en un jardín. "Casi te doblo la edad", se dijo el hombre, "pero no hace tanto tiempo que yo también hacía mis deberes en casa".


-¿Juegas al baloncesto? -inquirió.
-No -fue la respuesta.


El hombre recordó con irritación que ella estaba en la cocina antes de que él entrara, que vivía en la casa y que él estaba obligado a darle conversación.


-¿Qué deberes estabas haciendo? -preguntó.
-Una redacción sobre el futuro del mundo -dijo ella, y sonrió-. Suena estúpido, ¿verdad? A mí me parece una estupidez.
-La gente de la fiesta hablaba de eso mismo. Esa es una de las razones de que me haya refugiado aquí.
-Advirtió que ella pensaba que no era en absoluto ya una de las razones de que se hubiera refugiado allí y se apresuró a añadir:- ¿Y qué escribes sobre el futuro del mundo?
-En realidad no creo que tenga mucho futuro -dijo ella-. Al menos, tal como están las cosas hoy día.
-Es una época interesante de vivir -replicó él, como si todavía estuviera en la fiesta.
-Bien, al fin y al cabo, no es como si no lo supiéramos por adelantado.


El la miró un momento. La muchacha se miraba con aire ausente la puntera de su bota de cuero y movía el pie con suavidad adelante y atrás, siguiéndolo con la vista.


-Realmente, es una época espantosa si una chica de dieciséis años tiene que pensar en cosas así.


En mi época, pensó en añadir irónicamente, las chicas no pensaban en otra cosa que en cócteles y besuqueos.


-Tengo diecisiete años. -La muchacha alzó la vista y le sonrió otra vez.- Hay una diferencia terrible.
-En mi época -dijo él con exagerado énfasis-, las chicas no pensaban en otra cosa que en cócteles y besuqueos.
-Ahí está en parte el problema -respondió ella con seriedad-. Si la gente se hubiera asustado de verdad, sinceramente, cuando ustedes eran jóvenes, hoy no estarían tan mal las cosas.


Su tono de voz resultó más punzante de lo que pretendía («¡En mi época!») y le dio parcialmente la espalda a la muchacha, como para indicar el escaso interés de un adulto que se muestra condescendiente con un niño:


-Supongo que creíamos estar asustados. Supongo que todos los chicos y chicas de dieciséis... de diecisiete años creen que están asustados. Forma parte de una época que es preciso pasar, como la de volverse loca por los chicos.


-Siempre me pregunto cómo será. -la chica habló con voz muy clara, muy suave, mirando a un punto de la pared detrás de él.- No sé por qué, creo que las iglesias caerán primero, antes incluso que el Empire State Building. Y luego todas las grandes casas de apartamentos junto al río, deslizándose lentamente hacia el agua con sus inquilinos en el interior. Y las escuelas, tal vez en mitad de la clase de latín, mientras estemos leyendo a César. -bajó los ojos hasta el rostro del hombre, contemplándole con aturdida excitación.- Cada vez que empezamos un capítulo de César, me pregunto si será ése el que nunca llegaremos a terminar. Puede que nosotros, en nuestra clase de latín, seamos la última gente del mundo en leer a César.
-Eso sería estupendo -intervino él con aire pícaro-. Yo odiaba a César.
-Supongo que todo el mundo, cuando es joven, odia a César -replicó la muchacha con frialdad.


El hombre aguardó un minuto antes de decir:


-Creo que es un poco tonto por tu parte llenarte la cabeza con toda esa basura morbosa. Cómprate una revista de cine y cálmate.
-Podré conseguir todas las revistas de cine que quiera -insistió ella-. Los vagones del metro se saldrán de las vías, ¿sabe?, y todos los quioscos de revistas quedarán aplastados. Se podrá coger todas las barras de caramelo que una quiera, y las revistas, y los lápices de labios y las flores artificiales del almacén, y los vestidos de todas las grandes tiendas, arrojados en plena calle. Y los abrigos de pieles.
-Espero que queden abiertas de par en par las tiendas de licores -dijo él, empezando a impacientarse con la joven-. Si sucede lo que dices, entraré en una y me agenciaré una caja de coñac y nunca volveré a preocuparme de nada.
-Los edificios de oficinas serán simples montones de ladrillos rotos -continué ella, con sus ojos enérgicos fijos aún en él-. Si hubiera un modo de saber con exactitud en qué momento sucederá...
-Entiendo -dijo él-. Estoy de acuerdo con el resto. Entiendo.
-Después, las cosas serán distintas -continué ella-. Todo lo que hace que el mundo sea como es ahora desaparecerá. Tendremos nuevas normas y nuevos modos de vida. Tal vez exista una ley para que no vivamos en casas, de modo que nadie pueda esconderse de los demás, ¿sabe?
-Tal vez exista una ley para evitar que todas las escolares de diecisiete años aprendan a tener sentido común -replicó el hombre, poniéndose en pie.
-No habrá escuelas -afirmó ella de plano-. Nadie aprenderá nada. Para evitar volver al punto en que estamos ahora.
-Vaya -dijo él con una risita-, haces que suene muy interesante. Lástima que no esté allí para verlo. -Se detuvo, con el hombro apoyado en la puerta batiente que daba al comedor. Sentía terribles deseos de decir algo adulto y mordaz pero, al mismo tiempo, tenía miedo de demostrar a la joven que le había prestado atención, que cuando era joven la gente no decía aquellas cosas.- Si tienes problemas con el latín -dijo por último-, te echaré una mano con gusto.


Ella lanzó una sonrisa que le desconcertó.


-Aún hago mis deberes para la escuela cada noche -declaró.


De vuelta en el salón, los invitados deambularon achispados a su alrededor. El grupo junto al piano cantaba ahora Home on the Range y la anfitriona charlaba animadamente con un hombre alto y elegante, vestido con un traje azul.


Encontró al padre de la muchacha y le dijo:


-Acabo de mantener una conversación muy interesante con su hija.


La mirada del anfitrión recorrió rápidamente la estancia.


-¿Con Eileen? ¿Dónde está?
-En la cocina. Está con su latín.
-«Gallia est omnia divisa in partes tres...» -citó el anfitrión, sin entonación-. Ya sé.
-Una chica realmente extraordinaria.


El anfitrión movió la cabeza, apenado.


-Los jóvenes de hoy... -murmuró.


Shirley Jackson (1916-1965)
Posted: 11 Nov 2011 05:00 AM PST
Metatrón:
El ángel que fue Dios.


Metatrón es, quizás, el ángel más extraño de la mitología judeocristiana. Está presente en innumerablesleyendas y tradiciones, aunque el Nuevo y el Antiguo Testamento (Tanaj) lo ignoran por completo.

El misterio en torno a su figura es tan grande, y tan confuso, que nadie ha logrado ponerse de acuerdo en lo referente a sus funciones, y ni siquiera si efectivamente se trata de un ángel o de algo más. Su rol y jerarquía son desconocidos, lo cual no ha evitado conjeturas, a menudo fantásticas, que giran en torno a este curioso ángel de los días antiguos.


El Talmud menciona de pasada a Metatrón, señalando que es una entidad misteriosa, acaso una joya en la creación de Jehová; y luego refiere un extraño incidente protagonizado por Elisha ben Abuya, quien visitó los palacios celestiales y vió a Metatrón cómodamente sentado en un sitio de honor. Vale aclarar que, en la tradición antigua, sólo Yahvé puede sentarse en su reino, los ángeles y almas permanecen de pie, de modo que el buen rabí se sorprendió enormemente al ver a Metatrón regiamente sentado, por lo que declaró que no existía un único Dios, sino dos.


Posteriores análisis reubicaron el comentario exaltado de ben Abuya, señalando que Metatrón es el escriba de Yahvé, por lo cual debe permanecer sentado. Acto seguido, lo designan como un ángel de cualidades excepcionales. Es él, apuntan, quien recibe las órdenes del Señor, y es él quien las trasmite a los ángeles menores, como Rafael o Gabriel. De ahí su ambicioso apodo: el pequeño Yahve.


Más cerca en el tiempo se asoció a Metatrón con Enoc, tal como lo señala el Libro de Enoc, aunque esta fuente es demasiado nueva y dudosa para tomarla en serio. El misterio fundamental de este ángel fue desentrañado por Robert Graves -autor, entre otras gemas mitológicas, de La Diosa Blanca (The White Godess)-, quien sostiene que la naturaleza ambigua de Metatrón y su oscura tarea en los círculos celestiales, se debe a que no es en absoluto un ángel, ni un santo, ni un profeta, ni nada remotamente asociado al mito judeocristiano.

Según Robert Graves, los judíos fusionaron dos términos griegos terribles: Metadromos, el que busca venganza, y Meta Ton Thronón, que significa El más cerano al trono. Ambos aluden a una curiosa deidad que los griegos no conocían, pero que intuían en la oscura noche de los tiempos. La mentalidad griega era tan genial, tan vasta su capacidad de aceptar otras verdades, que consideraban que el panteón de los Olímpicos bien podía estar incompleto, y que un dios desconocido quizás habitase las regiones siderales más distantes, de modo que, al desconocer su nombre, lo llenaron de epítetos y alusiones ambiguas.

Un Dios que mantiene su existencia en secreto, decían, es el más digno de adoración.
Aelfwine.
Posted: 09 Aug 2011 07:43 AM PDT

Vampiros: cruces, crucifijos, amuletos, talismanes.


Pocas criaturas sobrenaturales temen a tantas cosas como los vampirosel ajo, la plata, los ríos, las rosas, las estacas de madera, los espejos, las antorchas, y, por supuesto, las cruces y crucifijos.


¿De dónde proviene la idea de que los vampiros temen a los crucifijos? No de la leyenda, sin dudas, donde pocas cosas logran aniquilarlos. Las cruces, de cualquier forma o tamaño, no logran ahuyentarlos. No obstante, la noción de que los vampiros huyen ante la presencia de la cruz ha ganado tanto terreno que resulta poco menos que imposible, además de ocioso, intentar erradicarla.


La primera mención de una cruz, o un crucifijo, como amuleto contra los vampiros proviene, cuando no, de la novela clásica de vampiros de Bram StokerDrácula (Dracula, 1897)., más precisamente de aquel primer capítulo de la novela que no se publicó hasta la muerte de Stoker, llamado El huésped de Drácula (Dracula's Guest).


Allí somos testigos del ingreso de los crucifijos en la mitología vampírica. Una mujer de Bistritz, cerca de Transilvania, le regala unrosario a Johnatan Harker. Este, miembro de la Iglesia Protestante de Inglaterra, deduce que aquello es el producto de un pensamiento idólatra, aunque inmerso en esa región de horrores paganos, decide oportunamente colocarse la cruz en el cuello, elección que le salva la vida cuando el conde, en un arranque de furia, lo toma del cuello, huyendo como un insecto ante la visión ominosa de la cruz.


Los crucifijos y las cruces aparecen repetidamente en Drácula, a veces sin resultados efectivos. El capitán del Demeter, barco que trasnporta a Drácula a Inglaterra, es encontrado muerto con una cruz entre los dedos. Más adelante, Van Helsing utilizará varias cruces y crucifijos para proteger a Lucy Westenra, con resultados decepcionantes.


Según la idea de Bram Stoker, instalada de un modo indeleble, las cruces y crucifijos sólo sirven como amuletos para defenderse de los vampiros, sin que ello les produzca ningún daño a largo plazo. Una manera elegante de señalar que, ante la presencia de Cristo, toda entidad sobrenatural, especialmente las infernales, pierden momentáneamente sus poderes.


Anteriormente, ningún poemarelato o novela de vampiros menciona a los crucifijos como talismán contra nuestros entrañables esperpentos.


Fuera de la literatura la cosa es más confusa. Emily Gerard clasifica al vampirismo como una versión desmejorada del satanismo medieval. En consecuencia, lo que es efectivo para unos lo será para los otros. De este modo, casi por descarte, las cruces y crucifijosentran en combate en un puñado de leyendas, sin lograr afirmarse en el inconsciente colectivo. 

sábado, enero 7

Yo maté a Alfred Heavenrock.
J'Ai Tué Alfred Heavenrock, Jean Ray (1887-1964)

Apoyé la bicicleta contra un poyo y desplegué el mapa que me habían entregado en la casa Calson, Mivvins y Mivvins. Era un mapa del condado de Kent y de una parte del de Surrey, pero la empleada que me lo dio afirmó que el de Kent se daba mejor. Había mentido, por supuesto, porque no he conocido jamás gentes menos dispuestas que los habitantes de Kent a comprar navajillas de afeitar de Sheffield, tubos de pasta de jabón, frascos de lociones; en fin, todo lo necesario para que una cara esté bien afeitada. El mapa era lo suficientemente detallado para dirigirme a St. Mary Cray, saliendo de Londres por Lewisham; pero, a partir de Orpington, presentaba vergonzosos errores y lagunas.

Así fue como busqué en vano Chelsfield, que la empleada había marcado con lápiz rojo para hacerme creer que era un buen sitio para vender. Afortunadamente, un ser hirsuto y flaco vino en mi ayuda. Surgió de una espesura, en donde seguramente acababa de echar un sueñecito provechoso, cubierto de ramitas y de arena rojiza.

—¿Puede usted darme fuego?— preguntó, tocándose los restos de un sombrero.

Tenía y se lo di.

—Es que tampoco tengo cigarrillos— añadió.

Le di el cigarrillo y el fuego y me echó una mirada de perro agradecido.

—¡Busca usted algo por aquí?— me preguntó entre dos bocanadas de humo.
—En efecto: Chelsfield.
—Le da usted la espalda, pero no lo sienta. Está lleno de cretinos… Esto es Ruggleton.
—¡Ruggleton? Ese pueblo no figura en el mapa.
—Ya no es necesario. La aviación alemana hizo todo lo preciso para que desapareciera. Usted ha apoyado su bicicleta contra los últimos vestigios de mi casa.
—¿Este poyo?
—Es la piedra angular de la chimenea del comedor. De cuando en cuando vengo a visitarle y a quitar las hojas secas de la tumba de Polly.
—¡Oh!.. ¿Su esposa?
—No, mi burro. Un animal muy inteligente. Aún me pregunto en que podía beneficiar su muerte a los boches. ¿Pensarían ganar la guerra con ello?

Y se dispuso a marcharse.

—Si ha venido aquí a vender algo, diríjase más bien hacia la parte de Elms. La gente es allí menos bestia que en Chelsfield— dijo.
—Por tanto, ¿todo esto es lo que queda de Ruggleton?— murmuré, acariciando el poyo.
—No todo en realidad. Está la casa de miss Florence Bee, que ha sido respetada milagrosamente. Pasará por delante de ella cuando vaya a Elms. Está casi enfrente del cementerio. La casa está por alquilar; pero ¿quién sería el loco que viniera aquí?

E hizo un gesto circular con la mano.

—Ruggleton…, Polly…, os digo adiós para siempre— dijo con énfasis.
—¿Para siempre?
—He conseguido trabajo en un buque de carga que va a las Caribes. Una vez allí, pienso dejar el trabajo de a bordo y buscar algo en tierra.

Sosteniendo la bicicleta con la mano, pasé por delante del cementerio, devastado por las bombas de los alemanes más concienzudamente que el Valle de los Reyes por el equipo de lord Carnarvon, y vi a miss Florence Bee apoyada contra la cerca de su jardín observando cómo me acercaba. Era una mujer que se aproximaba a la cuarentena, de rostro agradable, aunque un poco severo. Me vio echar una mirada sobre el cartel amarillo que estaba colocado sobre la cerca y sonrió.

—Si le ha enviado la agencia…— empezó.

Negué con la cabeza.

—Si fuese usted un caballero, intentaría venderle una libra de jabón de afeitar—dije, devolviéndole la sonrisa.

Las ocasiones de cambiar algunas palabras con sus semejantes debían de ser muy raras para miss Bee, porque ella emitió algunos lugares comunes sobre los tiempos tan malos que corrían y sobre la inseguridad en que se vivía, con la evidente intención de no volver demasiado pronto al silencio y a la soledad. Desde el momento en que entré al servicio de Calson, Mivvins y Mivvins, a comisión, eso ni que decir tiene, hasta el instante en que dejé al amo de Polly y que sonreí a miss Bee, no había tenido otras intenciones que vender navajas de afeitar y jabón a los habitantes del condado de Kent. Un instante más tarde empecé a elaborar un plan completamente diferente de los que debían proporcionarme el condumio cotidiano. Y fue en ese momento cuando nació Alfred Heavenrock. Eché una amplia mirada a mi alrededor y moví pensativamente la cabeza.

—Es extraño —dije a media voz—, realmente extraño.

Mientras decía esto, mis ojos iban del cartel anunciador al cementerio, sin detenerse en miss Bee.

—¿Extraño?— preguntó ella.—Sí. Estaba pensando en lo que Alfred Heavenrock me decía el otro día. Alfred Heavenrock es primo mío, un hombre no como los demás, sobre todo en lo que concierne a sus ideas. Un bribón de la cabeza a los pies, a pesar de ser primo mío.
—Heavenrock —murmuró, pensativa, miss Bee—. El nombre no me es desconocido del todo.

Mentía, evidentemente, con la esperanza de prolongar aquella conversación inesperada.

—¡Bah! —continué—. No creo que hubiese un Heavenrock en Hastings ni más tarde en la Cámara de los Lores o en la de los Comunes. El único que tiene dinero es Alfred Heavenrock. Yo, yo me contenté con hacer la guerra.

Ella me miró con simpatía.

—¿Quiere usted sentarse, señor..?
—David Heavenrock. Los amigos me llamaban Dave, y si hablo de ellos en pasado es porque todos dejaron la piel sobre el suelo francés cazando alemanes.

Nos acomodamos en un banco del jardín.

—¿Por qué ha dicho usted «extraño» cuando miró al cartel anunciador y después al cementerio?

Seguí la dirección de su mirada. Imité el gesto del hombre que se siente sorprendido en el fondo íntimo de su pensamiento.

—¿De verdad se dio usted cuenta? —pregunté, ingenuo—. Pues bien…

Pasó un ángel. Fue un silencio lleno de espera para miss Bee y de confusión, perfectamente interpretada, para mí. Pero mi proyecto tomaba cuerpo…

—Pues bien —continué en un tono que ponía de manifiesto un verdadero aturdimiento—: el otro día Alfred me dijo: «Oye, David (nunca me llama Dave), oye: ya estoy harto de Londres, de las grandes ciudades y de los viajes.» «Prueba Bath, Margate o Sorlingues», le aconsejé. Gruñó. «Cierra tu folleto de propaganda. Sin duda esperas sacar de ello una comisión, pero conmigo no la conseguirás. Lo que yo quiero es una casa en un desierto y cerca de un cementerio que no reciba ya ni muertos ni visitas.» Eso es lo que me dijo.

Miss Bee abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Es posible? ¡Dios mío!— exclamó.
—Alfred no es un tipo como los demás —repetí—, y no es que pretenda que esté loco, porque no hay nadie más astuto que él para redondear su dinero, pero es un poco, ejem, maniático.
—¿Hasta qué punto?
—Digamos que su manía es mover el velador y leer obras de espiritismo. No jura más que por el doctor Dee, una especie de brujo del tiempo de la reina Isabel, que se ocupaba en hacer salir a los muertos de sus sepulturas.
—¡Qué horror!— exclamó miss Florence, cuyos ojos brillaban de alegría y de esperanza, ansiosa de oír más.

Pero me guardé muy bien de ampliar mi información.

—Esas tonterías me revuelven el estómago —continué—, pero me veo obligado a escucharlas porque de cuando en cuando Alfred me ayuda algo, muy poco, debo confesarlo. Sin embargo, tal vez le haga un servicio hablándole de su casa que se alquila, precisamente.

Me levanté para marcharme, aunque mi proyecto exigía una entrevista mucho más larga.

—Permítame que le ofrezca un vaso de vino— propuso miss Bee tras un momento de vacilación.

Hice un ademán cortés de rehusar su ofrecimiento.

—Jamás bebo vino ni licores.

Me echó una mirada llena de admiración.

—En ese caso, no me rechazará una taza de té. Es muy bueno. Es de Lyon, de antes de la guerra.

Acepté, no sin haber vacilado visiblemente a mi vez. Me hizo entrar en un salón de aspecto agradable y hasta rico, porque desde la entrada reparé en dos telas de Histler y en una fastuosa colección de objetos de plata, pero no manifesté asombro alguno. El té era excelente, así como los cigarrillos: muratti.

—Hábleme de su primo —me pidió miss Bee—, puesto que puede llegar a convertirse en inquilino mío.
—¡Oh! —exclamé—. No le he prometido a usted nada. En verdad, Alfred no es un tipo vulgar, y aunque es supersticioso como el diablo, no espere que le sacará gran cantidad de dinero. Cuando se trata de dinero, se vuelve frío y exacto como una máquina eléctrica de calcular.
—No tengo esa intención —protestó la mujer—. Me sentiré contenta con alquilar esta casa completamente amueblada por un precio razonable, a fin de poder evadirme para siempre de estos lugares malditos. Cuento con retirarme a Doncaster, en donde poseo una propiedad.
—¡Qué feliz es usted al poder decir eso!— murmuré.

Las mujeres han afirmado frecuentemente que mi boca es agradable de mirar cuando, por una rápida bajada de sus comisuras, expresa amargura. Creo que no están equivocadas. Esbocé, pues, una ligera mueca de esta clase y miss Florence la apercibió.

—No se ponga triste, señor… Dave —balbució—. La propiedad de Doncaster no puede causar la dicha de nadie.
—Una bala bien disparada, digamos en pleno corazón, hubiera hecho la mía —dije, componiéndome una cara triste—; una bala como la que recibió Percy Woodside en Octeville, y Bram Stone un poco más lejos.

Ni Percy Woodside ni Bram Stone había existido jamás, y ni por la casualidad mayor hubiera podido alcanzarme jamás una bala, ya que hice el servicio militar muy a retaguardia, como ayudante de farmacia.

—No sea amargo, Dave— suplicó.

Su mano se había posado sobre la mía.

—Todo el mundo tiene preocupaciones… A propósito: ¿es usted casado?

Me encogí de hombros.

—A Dios gracias, no. No hubiera podido ofrecer a mi mujer más que amor y agua clara, lo cual, según el proverbio, nutren muy mal a todo el mundo.

Esta vez no mentía. La vi sonreír. Era muy agradable de ver, y mis miradas se posaban con placer en su boca un poco grande, sus dientes deslumbradores y sus ojos oscuros. Al mismo tiempo admiré el espléndido camafeo que llevaba prendido en el pecho y que valoré en unas cien libras.

—Hábleme de su primo— repitió, lamentando visiblemente tener que dar otro giro a la conversación.
—Puedo describírselo: se cree guapo, pero es deplorablemente feo, con su bigotillo retorcido, sus espesas cejas rojizas y sus horribles gafas oscuras. Está echando barriga. (No puedo sufrir a los hombres gordos). Siempre tiene las manos sucias, como si acabase de rebuscar en el fondo de una buhardilla, y, y ¡bebe!
—Y usted —dijo miss Florence sonriendo—, usted es sobrio, lo cual explica su repugnancia, aunque en eso demuestra usted un poco de falta de caridad.
—Si bebiese whisky o ginebra, como todo el mundo, podría pasar; pero no sale jamás sin una botella plana completamente llena de kirschwasser. ¡Qué horror! Y si acabara ahí… Pero considera una injuria si se niega uno a saborearlo, porque es lo único que gusta compartir con su prójimo. ¡Lo que me ha hecho sufrir imponiéndome por la fuerza ese atroz brebaje!

Miss Florence se echó a reír.

—¡Exagera usted! Yo misma no retrocedo ante un vasito de kirsch fresco y perfumado.

Fruncí las cejas y adquirí aspecto descontentadizo.

—No se haga el malo —dijo ella amablemente—.No hay que juzgar demasiado severamente a los demás. Hay que saber perdonar sus pequeñas faltas. ¿Acaso no tiene usted algunas?

Fijé mis ojos en los suyos.

—Sí, y no sólo pequeñas, sino grandes. Y no son faltas, sino defectos. Primero, quiero que se respete a los muertos y que no se les moleste en su divino reposo por medio de prácticas de brujerías.
—Pero eso no es un defecto…— exclamó mi nueva amiga.
—Conforme, a condición de no conducirse como un borracho indecoroso cuando se vulnera lo que yo considero como ley sagrada.
—¿Sería usted… un poco… violento?
—Lo soy. Más de una vez he descargado mi puño en las narices de Alfred por este motivo. Escuche: yo soy de los que defienden a sus amigos. Los míos están muertos…, ¡y muertos continúo defendiéndolos!

Vi que sus labios temblaban.

—¡Dios mío! —exclamó ella lentamente—. Dave, usted es un verdadero hombre.

Me levanté del sillón y esperé, para estrecharle la mano, a que ella me alargase la suya.

—Adiós, miss Bee —dije—. Hablaré a Alfred. Pero recuerde que no tengo ninguna influencia sobre él.
—¿Por qué me dice usted adiós?

Bajé los ojos. Mi boca esbozó su rápido y amargo rictus.

—Porque…, y, además, no lo sé. ¡Adiós!

Me alejé a largos pasos, sin volverme. Luego monté en mi bicicleta. Mientras marchaba no aparté mis ojos del espejo retrovisor. Miss Florence Bee, inmóvil contra la cerca, con la mano apoyada en el corazón, me seguía con la mirada. Necesité varios días para poner mi plan a punto y encontrar cinco o seis libras. La bicicleta pertenecía a Colson, Mivvins y Mivvins; pero vendí mi tomo de Shakespeare, una edición muy bonita que lamentaré toda mi vida. Me gasté dos chelines apostando sobre Halifax, que corría en las carreras de Norwood. El diablo tenía que estar a mi lado, porque el caballo me hizo ganar diez libras. Tuve algunas dificultades en encontrar una botella de Kirschwasser; menos, en procurarme ácido prúsico, porque ya he dicho, creo, que durante la guerra había sido farmacéutico.

Un tinte capilar, que volviese mi cabellera pelirroja y que, en un dos por tres, recuperase su verdadero color, fue más difícil de encontrar. Pero lo logré. Bigotes postizos, un traje bastante decente, aunque algo llamativo; gafas de cristales ahumados; todo eso lo conseguí en pocas horas. En el colegio había interpretado algunos papeles en las comedias de salón y todo el mundo me predestinaba que yo acabaría siendo actor. La vida se complace en desmentir a los profetas. Desde aquella época lejana he hecho cientos de trabajos, excepto el de actor. Lo que no impidió que el espejo me devolviese la imagen de un Alfred Heavenrock perfecto. Mis cálculos no concedían a este recién nacido de bigotes y gafas más que veinticuatro horas de existencia apenas.

—Míster Alfred Heavenrock —dijo miss Florence Bee—, le he reconocido inmediatamente; tanta exactitud empleó su primo al describirle.
—Entonces, ha debido de parlotear bien a cuenta mía —respondí con espantosa voz de carraca—, porque no lo haría de otra forma.
—No dijo nada de particular— respondió miss Bee.
—Vamos, vamos, conozco bien a David. Es un ser envidioso porque no triunfó en la vida. Pretende que no existe nada por encima de la estricta honradez. ¡Qué imbécil!, ¿verdad?
—No lo considero así— dijo miss Florence, mordiéndose los labios.
—Ta, ta, ta, es un animal. No vacila en emplear sus puños hasta cuando no se le ataca directamente. Es cierto que eso le sirvió de mucho durante la guerra. Es valiente, debo admitirlo, aunque yo no sea de los que admiren esa virtud militar. ¿Cómo lo encuentra usted? Muy bien de aspecto, ¿verdad?
—En realidad, no está mal— respondió con franqueza miss Bee.
—¿Ve? Todas las mujeres están de acuerdo para decir lo mismo. ¿Cree usted que saca algún provecho de eso, como podría hacerlo si quisiera? En absoluto. ¡Ese asno es un virtuoso!
—¿Quiere usted ver la casa?— le preguntó miss Bee con voz helada.
—A eso he venido, y también —añadí, riendo groseramente— para ver si era usted tan bonita como él dijo.
—¿Cómo? ¿Él dijo que?
—Lo dijo, sí; pero no espere nada de ese dechado de virtud.

Miss Bee se irguió, con las mejillas encendidas.

—Dejemos eso, míster Alfred Heavenrock —dijo, recalcando con fuerza el nombre—, y sírvase seguirme.
La casa era muy bonita, cómodamente amueblada y muy bien cuidada.
—¿Le cuestan muy caros los criados?— pregunté.
—Hace meses que carezco de ellos. El lugar es muy solitario; pero no lo siento. Claro que, a veces, el cuidado de esta casa se hace demasiado pesado para mí sola.

Hice una mueca de disgusto.

—Seguramente encontrará usted personal en Elms— dijo, muy de prisa.
—O en Londres, no se preocupe —respondí—. En el fondo, esta gran soledad es lo que me agrada.

Me volví hacia la ventana y me quedé contemplando el cementerio. De cuando en cuando, como perdido en mis pensamientos, murmuraba:

—¡Oh, sí!.. Está bien eso… Eso podría convenirme…

Me volví a miss Florence y mi voz se hizo más agria, más apagada que nunca.

—Escuche, pequeña mía…

Noté cómo reprimía un sobresalto de indignación.

—…soy hombre franco como el oro —continué—, lo cual no quiere decir que lo tire por la puerta o por las ventanas. Su casa me gusta lo suficiente para alquilarla. Pero no vaya a pedirme un precio exorbitante, porque, entonces, no hay nada que hacer.
—¿Cien libras al año? —dijo—. Y un alquiler por tres años.
—Corre demasiado —respondí—. La mitad, no digo que no.
—No discutamos —dijo con desgana—. El precio es razonable…
—Pongamos sesenta libras y pago al contado.

Saqué un fajo de billetes. Eran billetes falsos, adquiridos por tres chelines y el ciento. Quedamos de acuerdo en sesenta libras y no oculté mi alegría.

—Extienda el recibo, querida mía. Acaba usted de hacer un negocio fabuloso, y yo, yo no me quejo, aunque, según mi opinión, sea un poco caro. ¿Quiere que lo celebremos con una copa?
—No tengo vino para ofrecerle— dijo fríamente.
—Yo tengo el que me hace falta— dije, sacando del bolsillo mi frasco achatado y cogiendo dos copas del aparador.

La suerte estaba echada. Miss Florence iba a morir. El licor, del que iba a entregarle una copa, la mataría dentro de unos cuantos segundos. Yo ya había reparado en la caja de caudales que no tenía ni un disco cifrado: su bolso de mano, entreabierto sobre un velador, y que estaba repleto de billetes de banco y de algunas alhajas de valor. Hecho eso, Alfred desaparecía y volvería David. Pero he aquí que, de repente, abandoné este plan e inmediatamente concebí otro, hacia el cual no se alargaba la sombra de la horca. Me es imposible determinar el tiempo que esto me llevó. Yo creo que la cuestión tiempo no estuvo en juego; tan inmediato, tan espontáneo fue, pero ¡cuán grandioso! Volví a dejar las copas sobre el aparador y me guardé el frasquito.

—Dígame, pequeña —murmuré—, ¿sabe usted que David es menos tonto de lo que yo creía?

Miss Florence dejó la pluma, porque se disponía a escribir, y me miró interrogativamente.

—Bonita, ya lo creo que lo es usted, ¡caramba!, y si no me he dado cuenta hasta ahora, es que no pensaba más que en nuestro negocio y los negocios son antes que todo, ¿verdad, bonita mía?
—¿Entonces?
—¿Sabe usted que ese imbécil de David no quiere volver a verla jamás?

La pluma se escapó de la mano de miss Bee y echó un borrón sobre el recibo aún en blanco.

—Porque está enamorado de usted. ¡Fue un flechazo! Me dijo… (déjeme que me ría) que jamás podría amar a otra mujer que no fuera usted. Sí, sí, sí. Dijo eso, el triple idiota.

Vi cómo se pasaba la mano por la frente y se estremecía todo su ser.

—¡El estúpido! —grité yo con todas mis fuerzas—. Si yo hubiese estado en su lugar, ¿sabe usted lo que yo hubiera hecho?

Miss Florence no dijo una palabra, no hizo un gesto; pero creí ver deslizarse una lágrima por su mejilla.

—¡Esto es lo que yo hubiera hecho!

Me acerqué a ella y le planté bruscamente los labios en el cuello. ¡Ah, amigos míos! ¡Qué tigresa! Dio un salto, su silla se cayó con ruido, algo se rompió sobre la mesa, creo que fue el tintero, y recibí la bofetada más formidable que jamás deshonró la mejilla de un hombre.

—¡Salga de aquí! —aulló—. ¡Y no vuelva a poner jamás los pies en esta casa!
—¿Y… el alquiler?— balbucí.
—Haré de mi casa un asilo para perros errantes antes que alquilarla a un sinvergüenza de su especie. ¡Salga le digo, Alfred Heavenrock!

¡Con qué dureza fue lanzado este «Alfred» y con cuánto desprecio! Deslicé mi frasco de kirsch en el bolsillo y me retiré. Una vez en el jardín, me volví y lancé a miss Bee el más innoble de los insultos que un hombre puede arrojar a la cara de una mujer. Alfred Heavenrock desapareció aquel mismo día con su bigote postizo, su tinte rojo, sus gafas, su frasco de kirsch sus billetes falsos, y David Heavenrock recuperó su lugar en la vida. Dos días después yo llamaba a la puerta de miss Bee, y por un instante creí que iba a ponerse enferma. Cerré precipitadamente la puerta detrás de mí.

—No creo que nadie me haya visto —murmuré—. He tomado senderos apartados.
—¿Por qué? —preguntó la mujer—. Usted puede venir aquí sin ocultarse de nadie.
—No— dije con voz sorda.

Sólo entonces ella se dio cuenta de mi aspecto descompuesto, mis ojos huidizos y mis manos temblorosas.

—Quería verla por última vez, Florence— balbucí.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado, Dave?
—Ha pasado que… Pero no, permítame que le haga una pregunta, una sola, mas será terrible.
—No podría hacerme semejante pregunta. Le conozco demasiado bien— exclamó ella, cogiéndome una mano.
—Lo será, sin embargo.
—Entonces, ¡hágala!

Me puse a hablar en voz muy baja.

—Alfred me dijo que…, que usted… ¡Dios mío, las frases se niegan a salir de mi boca!.. ¡No, no puedo preguntárselo!
—Insisto— dijo, y sus labios estaban muy cerca de los míos.
—Que él le hizo la corte, que usted no le negó nada, que… ¡Oh, no!..

De repente, sentí sus labios sobre los míos.

—Ha mentido. ¡Es el más bajo de los hombres!.. ¿Me cree usted, Dave?

Me separé de ella y me cogí la cabeza entre las manos.

—La creo ahora, pero… Perdóneme, le creí a él, y…
—¿Y qué?

Me erguí, feroz.

—Perdí la cabeza, lo vi todo rojo, cogí algo que estaba sobre la mesa, algo pesado, y golpeé.
—Y golpeó— repitió ella como un eco.
—Cayó… No se movió más.
—No… se… movió… más— repitió ella lentamente.
—Muerto.

Hubo un silencio, muy largo, casi terrible. Luego ella sollozó y se apretó contra mi pecho.

—Mi amado, mi hombre… Tú has hecho eso… ¡por mí!

La rechacé suavemente.

—Tengo que marcharme. No lo lamente, Florence, puesto que yo mismo no lo siento. ¡Que se cumpla mi destino!.. ¡Adiós!
—¡No!

Y echó el cerrojo. No me hizo más que una sola pregunta sobre «mi crimen» y sólo una vez:

—¿El cadáver?
—En el río —murmuré—. Es espantoso, ¿verdad?
—Es perfecto.

Yo esperaba que miss Bee me ofreciera dinero suficiente para atravesar el mar y rehacer mi existencia. No ocurrió nada de eso. Abandonamos Ruggleton algunos días más tarde. Nos dirigimos a Doncaster, y tres semanas después estábamos casados. Ningún matrimonio fue jamás más perfecto, más feliz. Mi mujer era muy rica y me prohibió que buscase una ocupación. Un año más tarde nacía nuestro hijo: un varón. Tenía Lionel veinte meses cuando Florence regresó un día del paseo, descompuesta y temblorosa.

—Dave, ¿estás completamente seguro de que Alfred está muerto?— me preguntó.

La miré con estupor.

—Claro que sí, querida. ¿Por qué esa pregunta?
—¡Porque le he visto!
—¡Imposible!
—Sin embargo, así es. Paseaba a lo largo de la tapia del cementerio, cuando la verja se abrió y él se encontró delante de mí. Era él, no había duda, con sus cabellos rojos, su espantoso bigotito, sus manos sucias de tierra, sus gafas ahumadas.
—Un parecido— balbucí.
—No, ¡oh!, no. Se reía burlón y, de repente, con su horrible voz de falsete, me lanzó el insulto, el espantoso insulto que fue la última palabra que me dirigió.

Creo que todo empezó a dar vueltas a mi alrededor y, de pronto, supe lo que era el espanto. Algunos días más tarde, Florence, sentada en la ventana, lanzó un grito de terror:

—¡Ahí va!

La tarde caía, una chotacabras gritaba en la sombra que empezaba a extenderse. Pegué la frente contra el cristal. A lo lejos, una figura que la noche hacía indefinida se perdía en la bruma: ¡Alfred Heavenrock! Pero el crepúsculo y la niebla se prestan corrientemente a la fantasmagoría.

«Mi querido Dave: No puedo más. Ha vuelto. Me habla. Exige. Amenaza. Tengo que ceder por ti, amado mío, por nuestro Lionel. Me marcho con él. No creo que vuelva a verte jamás. ¡Que Dios tenga piedad de mí!

Tu desgraciada. Florence.

Hace hoy tres años que recibí esta carta. La leo todos los días. Florencia no volvió. No volverá jamás. Lo presiento, lo sé. No se tienta impunemente a las fuerzas del infierno. Lionel ha crecido. Es pelirrojo como un fuego; su voz es agria y crepitante. Se pasan grandes apuros para lavarle. Siempre tiene las manos sucias. Es malo y le gusta extraordinariamente el dinero. Su mayor placer son los chelines nuevos y brillantes. En sus paseos siempre lleva a la criada hacia el cementerio.

—¿Qué hay debajo de esas losas?— pregunta.
—Pues… muertos.
—Quiero hacerlos salir— berrea.

El otro día, en casa de los vecinos, servían licores. Lionel paseó la mirada sobre las botellas y se puso de repente a gritar:

—¡Quiero de ese!.. ¡Quiero de ese!..

Y con un dedo ávido señaló un frasco de kirschwasser. Sus amiguitos le llaman Freddy. ¿Por qué?

…¡Oh mi querido Shakespeare, cómo te echo de menos! ¡Cómo tus frases, profundas y sombrías, cantan en mi espantada memoria:

«Hay en el cielo y en la tierra más cosas, Horacio, en las que no pueden ni soñar los filósofos…»

Jean Ray (1887-1964)